
El absurdo debate sobre el lenguaje inclusivo (Última parte)
No hay espacio para plantear "obligatoriedades" cuando un uso distinto de la lengua todavía está lejos de haberse instalado colectivamente
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Recientes estudios indican que uno de los focos de promoción de la ola de lenguaje inclusivo es la Argentina; otro, España. Querer modificar la lengua por imposición en favor de una causa que no es lingüística, sino política y social, implica desconocer que una lengua, un idioma, surge siempre de un consenso social general. Un elemento de peso para los hablantes a la hora de cambiar algo en una lengua es que ese cambio sea eficiente, que le ahorre esfuerzos al hablante, que sea económico en términos lingüísticos.
Según esta premisa, no parecería a primera vista que el lenguaje inclusivo vaya a ahorrar ningún esfuerzo. Por el contrario, son evidentes los tropiezos a que obliga a aquellos que desean ponerlo en práctica oralmente. Ya sea que hayan elegido la "e" o la "x" -esta última casi imposible de pronunciar-, la concordancia de sustantivo, adjetivo, artículos y pronombres se vuelve un galimatías las más de las veces. Esto se resuelve mejor en la lengua escrita, salvo que un texto en el que reina, por ejemplo, la "x" en todos los casos en los que normalmente se usarían la "o" o la "a" se vuelve poco agradable de leer a simple vista aunque ya haya libros enteramente así escritos.
En la misma dirección, la ministra de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual bonaerense, Estela Díaz, anunció que se trabaja en una guía de lenguaje inclusivo para la administración pública, que "visibilice e incluya a todas las personas". No aclaró si su afirmación excede la mera cuestión de género y permite contemplar otras diferencias, como las étnicas o las etarias. A ella acaba de sumarse el PAMI con una guía interna, aunque el organismo aclaró que no se propicia reemplazos por @, "x" o "e", sino evitar sesgos, discriminaciones o exclusiones que determinadas palabras puedan plantear. Propuso, además, sustituir el "adultos mayores" por "personas mayores".
Considerando la dificultad que plantea hablar correctamente con el denominado lenguaje inclusivo, las normas y resoluciones que habilitan su uso escrito deben respetar el derecho individual, ya sea para adoptarlo como para no incorporarlo, y no pretender imponerlo como lenguaje oficial. No hay espacio para plantear "obligatoriedades" cuando su uso lejos está de haberse instalado colectivamente. Deben primar la cordura y el sentido común por sobre imposiciones ligadas a la ideologización o el sectarismo. Cabe también preguntarnos cómo habrían de reformularse desde documentos hasta canciones nacidos en un pasado en el que estas modalidades ni asomaban si todo esto se volviera una imposición.
Como lo han remarcado académicos de la talla de Ignacio Bosque -en un informe a la Real Academia Española (RAE)-, "esta discusión no le toca a la Academia, sino a la sociedad y que, como institución que describe el uso social del lenguaje, ya tendrá oportunidad de alcanzarla". Es decir que, por el momento, el inclusivo no alcanza a todos los hablantes del español. Cuando ello ocurra -si es que ocurre y no se trata solamente de una moda o de reivindicaciones sociales o políticas-, se verá reflejado en todo el ámbito de la lengua, tanto en la Academia como en la calle, porque habrá sido en respuesta a una realidad innegable y general.
Sería muy deseable que la sana intención de volvernos una sociedad auténticamente inclusiva transitara también otros caminos menos ideologizados y de mayor encarnadura. Vale el ejemplo que recogió lanacion al relatar lo acontecido en un bar cuando una moza se acercó a atender una mesa y saludó con un modernísimo "¡Hola, chiques!" para explicar orgullosamente que se trataba de un "bar inclusivo". Pero confirmó que no estaba en condiciones de proveer de un menú en braille para personas ciegas, ni con pictogramas para niños autistas como le solicitaron, menos aún pudo afirmar que manejaba el lenguaje de señas para comunicarse con comensales aquejados por problemas de audición. "Lamento informarte que no es este entonces un bar 'inclusivo'. Apenas un bar progre de cotillón", sentenció agudamente el cliente. Situaciones que se repiten de distintas formas y con diferentes matices confirman que el discurso inclusivo está claramente de moda y que cosecha por ello muchos más defensores que practicantes. Siempre es bienvenida la preocupación por incluir al otro, efectiva y amorosamente, contribuyendo a construir una sociedad que no pretenda meramente forzar la imposición de un lenguaje para disfrazarse de inclusiva.




