
El futuro de la globalización
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La economía mundial estaba ya en una fase de menor crecimiento cuando se produjo el atentado terrorista del 11 de septiembre. Los datos preexistentes de la economía de los Estados Unidos, de Japón, de Europa y del mundo en general así lo indicaban. El informe periódico del Fondo Monetario Internacional (FMI) rebajó la tasa de crecimiento prevista para la economía mundial del 3,2% al 2,6% anual.
La pregunta que subyace ahora es qué ocurrirá de aquí en más: si ese sesgo recesivo responde a un movimiento cíclico natural de la economía, tal vez acentuado por el terrorismo, o si implica un cambio de tendencia de mayor envergadura y duración. En otros términos: si la globalización en marcha en las últimas décadas ingresará o no en una etapa de retracción.
La administración de los Estados Unidos ha tomado conciencia de la importancia de la coyuntura y está operando para controlar, mediante decisiones monetarias y fiscales, los comportamientos económicos y sociales ante la recesión en puertas. La Reserva Federal impulsa la provisión de liquidez al sistema y ha vuelto a reducir la tasa de interés, respondiendo con agilidad a la situación creada. El Poder Ejecutivo del país del Norte promete una política expansiva del gasto por diversos medios, entre ellos la atención de las dificultades de las líneas aéreas o, más recientemente, la instrumentación de nuevas reducciones impositivas.
Otra señal política de importancia es la que emana del principio de consenso bipartidario y bicameral tendiente a otorgar autorización al Ejecutivo para desarrollar pactos comerciales basados en el sistema de la vía rápida. Lo que se pretende es alentar acuerdos -sean bilaterales, regionales o multilaterales- que el Congreso pueda aprobar o rechazar, pero no enmendar o modificar.
Aunque no se conocen los términos de esos acuerdos es evidente que existe la intención de reforzar las saludables manifestaciones del representante comercial Robert Zoellick respecto de la determinación de los Estados Unidos de impulsar el lanzamiento de una nueva ronda de negociaciones en el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC), la cual surgiría de la reunión de ministros que se efectuará entre el 9 y el 13 de noviembre próximo en Qatar.
El comercio es un ingrediente de la globalización que puede llegar a tener gran valor estratégico para nuestro país si incluye la liberalización del comercio de productos agrícolas, postergada injustamente durante la segunda mitad del siglo XX, cuando el mundo se abrió a los intercambios industriales.
Pero no basta con que los Estados Unidos adopten decisiones hacia la apertura de los mercados agrícolas, a pesar de que representan algo más de la quinta parte de la economía mundial. Una decisión de ese tipo debe ser acompañada por las demás economías desarrolladas y por el mundo en general.
Hay que tener en cuenta que la globalización, aun cuando es la resultante de factores tecnológicos y culturales de gran envergadura, tiene también sus detractores y hay corrientes de pensamiento que discuten su legitimidad y reclaman la imposición de restricciones. Los desórdenes ocurridos en los dos últimos años -desde los que se registraron en la reunión de Seattle hasta los más recientes de Génova- son la expresión de esas tendencias que propician nuevas formas de proteccionismo y aislamiento en el plano internacional.
Quienes opinan así no ocultan su nostalgia por los tiempos idos y lamentan la dilución del poder del Estado-nación. Dicho de otro modo: en el seno de las naciones desarrolladas hay reacciones contrarias a la mundialización; se teme que una inundación de manufacturas producidas en los países más pobres en condiciones de alta marginalidad afecte la ocupación y el salario. En sentido inverso, en las naciones de menor desarrollo se ve la globalización como un fenómeno que genera desigualdad y desocupación y que representa el triunfo del lucro sobre valores sociales superiores.
La erosión del medio ambiente es otro centro de atención de esos sectores. De uno u otro lado, estas corrientes críticas consideran que la globalización es algo así como una fuerza malhechora. Quienes alientan este orden de ideas colocan al FMI, al Banco Mundial, a la OMC y a los centros financieros como aliados naturales de la globalización a la que tanto combaten.
La realidad no condice con ello. El progreso material de los dos últimos siglos ha estado siempre acompañado de procesos de globalización, como los que se desarrollaron en el siglo XIX hasta el advenimiento, en el siglo XX, de la Primera Guerra Mundial, que los interrumpió. Esos procesos de integración o mundialización se reanudaron en la década del 50 -concluida la Segunda Guerra- y han seguido hasta hoy. El interregno de retracción en los intercambios comerciales y financieros, que se extendió desde 1914 hasta los años 50, tuvo su episodio más crítico en la crisis desatada en 1929.
Que la desaceleración de la economía mundial se profundice o no dependerá de la forma en que evolucione el conflicto con el terrorismo, de la influencia de las corrientes de pensamiento ya descriptas y, también, de los comportamientos de las distintas sociedades ante el miedo que suscita todo proceso de integración y apertura.
Mantener la globalización será siempre lo más saludable y lo que mejor responderá a las necesidades del mundo actual. Sin perjuicio de ello, será indispensable una visión clara de los gobernantes y los creadores de opinión respecto de la necesidad de un desarrollo más equilibrado de las relaciones internacionales, como también de una mayor legitimidad y armonía en los vínculos económicos y sociales internos de cada nación.




