El campo como actor político
Los éxitos de un sector deberían ser el resultado de la supremacía de las coincidencias sobre los disensos
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Desde el punto de vista de la teoría política, un sujeto o actor como es el sector agropecuario puede actuar, en la política en general y frente al Gobierno, como grupo de interés, grupo de presión o como factor de poder.
En el análisis político argentino, históricamente se han considerado factores de poder a las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica y el sindicalismo, corporizado en la CGT. Ninguno de ellos es un partido político, aunque la CGT ha tenido desde los años 40 una estrecha relación e identificación con el peronismo. La Iglesia surgió como factor de poder a partir del Congreso Eucarístico Nacional en los años 30, mientras que las Fuerzas Armadas lo hicieron a partir de la revolución militar de 1930.
El empresariado ha sido considerado un cuarto factor de poder político en la historia argentina. Pero mientras que las Fuerzas Armadas tuvieron una jerarquía unificadora, así como la Iglesia la tuvo en su Episcopado y la CGT en su secretario general, el empresariado careció de esta unidad de conducción y dirección. El sector empresario comenzó a dividirse entre agro e industria a fines del siglo XIX, mientras que la banca y el comercio se sumaron después a comienzos del XX. No se dio en este caso una conducción unificadora que lo aglutinara institucionalmente, como sucedió con los casos anteriores. Esto hizo que el empresariado, a lo largo del siglo XX, actuara más como grupo de interés o a lo sumo como grupo de presión. La acción de la Unión Industrial Argentina (UIA) y la Sociedad Rural Argentina (SRA), acompañada por Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), se encuadró más en estas caracterizaciones que como un verdadero factor de poder.
En cuanto al campo, ya desde las primeras décadas del siglo XX, al surgir la Federación Agraria Argentina (FAA), enfrentada a la SRA por el conflicto de los arrendamientos, perdió unidad de acción en un nuevo contexto político, social y productivo, y pasó a actuar como un grupo de interés.
En términos globales, puede decirse que entre fines del siglo XIX y el surgimiento del peronismo en los años 40 del XX, el campo actuó en la política como un grupo de interés o de presión. Había entonces estancieros tanto entre los conservadores como entre los radicales. Ambas fuerzas reconocían que el campo era clave para el crecimiento económico argentino y, a la vez, la mayor fuente de ingresos para el Estado. Con el nacimiento del peronismo y a lo largo de casi medio siglo, la relación con el campo fue conflictiva. Para esta fuerza política, la industria era su alianza principal, mientras que el agro era, en cambio, un adversario político. El desencuentro y la impopularidad de Perón entre buena parte de los productores rurales resultaron muy fuertes desde 1945.
En el gobierno de Isabel Martínez de Perón, el empresariado llega a articularse como factor de poder, al constituirse la Asamblea de Entidades Gremiales Empresarias (Apege), que reunió a la mayor parte de las entidades del agro, la industria, las finanzas y el comercio, y se articuló como un factor de poder desde una actitud opositora. Otros intentos de reunir a las entidades empresarias de todos los sectores tuvieron lugar en los comienzos del gobierno de Alfonsín, desde una posición de diálogo con el Gobierno.
Con el correr del tiempo, surgieron intentos de organizar el campo como factor de poder: la Comisión Coordinadora de Entidades Agropecuarias y, más recientemente, el Foro de la Cadena Agro-Industrial, entidad que buscó asociar, aunque sin éxito, en una sola organización no sólo a las entidades del campo, sino también a la industria, el comercio, los servicios y las finanzas que se desarrollan a partir de la actividad agropecuaria.
Este año surgió la Comisión de Enlace, que reúne a las cuatro grandes entidades del campo, cuya actividad culminó exitosamente durante el conflicto con el Gobierno, desarrollado entre marzo y julio últimos. Logró transformarse en un verdadero factor de poder político, al obtener movilizaciones multitudinarias en Rosario y Buenos Aires, y un triunfo histórico frente al Gobierno en el Senado, con el desempate del vicepresidente Julio Cobos.
Sin embargo, la realidad muestra que estos éxitos, por más resonantes que sean, no son permanentes, sino el resultado de la supremacía de las coincidencias sobre los disensos, concebidas en acciones, esfuerzos, circunstancias, aciertos y desaciertos. Por eso es necesario advertir que su acción eficaz como sujeto político no es un hecho dado, sino una lucha permanente de ideas y acciones en procura de un lugar en la sociedad que represente fehacientemente su contribución al progreso socieconómico y al bienestar general. Ese deberá ser el propósito y el esfuerzo de los dirigentes rurales y de los productores todos. Los activos con que cuenta el campo para ese reconocimiento son, en todo caso, formidables.


