
Defender la paz social
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Es fundamental que los argentinos nos esforcemos por afianzar la paz social, un valor fundamental e irrenunciable para la vida de cualquier nación que aspire a mantener en su territorio un clima de civilizada convivencia y a transitar sin sobresaltos por la senda del crecimiento y el progreso.
Los argentinos tenemos escaso aprecio por la paz social. A pesar de que el preámbulo de nuestra Constitución proclama que uno de los objetivos centrales de la República Argentina es "consolidar la paz interior", todos los días se generan en el país hechos o situaciones que tienden a provocar en la sociedad divisiones tan gratuitas como artificiosas.
Se atenta contra la paz social, por ejemplo, cuando se ejecutan maniobras violentas y extorsivas para apoyar las reclamaciones de algunos gremios vinculados con la prestación de servicios públicos esenciales y se somete al conjunto de la sociedad a perturbaciones difíciles de tolerar, o cuando se condena a una ciudad a vivir entre montañas de basura, como sucedió en días recientes en Buenos Aires a causa de la abusiva decisión que llevó a la paralización de la recolección de residuos, o cuando se ocupan prepotentemente, sin derecho alguno, edificios públicos o privados como parte de una movilización sindical, o cuando se cortan rutas o calles y se provocan descomunales atascamientos de tránsito y se vulnera el derecho de todo habitante de la Nación a desplazarse sin trabas por el territorio nacional.
Se atenta contra la paz social, asimismo, cuando se propician enfrentamientos absolutamente evitables, como los que se han planteado en Buenos Aires -y también en Córdoba- a raíz de los contenidos de ciertas muestras de arte que se juzgaron ofensivos para las creencias y los símbolos de determinadas comunidades religiosas.
Es obvio que todo ataque lesivo para los sentimientos íntimos o sagrados de un sector de la comunidad -sea relativo a sus valores religiosos, étnicos o históricos- constituye una agresión inútil y reprobable que, en definitiva, lesiona la armonía social y siembra semillas de división en el cuerpo comunitario.
Se atenta también contra la paz social, por supuesto, cuando desde el propio poder político o desde otro sector se revisan los hechos trágicos y sangrientos de la década del setenta desde una perspectiva tendenciosa o unilateral, que toma en cuenta los crímenes perpetrados desde una de las franjas del espectro ideológico y se silencian, en cambio, las atrocidades provocadas desde la franja opuesta.
Reabrir innecesariamente las heridas del pasado, sin la debida consideración por el dolor de quienes sufrieron pérdidas irreparables en ese tiempo, es un modo de destruir las bases sobre las cuales debería sustentarse en la Argentina el necesario proceso de reconciliación nacional.
Es indispensable defender la paz social, erradicar los enfrentamientos basados en enojosas desinteligencias ideológicas o de credo, evitar las divisiones que dañan o tornan inviable el espíritu de unidad de los argentinos.
La convivencia en el pluralismo de las ideas y en la necesaria diversidad de las opiniones y las creencias debe basarse en el diálogo democrático y en el respeto recíproco, nunca en la generación de asperezas o roces inconciliables con la genuina voluntad de crecer y mejorar en el disenso.






