Educación y primera infancia

La experiencia francesa nos debiera hacer reflexionar sobre la relevancia política de cumplir con la escolarización desde más temprana edad
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10 de abril de 2019  

El presidente francés Emmanuel Macron y su ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, considerado su "ministro estrella", anunciaron una disminución en la edad de escolarización obligatoria, llevándola de los 6 a los 3 años. El compromiso de la gestión gala con la educación como política prioritaria para el desarrollo de su país se traduce en una multiplicación de medidas para mejorar la calidad del sistema, como la de reducir a la mitad el número de alumnos en escuelas primaria de zonas desfavorecidas, prohibir el uso de celulares en el aula y en los recreos, alentar sistemas de evaluación que sean estimulantes, promover la buena relación entre los padres y la escuela e impulsar la formación de maestros, entre muchas otras.

La reducción de la edad de ingreso al nivel inicial constituye una herramienta y un símbolo para erradicar lo que Macron ha llamado "el arresto domiciliario por desigualdad". Con este concepto, el presidente francés y su ministro apuntan a que la instrucción a más temprana edad y la mejor educación futura a que esta da lugar sean una vía fundamental para liberar al niño de la injusticia social propia de los hogares desfavorecidos. Para el gobierno francés la atención temprana, el aprendizaje de las primeras normas de conducta y la comprensión del lenguaje serán una contribución crucial para romper este destino ya escrito y hacer más eficiente su paso por el nivel primario y los estudios posteriores.

La discusión parlamentaria no fue fácil y la oposición puso en duda las bondades del proyecto, ya que sistemas exitosos de Europa, como el de Estonia y Finlandia, que vienen logrando mejores resultados que Francia en las evaluaciones de la OCDE, comienzan la educación obligatoria a los 7 años. Sin perjuicio de ello, el proyecto se convirtió en ley fundamentalmente por los efectos de la norma ya que el objetivo es incrementar la cobertura y llegar al 100% de los niños y las niñas.

Francia tiene un sistema que alcanza a una altísima mayoría de niños y niñas en instituciones escolares. Funcionan allí las llamadas escuelas maternales. Se trata de una medida con un alto valor simbólico que busca dar reconocimiento a la escuela infantil. Se estima que se incorporarán 26.000 chicos bajo amenaza de sanciones. La medida también contribuirá a la integración de las personas de origen extranjero, padres e hijos.

¿Qué podemos aprender los argentinos de esta experiencia? Como explica el Informe de Progreso Educativo de la Argentina de Educar 2050 correspondiente a 2018, los datos estimados por diferentes fuentes y que surgen del último censo indican que la tasa de asistencia escolar es entre nosotros del 53,7% en la sala de 3 años y del 81,5% en sala de 4, mientras que, según surge de un informe de la Dirección Nacional de Información y Estadística Educativa sobre 2018, el 97,6% de los niños de 6 años en primer grado habían asistido a sala de 5 años el año anterior. Esto revela que, si bien los números crecen, hay todavía una enorme masa de niños y niñas que no asiste a la escuela, una tendencia que se acentúa, por ejemplo, en lugares muy desfavorecidos de conglomerados urbanos, donde la asistencia al nivel de 3 años solo alcanza al 30% y en el de 4 años, que ya es obligatorio, al 70%. Los especialistas destacan que más años de educación inicial se traducen en una altísima reducción de los índices de repitencia y abandono. Las pruebas PISA reflejan una mejora de los resultados cuando se cursaron dos o más años del nivel inicial.

La experiencia francesa nos debiera hacer reflexionar sobre la relevancia política del objetivo de cumplir con la cobertura total en la denominada primera infancia. En 2016, Mauricio Macri presentó un proyecto de ley para llevar la obligatoriedad del nivel inicial a los 3 años, proponiendo construir 1000 nuevos jardines de infantes y ampliar otros 2000 establecimientos que ya funcionaban. La atención integral del nivel inicial en nuestro país es crucial y estratégica. Muchas de las desigualdades socioeconómicas, al igual que muchos problemas de integración y de discriminación, se gestan entre el nacimiento de un niño y sus 6 años de edad.

Una vez más, llamamos la atención sobre la enorme deuda que en materia educativa arrastramos desde hace décadas. Urge planificar y concretar con eficiencia las tan impostergables como necesarias inversiones para la primera infancia. El único futuro posible para nuestra nación pasa por convertir a la educación en una verdadera política de Estado. Sin dilaciones.

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