
El mejor sistema de gobierno
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Apenas el 13 por ciento de la población mundial tiene una imagen aceptable de los políticos, nivel que en América latina desciende a tan sólo el cuatro por ciento. Pese a eso, ocho de cada diez personas de todo el mundo consideran que la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno. Al menos así lo demuestra una encuesta realizada por la empresa Gallup International, en la cual fueron relevadas 50.000 personas de 58 países.
Estos últimos datos no son notables, obviamente, en naciones de larga tradición democrática, en las cuales los beneficios de ese sistema de vida y de gobierno son más que visibles en todos los aspectos imaginables, desde los que atañen a las condiciones materiales de vida hasta las ventajas de convivir en total libertad y absoluto respeto por los derechos de todos.
No ocurre lo mismo cuando se advierten con claridad niveles similares de aceptación en países que no viven bajo regímenes que se puedan considerar democráticos. En Africa, donde suelen abundar los gobiernos que se caracterizan por un escaso respeto hacia los derechos de sus habitantes y por su proclividad hacia formas autocráticas o violentamente despóticas, se obtuvo un 87 por ciento de respuestas positivas sobre la democracia, valor superior, incluso, al que se da en Europa occidental, que fue del 82 por ciento.
Los países en los que se manifiestan mayores grados de insatisfacción son los que pertenecieron al ex bloque soviético, al igual que las naciones balcánicas: Bulgaria, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Rusia, Ucrania, Lituania y Macedonia. Algo parecido se produce en ciertas naciones de América latina, como Perú y México, en las cuales diferentes situaciones políticas han creado, sin duda, grados diversos de escepticismo. En nuestro país, pese a todo y contra todo, el 83 por ciento apuesta a favor de la democracia como el mejor sistema de gobierno posible.
Algunas de las preguntas del cuestionario permiten establecer la diferencia entre las expectativas de la gente y la opinión que tiene en torno del sistema democrático. Entre nosotros, por ejemplo, el 59 por ciento de los encuestados señala que nuestros gobernantes no se guían por la voluntad de los ciudadanos a la hora de tomar decisiones. El 89 por ciento no se siente representado por ningún político y a un 86 por ciento le ocurre lo mismo con los partidos.
La disconformidad general de los ciudadanos de tan diferentes países con su dirigencia política obedece a múltiples razones, a las cuales la Argentina tampoco es ajena.
Por ejemplo, en un número considerable de naciones latinoamericanas, los ciudadanos siguen votando por los mismos políticos desde hace mucho tiempo, por lo cual se convierten en una suerte de oligarquía cerrada que obstaculiza la necesaria renovación. Sin ella, la clase política se aísla y pierde la savia que recibe de la sociedad.
Es indudable que el sistema de partidos es uno de los pilares sobre los cuales se construye la democracia. Pero un sistema de fuerzas políticas cuyas figuras no se renuevan está condenado a desaparecer. Las dificultades que presenta la democracia no se superan eliminando a los partidos ni alentando personalismos mediáticos, sino con otros instrumentos que fomenten la participación ciudadana, al tiempo que terminen con mecanismos de la "vieja política" como el clientelismo prebendario. En ese sentido, la militancia política debe volver a ser concebida como un acto de servicio a la comunidad, como una vocación orientada a la defensa del bien común.
El referido estudio de Gallup International muestra que la democracia, si bien no se presenta como una panacea maravillosa, es siempre una alternativa superior, ante los ojos de los ciudadanos, frente a otras formas en las cuales se pueden encontrar aspectos mucho más negativos todavía, frecuentemente asociados con la brutalidad y la violencia.
Parece claro que muchas de las respuestas obtenidas en todo el mundo, particularmente donde la democracia no está claramente arraigada ni se ejerce con claridad meridiana, obedecen a las experiencias negativas de los ciudadanos. Un poder muy grande de certeza deriva también, seguramente, de todo lo que se han encargado de mostrar los medios de comunicación, cada vez más poderosos y omnipresentes, acerca de lo que es la vida fuera de las reglas democráticas, en variadísimas condiciones y circunstancias.
La encuesta revela, tal vez más que cualquier otra cosa, el nivel de las esperanzas colectivas en el sentido de lograr que los beneficios de asumir la democracia y aplicarla alcancen al mundo entero y se vuelvan presentes en la vida de todos. En otras palabras, es probable que la clase política no seduzca, pero el sistema democrático sigue siendo bien considerado.
Aspirar a vivir según las pautas de la democracia parece ser, entonces, un verdadero clamor universal, que muestra hasta qué punto la fe puede volverse tenaz entre la gente, más allá de muchos engañosos cantos de sirenas. Tal vez el mundo esté cambiando, en un sentido favorable, de una manera que no valoramos cabalmente todavía.




