El caballo, ese noble animal

Es difícil encontrar otro tipo de ejemplares que despierten la admiración y las pasiones que provocan los equinos
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9 de octubre de 2019  

Un conjunto de asociaciones relacionadas con la cría y el uso ecuestre de distintas razas equinas convocó para mañana, en el Hipódromo de San Isidro, al Primer Congreso de la Industria del Caballo. Se tratarán varios temas. En primer lugar, la consideración del caballo como un símbolo cultural arraigado en nuestra historia y tradiciones. Se analizará luego su protección como merecedor del bienestar que debe brindársele a cualquier animal. Se estudiará también el aprovechamiento terapéutico a través de la equinoterapia, empleada en el tratamiento de diversas discapacidades. También, y con un enfoque abarcativo de las distintas utilidades del caballo, se tratará el valor económico y el potencial de exportaciones. Este encuentro, con su sola convocatoria, ha tenido el mérito de llamar la atención sobre un noble animal que está muy ligado a la historia de la humanidad, pero muy particularmente a la de nuestro país.

El continente americano no conocía el caballo antes de su colonización por los países europeos, iniciada en 1492. Los primeros animales de esta especie llegaron a nuestras costas con Pedro de Mendoza. La pérdida y el abandono de la ciudad de Santa María de los Buenos Aires, dejó en libertad a varias yeguas y uno o más reproductores que luego se multiplicaron en una extensa pampa que les brindó esa posibilidad.

Durante más de trescientos años de vida salvaje, sus descendientes fueron sometidos por la naturaleza a un proceso de selección natural. Se adueñaba de la manada el padrillo más fuerte y de mayor carácter. Sobrevivían a las sequías, las plagas y enfermedades los más resistentes. Allí se conformó el caballo criollo con su rusticidad, longevidad, fertilidad y sanidad excepcionales. Fue este caballo el que sirvió al gaucho en sus tareas, al indio en sus malones y al soldado en sus batallas.

Hacia mediados del siglo XIX comenzaron a venir desde Europa equinos de razas diversas: los purasangres para las carreras, los trotadores para los carruajes y los pesados para la tracción de arados y carros. La carencia de alambrados, que solo comenzaron a utilizarse a partir de 1880, hizo posible que esas sangres contaminaran la pureza racial adquirida por el caballo criollo salvaje. Fue el entonces joven veterinario Emilio Solanet, que con su flamante diploma y medalla de oro bajo el brazo, se abocó a investigar las características del caballo salvaje argentino y partió en 1912 a buscarlo donde no hubiera sufrido mestizaje. Lo encontró en los contrafrentes cordilleranos de Chubut y allí le compró a la comunidad tehuelche padrillos y yeguas para traerlos a la provincia de Buenos Aires. A partir de entonces, se preservó la raza criolla con su pureza controlada por registros genealógicos. Aquella compra incluyó un par de jóvenes potros castrados, con amansado tehuelche. Eran Mancha y Gato, que diez años después se ganarían la fama en un raid de 21.000 kilómetros, entre Buenos Aires y Nueva York, llevados por el suizo Aime Tschiffely. El 20 de septiembre, la fecha de su arribo a la Quinta Avenida, ocurrido en 1928, fue establecida en nuestro país como el Día del Caballo. El Correo Argentino anunció el lanzamiento de una estampilla conmemorativa el próximo 16 de octubre.

El turf fue afición de multitudes y permanece en la consideración del mundo como un deporte de calidad y elegancia, y no como un juego de apuestas. Esa impronta se la otorga la figura y nobleza del purasangre. Quedan en la memoria histórica del elevage internacional los récords de Secretariat, así como en nuestro país las hazañas de Botafogo o de Yatasto. La producción de caballos de carrera coloca a la Argentina en un lugar destacado y reconocido por sus genéticas y por la calidad de sus haras, sus criadores, cuidadores y entrenadores. La actividad hípica local enfrenta desafíos que bien pudiera responder con sus ventajas comparativas produciendo carreras transmisibles al resto del mundo.

Tenemos los mejores jugadores y equipos de polo del mundo. Nos destacamos en equitación y mostramos con orgullo el pato, declarado deporte nacional, que expone la habilidad de arrojo de quienes heredaron esas cualidades de la tradición gauchesca. Estos logros se apoyan en buena medida en la excelencia de las caballadas que la Argentina puede criar y entrenar con ventajas de hábitat, alimentación y manejo. Los mejores ejemplares son reproducidos con técnicas de avanzada. La clonación, procedimiento que con valederas razones está vedado en otras razas, abre otra posibilidad de potenciar la ya importante exportación de caballos de polo y equitación.

Alrededor de 3.600.000 equinos habitan en la Argentina, que ocupa el quinto lugar en la producción de caballos. Hay razones más que suficientes para convocar este congreso, en el que se podrán discutir los mejores caminos para potenciar lo que sus organizadores han denominado como "industria". Aceptando esta visión, no podemos dejar de recordarles el valor emotivo y emblemático del caballo tan bien expresado en los primeros versos del Fausto, de Estanislao del Campo: "En un overo rosado/ flete nuevo y parejito/ cáiba al bajo al trotecito/ y lindamente sentao/ un paisano de Bragao/ de apelativo Laguna/ mozo jinetazo, ¡ahijuna!/ como creo que no hay otro/ capaz de llevar un potro/ a sofrenarlo en la luna".

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