El ejemplo de Chile
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Por indudable mérito propio, Chile es hoy claramente el país más moderno de nuestra región y el que más alto nivel de vida ha alcanzado. Con un modelo bien conocido -basado en el mercado y la apertura sensata de su economía-, ha tenido éxito y mantenido el rumbo con mucha coherencia. Como consecuencia de ello, su PBI per cápita será este año de 19.887 dólares, lo que pone a Chile a la cabeza de nuestra región en términos de desarrollo y muy cerca de países del primer mundo.
Una nación moderna es mucho más que una simple cuestión de nivel de vida. Es institucionalidad, organización, legalidad, respeto y tolerancia. Pero es también previsión y solidaridad real. Por ello, debe poder reaccionar ante las emergencias con la conducción previsible y serena del Estado, canalizando la ayuda y la solidaridad de la sociedad que naturalmente se sabe incluida en su conjunto cuando de enfrentar la fatalidad de algunos de sus integrantes se trata. Así ha sucedido recientemente con motivo de las tremendas emergencias que Chile ha debido afrontar desde la asunción de Michelle Bachelet.
Nos referimos al terremoto de 8,2 grados en la escala de Richter, en la zona cercana a Iquique y a los pavorosos incendios en torno a la ciudad de Valparaíso. Ambas, emergencias de magnitud insospechada. Frente a ellas, Chile estaba preparado. Con planes, protocolos de acción y sistemas adoptados con anterioridad, desde que fueron heredados de la administración anterior. Con previsión, rapidez, y con mecanismos de comunicación y coordinación eficientes, aprovechando así las experiencias similares del pasado para mitigar, al máximo posible, los efectos de las catástrofes sobre sus ciudadanos, asistiendo a quienes resultan víctimas de esos desastres con acciones que se extienden generosamente en el tiempo.
Una Argentina que se ha venido deteriorando gravemente en lo moral y en lo material, a lo largo de las últimas décadas, con un decaimiento general y acelerado en los años más recientes, ha mostrado ser incapaz de reaccionar como lo acaba de hacer Chile. Así lo acreditan los lamentables episodios de la inundación en La Plata; de la tragedia ferroviaria de Once y del reciente incendio de un enorme galpón en Barracas. Entre nosotros campea la improvisación, el desorden y, peor aún, la tentación de usar políticamente las catástrofes.
Es hora de aprender de Chile, de planificar con previsión eventuales emergencias, de estar preparados para reaccionar con eficiencia. Mirar a Chile supone voluntad de aprender que se puede mejorar, que el prójimo existe y debemos atenderlo cuando cae sobre él una desgracia que, juntos, podemos ayudar a mitigar.





