
El futuro de la ruta 40
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Días atrás se anunció la apertura de la licitación para continuar con la pavimentación de la ruta nacional 40, obra fundamental para la vía de comunicación de casi 5000 kilómetros de extensión que integra a la Argentina desde Jujuy hasta Santa Cruz, atravesando Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza, Neuquén, Río Negro y Chubut.
Se trata de un recorrido de una belleza muy particular, que une varias ecorregiones, entre la agreste geografía de Abra Pampa y las costas acantiladas de Santa Cruz en Punta Loyola, y ahora su prolongación hasta Cabo Vírgenes. Constituye una ruta escénica que atraviesa parques nacionales y lugares reconocidos como patrimonio natural o cultural de la humanidad. El paisaje y los innumerables pueblitos que atraviesa contribuyen a su identidad y la convierten en un fuerte atractivo para el turismo.
Como hemos subrayado en esta columna, resulta imprescindible que esa obra fundamental se realice de un modo cuidadoso, respetando los valores naturales y culturales y las condiciones escénicas que la convierten en un icono de nuestro país. No es posible que continúe haciéndose del modo brutal en que se ha realizado en algunos tramos de la provincia de Santa Cruz, como el trayecto que une El Calafate con El Chaltén, donde la traza antigua parecería tener el destino de convertirse en una cicatriz abandonada junto a la nueva vía. En la actualidad se está completando el trayecto que se encuentra junto al río La Leona, bautizado por el propio Perito Moreno, y la modalidad no muestra mayores mejoras en materia ambiental. Su paisaje y entorno constituyen un atractivo en sí mismo y quien por allí transita no lo hace con la finalidad de desarrollar velocidad, sino con el interés de disfrutar no sólo del destino final, sino también de su recorrido.
La ruta 40 podría llevar el nombre, si el Congreso nacional lo aprobara, del periodista fallecido Germán Sopeña, que contribuyó como pocos en los últimos tiempos a la difusión y promoción de la Patagonia y de esa vía de comunicación. Sería el mejor homenaje para él y los amantes del Sur y la naturaleza que la Argentina contase con un eje interregional de desarrollo sustentable entre la Patagonia y el Norte, que integrase la ruta nacional 40 con el entorno, de modo tal que aquellos que ejecuten obras a lo largo de su recorrido se sujeten a los requerimientos ambientales. Un escenario donde el crecimiento se lleve a cabo sin perder los valores que le dan autenticidad y que constituyen su principal atractivo.
Resulta lamentable que en esa vasta extensión muchos concesionarios estén produciendo una caótica proliferación de canteras que destruyen de manera irreversible espacios de elevado valor ecológico y paisajístico. Esa actividad modifica no solamente su carácter, al producir una intensa degradación territorial y ambiental, sino destruye o desvaloriza un recurso único para esas comunidades que se encuentran alejadas de los circuitos económicos tradicionales, donde la actividad turística puede hacer la diferencia. El mayor valor de esos espacios alejados es justamente su identidad. Si el pavimento transforma una ruta eminentemente turística en una autopista anodina que atropella su idiosincrasia, se habrá perdido mucho de su fascinación.


