El relato que amenaza con volver

Resultan lamentables los dichos de algunos funcionarios destinados nuevamente a negar la verdad, forzando la historia, en beneficio personal o partidario
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6 de enero de 2020  

Ha causado sorpresa advertir cómo muchos funcionarios del actual gobierno comenzaron a restaurar la práctica del llamado "relato", una chicana política dirigida a recrear cualquier realidad histórica adecuándola a las apetencias partidarias, activando paralelamente la maquinaria de propaganda política capaz de reclutar nuevos adeptos afines con el nuevo diseño de la realidad.

En ese afán, podemos recordar cómo funcionarios obsecuentes de los anteriores gobiernos kirchneristas, por ejemplo, produjeron una película basada en un informe conocido como Papel Prensa: la verdad, que nada tenía de veraz, tal como quedó demostrado en las instancias judiciales por las que esa causa avanzó hasta llegar a los sobreseimientos dejados firmes por la Corte Suprema de Justicia. Toda aquella mentira capaz de movilizar por años al sistema judicial fue pagada con fondos del erario público y para el solo beneficio ideológico del entonces partido gobernante.

Lo mismo ha ocurrido con los falseamientos de las estadísticas. El relato kirchnerista decía que en la Argentina había menos pobres que en Alemania; que nuestro país crecía a tasas chinas; que la mal llamada ley de servicios de comunicación audiovisual, más conocida como ley de medios, venía a promover y fomentar la competencia para abaratar, democratizar y universalizar el aprovechamiento de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Sin embargo, durante su imperio hubo cada vez más medios en manos de empresarios afines a aquel gobierno y nada hubo de democratización ni abaratamiento para los medios independientes.

El relato pretendió extender también sus largos brazos sobre las supuesta reindustrialización del país. Hubo algún que otro avance, pero ninguno tan significativo como para hablar de ella.

La simplificación ha sido una constante de aquella forzada narrativa dispuesta a decir lo que se supone que se esperaba escuchar cuando, puertas adentro del gobierno, las cosas se manejaban de forma muy distinta de lo que se divulgaba.

El relato incluía obras que nunca se inauguraban o que se inauguraban tres veces, promesas educativas que no se cristalizaban, falta de empleo formal y mucho asistencialismo. Se le otorgó a la pobreza una entidad sacrificial y de cierta superioridad ética y moral que solo les ha servido a quienes se valieron y se siguen valiendo de ella para traducirla en votos. En su relato, el kirchnerismo no combate la pobreza, la idealiza. La asienta y consolida.

Para el cuento ideologizado no hubo inflación alta ni cepo, la inseguridad era apenas una sensación, las candidaturas testimoniales no eran una estafa y teníamos superávit comercial cuando, en rigor, las importaciones estaban controladas.

Lamentablemente, se observa por estas horas una resurrección de aquel relato, que parece decidido a volver con otras formas, resistiéndose a morir frente a la verdad de los hechos, una vez más.

Un deplorable ejemplo de lo que decimos son los dichos de la nueva ministra de Seguridad, Sabina Frederic, decidida a revisar la investigación sobre el horrendo e impune crimen del fiscal Alberto Nisman. Afortunadamente, la Justicia ya le hizo saber que no es esa la tarea de una funcionaria de gobierno, que su pedido no se hará efectivo y que no se rehará el proceso.

También se ha sabido que, desde el Gobierno, se impulsa la reconstrucción del caso de la muerte de Santiago Maldonado. Ni qué hablar del relato que propone considerar que todos los montoneros son buenos y todos los militares son malos, o que el memorándum con Irán por el ataque contra la AMIA fue un hecho patriótico, entre otras reconstrucciones o exposiciones acomodaticias, de pura conveniencia.

No debería sorprendernos que la escandalosa defraudación a la AFIP, atribuida a Lázaro Báez, procesado por liderar una asociación ilícita que usaba facturas truchas, pase a ser una mentira de la oposición, o que los bolsos con millones de dólares revoleados en un convento dejen de ser de José López para pasar a ser de las monjas a quienes él se los estaba devolviendo.

Ya se nos señala con insistencia que los presos acusados por presunta corrupción, muchos de ellos arrepentidos y confesos, son en realidad "presos políticos", y que las actuaciones judiciales sobre la corrupción en la obra pública son meras persecuciones a personas inocentes.

Una cosa es que la perspectiva histórica alejada de las pasiones del momento pueda arrojar objetividad o develar alguna tendencia excesiva en la interpretación de algún hecho del pasado y otra muy distinta es recrear deliberadamente con falsedad hechos comprobados como veraces, por pura intencionalidad ideológica o política.

Es evidente que todavía hay muchos dirigentes a los que la verdad les importa poco. Ya lo decía Goebbels, perverso maestro de la propaganda nazi. Ojalá sean estos solo tropiezos iniciales de un gobierno dispuesto a corregir errores del pasado, a valerse de la verdad y a trabajar para superar las diferencias. Lo que menos se espera de él es la restauración de prácticas que creíamos superadas.

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