El miedo político
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El miedo ha sido, en todas las épocas, uno de los instrumentos de dominación más eficaces y contundentes. Quien inspira temor a otras personas tiene en sus manos, por lo general, un arma perversamente poderosa, que le permite imponer su voluntad sin generar resistencias u oposiciones. Las relaciones entre los hombres han estado regidas, a lo largo de la historia, por dos impulsos o movimientos contradictorios del espíritu humano: el de la libertad, que hace crecer, y el del miedo, que frena y paraliza.
El hombre libre se siente estimulado a desplegar su pensamiento y su energía personal, a defender y afianzar sus derechos, a modificar la realidad en función de sus legítimas apetencias y expectativas. El hombre que teme, en cambio, acepta dócilmente las condiciones que los otros le imponen y renuncia a contradecir a los que pretenden mandar o decidir por él.
Cuando promediaba el siglo XX, un libro del gran pensador colombiano Germán Arciniegas logró desentrañar las claves más oscuras del proceso político latinoamericano, casi siempre turbulento y desapacible. Entre la libertad y el miedo se llamaba ese libro, que iluminó la conciencia de varias generaciones. Era un título que se explicaba por sí mismo: el autor advertía que el miedo era una de las armas de que se valían los gobernantes despóticos o autoritarios de la época para silenciar toda voz opositora y mantener sojuzgados a sus pueblos. Eran los tiempos en que proliferaban en América latina las dictaduras cerradas y hegemónicas, con exponentes tan legendarios y paradigmáticos como Trujillo, Somoza, Rojas Pinilla, Pérez Jiménez u Odría, por mencionar sólo a algunos entre los más notorios.
Hoy, cincuenta o sesenta años más tarde, los métodos de opresión han cambiado significativamente en la región y el caudillismo político suele utilizar procedimientos menos traumáticos para perpetuarse en el poder. Pero, si se afina el análisis, se advierte que el miedo sigue siendo, como ayer, el instrumento preferido de muchos gobiernos para manipular, dominar o paralizar a la opinión pública.
Es que hay diferentes maneras de inspirar miedo a los ciudadanos y de inducirlos a no cuestionar las decisiones políticas de los gobernantes. Se atemoriza a la sociedad no sólo cuando se imponen políticas violentas o represivas, sino también cuando se manipulan los fondos públicos con fines intimidatorios o cuando se manejan abusiva y tendenciosamente otros recursos o procedimientos no menos esenciales de nuestro tiempo, como la publicidad o la pura información, o cuando se utiliza a la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) para fines para los cuales no fue creada.
Con frecuencia se amedrenta o se presiona a los ciudadanos mediante la advertencia o la amenaza, abierta o implícita, de que en un futuro más o menos cercano pueden llegar a presentarse situaciones públicas de inestabilidad y hasta de caos generalizado si no se acatan las medidas que el gobierno considera de imprescindible ejecución. De ese modo, se logra instalar el miedo en una comunidad y se disuade a la población de cualquier intento de cuestionar o discrepar con las decisiones adoptadas desde el poder público. El miedo y la intimidación se convierten, así, en instrumentos políticos destinados a impedir que prospere todo gesto de oposición o de crítica frente a las políticas instrumentadas por el oficialismo.
El miedo político tiene, de esa manera, un claro efecto inhibitorio: anula toda actitud de rebeldía o de disconformidad. Más aún: destruye todo vestigio de creatividad individual y social, toda expresión de disenso. El miedo, en definitiva, asesina el futuro, pues es sabido que sólo el discurso racional y libre de condicionamientos conduce a la creatividad social y política proyectada hacia el porvenir.
En un ciclo organizado recientemente por el Instituto para la Concertación, la Equidad y la Democracia, se intercambiaron reflexiones, precisamente, sobre el miedo político, entendido como un elemento socialmente dañino, que desalienta la creatividad individual y el espíritu de crítica. La política -se dijo en esa oportunidad- debería servir para enfrentar y desactivar el miedo, no para crearlo. Lamentablemente, no es eso lo que ocurre en nuestro país y en otros países de la región. Al contrario: quienes ejercen el poder público exageran los gestos de autoridad o manipulan la información y hasta los datos estadísticos como una manera de instalar el miedo y alinear, así, a las voluntades más remisas o refractrarias.
Durante la profunda crisis que vivimos los argentinos entre los años 2001 y 2002, el miedo jugó un papel decisivo en el modo de razonar y actuar de los argentinos. El miedo se volcó a las calles: había un temor visible a que el país cayese en un abismo del que no se pudiera retornar.
Hoy la Argentina afronta nuevos problemas. Necesita, por ejemplo, pasar del crecimiento a un verdadero desarrollo sustentable. Es imprescindible evitar que el miedo nos conduzca a los argentinos, como en otras oportunidades, a tomar las decisiones equivocadas. El miedo -hay que insistir en esto- paraliza la decisión de invertir y de crear, condena a los creadores, frustra a los innovadores.
Nuestro país asistió recientemente a una experiencia electoral altamente positiva. En Misiones, se brindó una prueba de responsabilidad colectiva que el país entero debería imitar. Está claro que en Misiones los ciudadanos perdieron el miedo. Y por eso fueron capaces de asestarles un golpe decisivo a dudosos proyectos de reelección indefinida que se estaban gestando en todo el país. Ahora es necesario que los argentinos nos sintamos con fuerza para corregir las otras deformaciones que atentan contra el espíritu de las instituciones republicanas, como el otorgamiento de "superpoderes" a la máxima autoridad política; la subordinación del Consejo de la Magistratura al Poder Ejecutivo; el matonismo del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, y la creación de leyes por medio de decretos de necesidad y urgencia.
El país necesita urgentemente restablecer la calidad institucional, afectada por esas medidas, así como garantizar la seguridad económica, recuperar el diseño de políticas de Estado y estrategias de largo aliento, mejorar la educación y promover el desarrollo sustentable. Esos objetivos serán alcanzables si evitamos que el miedo vuelva a ejercer su influencia dominante y disuasoria sobre la ciudadanía. Los cambios que debemos instrumentar sólo podrán concretarse activando un pensamiento libre. Y el pensamiento libre sólo es imaginable en una sociedad sin temores. La historia está llena de ejemplos que avalan esa verdad irrefutable.


