
El nuevo cosmopolitismo
La Argentina, siempre dispuesta a aceptar de buen grado los préstamos culturales, hoy comparte también con el mundo sus propios tesoros
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Cosmopolita es una voz derivada del griego que significa ‘ciudadano del mundo’ y se aplica a quien considera que su patria es la realidad global. Cuando, en cambio, el término alude a ciudades o naciones, se refiere a la permeabilidad de esas realidades sociales, que absorben y asimilan influencias culturales venidas del exterior, que pueden incorporarse en el lenguaje, conocimientos, creencias, arte, leyes o hábitos de conducta de las personas.
Cosmopolita, en el primer sentido, es un modo de ser propio de "mentes globales", como se las califica hoy. Así, para ellos existe hasta una asociación denominada Inter-Nations, red social que se ocupa de establecer contactos con gente de esa mentalidad para ofrecerles oportunidades de vivir y trabajar en distintos países por períodos determinados.
En la segunda acepción, el cosmopolitismo es una palabra empleada a menudo para señalar una característica típica de nuestro país y, sobre todo, de Buenos Aires, en los años finales del siglo XIX y en la centuria pasada. Aquí se observa una doble realidad en juego: la de los países dominantes que difunden creaciones y la de los países más débiles, abiertos a recibir esos "préstamos" culturales. Así ocurrió en Buenos Aires, en el tiempo de la organización y crecimiento, cuando fue evidente, por ejemplo, la influencia francesa en algunos sectores sociales, en que se aprendía la lengua de Francia y se prefería su literatura, se admiraban las modas que difundía París o se celebraban sus recetas de cocina.
Los préstamos culturales europeos se aclimataron bien entre nosotros, a favor de una inmigración numerosa que llegó a representar el 30 por ciento de la población del país y que difundieron cálidamente sus creencias, sus ritos y fiestas.
En la actualidad, y al modificarse paulatinamente nuestra población, los extranjeros son hoy nada más que el 4,5 por ciento del total de sus habitantes, principalmente oriundos de Bolivia y Paraguay. Por consiguiente, decayeron las influencias directas que supieron trasmitir los migrantes europeos y van emergiendo otros préstamos, esta vez de raíces sudamericanas.
Sin embargo, las influencias más determinantes llegan del mundo desarrollado, a favor del prodigioso aumento de los medios de comunicación: periodismo, radio, cine, TV, computación. De ese modo, usos y costumbres de los pueblos como el nuestro se modifican, aunque no en todo. Algunos préstamos culturales mantuvieron su influencia, y aun la acrecentaron, como la música clásica europea o los deportes nacidos en Inglaterra. Pero avanzaron con fuerza los que impulsó el american way of living, incorporados en el vivir cotidiano del supermercado y, en otro orden de cosas, la influencia de la literatura latinoamericana o la trascendencia de la música popular regional en la cual nuestro tango ocupa un lugar relevante.
En suma, en este nivel de los tiempos las transferencias culturales son incesantes y vinculan a ciudades y naciones entre sí. El intercambio abarca hoy continentes, la amalgama cultural que se genera se rehace constantemente. Lo que siguió y continúa creciendo entonces en la Buenos Aires actual se alimenta de renovadas formas de cosmopolitismo, en cuya heterogénea integración está, también, lo nuestro, lo auténtico, que hay que saber guardar y valorar.



