El fútbol y el soccer
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WASHINGTON
Nunca falla: todo viaje en taxi se convierte en una conversación no buscada sobre fútbol. No ahora, en pleno tobogán de la Copa del Mundo. Siempre. Yo descubro que el taxista es de Nigeria, Mali, Burkina Faso, Somalia, Sudán, Sri Lanka, Rusia, Eritrea, el Líbano, pero apenas confieso mi nacionalidad me convierto en un interlocutor válido, el viaje cambia y lo único que les interesa es el fútbol. Dos veces en menos de un mes tuve que apaciguar a un excitado, indignado eritreo que, sin mirar el tránsito, con la cabeza totalmente vuelta hacia mí, insistía en demandarme: "¿Por qué lo pusieron a Maradona? ¿Por qué? ¿Por qué lo pusieron a Maradona?". Para este fanático, Maradona había sido un gran jugador, "un rey, un dios". Ahora -insistía, sin dejar dudas sobre su furia- es a great looser , un gran perdedor. Lo que le importaba a este gourmet era la posibilidad de quedarse pronto sin ver buen fútbol. Uno de sus equipos predilectos es el argentino, y Maradona se le aparecía como el descontrol capaz de arruinarle la fiesta.
Descubro también que el común denominador de este interés casi universal por el fútbol es lírico. A todos mis ocasionales taxistas, urbi et orbi , más que la nacionalidad les interesa el juego bonito. "El espacio del juego y el espacio del pensamiento -decía el filósofo Eugen Rosentock-Huessy- son los dos teatros de la libertad." Cualquiera que haya practicado el deporte sabe que en algún iluminado momento el lenguaje del cuerpo y el de la imaginación serán indivisibles. Aunque fugaz, es el momento que cuenta, culminante y liberador. Los griegos clásicos usaban el término "ataraxia" para aludir a ese estado armónico, regalo divino a los atletas olímpicos y norte de los epicúreos y los estoicos. En el terreno más modesto del potrero o el estadio, para atinar con las movidas precisas que cruzan a la otra orilla ayuda ser osado, insolente, "cara sucia" y "loco." Y el espectador de fútbol (conocedor, feligrés tranquilo o patológico) sabe cuándo esa barrera es rota, y por eso, sobre todo, es "hincha".
No en los Estados Unidos. Los comentarios y actitudes que suscita el fútbol, especialmente en la hora pico de un mundial, son mayoritariamente despectivos y burlones. A menudo, xenófobos y homofóbicos. Para el notorio comentarista de radio Gordon Libby -notorio porque fue uno de los "plomeros de Watergate"-, el fútbol fue inventado por indígenas sudamericanos, que usaban las cabezas de sus enemigos como pelota (no da fuentes). La cadena de noticias satíricas Onion News armó un largo y laborioso segmento cuya gracia derivaba de comentar una supuesta noticia de la FIFA que anunciaba oficialmente que el fútbol es un deporte gay.
Hace años solía jugar picados en el campus de una universidad norteamericana. Cuando aparecía el equipo de fútbol para practicar (el de cascos y hombreras) nos volaban de la cancha como si fuésemos hojas secas. Me sorprendía, entonces, la sumisión de mis compañeros locales. Es que ellos conocían su lugar en la taxonomía del machismo autóctono. Siempre percibido como cercano a lo femenino, el hombre futbolero prefería irse con la pelota a otro lado antes que sufrir pesadeces de los patoteros.
En cierta oportunidad, The Washington Post me publicó una reseña sobre un libro en el que analizo por qué el fútbol no es popular en los EE.UU. A los pocos días, recibí una llamada de la redacción. Había una carta para mí. La carta era de un conocido estudio de abogados. ¿Habría ofendido algún prurito nacionalista? Con cierta trepidación, abrí el sobre y no pude menos que sonreír. La carta estaba firmada por James W. Symington, ex congresista, respetable intérprete ocasional de música country, miembro de una legendaria familia política de Missouri y fanático del fútbol. Me adjuntaba un artículo que él mismo había escrito sobre el tema, extraído de sus "largamente no leídas memorias", en las que evocaba el "aislado esplendor" de sus años de jugador en Yale y la transparencia de un deporte en el que cada participante entra en el campo "como Dios lo ha hecho", sin "aperos" ni armaduras, y es libre para improvisar. La política exterior norteamericana, dice, ganaría en eficacia si su modelo fuera la fluidez del soccer y no el choque del fútbol americano; la invención constante y el dinamismo de los once atletas, no el pase Hail Mary, o "bomba larga". Por unas horas, en 1959, el senador antisegregacionista Stuart Symington (su padre) fue el compañero de fórmula de Kennedy, quien lo eligió como su vicepresidente. Siguiendo los dictados del kabuki interno del Partido Demócrata, Kennedy se sintió obligado a llamarlo también a Lyndon Johnson y ofrecerle el cargo. Era tal la incompatibilidad entre ambos, la mutua antipatía, que la única respuesta imaginable a esta formalidad ritual era un firme no. Pero, contra todo cálculo, el texano aceptó. El resto es historia. © LA NACION




