El revés electoral de Hugo Chávez
Después de los recientes comicios, el desafío de la oposición es permanecer unida, para recuperar la vida democrática
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Las elecciones nacionales parlamentarias en Venezuela realizadas el domingo último ya son historia. El revés político propinado a Hugo Chávez es claro e inocultable: en poco más de un año, el autoritario caribeño perdió nada menos que un millón de votos, es decir, la diferencia entre el resultado reciente y el obtenido por él mismo en febrero de 2009, cuando presentó su propuesta para permitir su reelección. Si la comparación se hace, en cambio, con la elección presidencial de 2006, Chávez perdió dos millones de votos, lo cual es peor aún. Lo cierto es que si la elección del domingo pasado hubiera sido presidencial, Chávez ya no estaría al frente de la primera magistratura de su país.
Hay varias cosas para destacar. La primera, la trascendental importancia de la unidad de la oposición, que fue decisiva en la derrota de Chávez y que polarizó al electorado, transformando a las demás opciones en casi irrelevantes. La segunda es que la credibilidad de Chávez ha disminuido fuertemente y su legitimidad en el poder ya no es la misma. Después de todo, la mayoría del electorado se pronunció manifiestamente por otras opciones y, si no hubiera sido por la existencia de reglas electorales obviamente amañadas, hubiera presumiblemente conquistado la mayoría de las bancas parlamentarias. La consecuencia es que Chávez no podrá, desde comienzos del año próximo, obtener delegaciones legislativas con las que hasta ahora ha concentrado intensamente el poder político en sus propias manos, gobernando por decreto.
Venezuela, después de que la oposición cometiera el tremendo error político de ceder a Chávez el espacio parlamentario boicoteando simbólicamente las elecciones de 2005, parece comenzar a regresar ahora, paso a paso, a los equilibrios y contrapesos propios de las estructuras democráticas, precisamente aquellos que los autoritarios suelen destruir o alterar, en todas partes.
En lo inmediato aparece un momento de cierto peligro institucional. Como ocurrió en la Argentina el año pasado, desde ahora hasta fin de año Hugo Chávez podría utilizar al Parlamento antes de que su composición actual cambie en consonancia con el resultado electoral para, con apuro y de espaldas a los resultados, obtener normas que presumiblemente no podría lograr con la presencia legislativa de la oposición.
Para los próximos dos años, camino a las elecciones presidenciales venezolanas de 2012, el desafío de la oposición es ciertamente el de permanecer unida, alentada ahora por un dato de la realidad: se puede vencer a Chávez y recuperar para el país el andar democrático; ya lo han hecho dos veces. Seguramente Chávez intentará recurrir a estrategias ya conocidas, como la constante demonización del adversario; la siembra de resentimientos e infundios; la compra de legisladores; la seducción de los tránsfugas, o las mil posibilidades que brinda la corrupción para tratar de debilitar a la oposición.
Para alimentar la esperanza renacida en los corazones de millones de venezolanos que, venciendo el temor y las intimidaciones, votaron por el cambio, la oposición deberá diseñar sus propias propuestas de gobierno. La dirigencia política está en deuda, desde hace rato, con el pueblo venezolano y la hora de recuperar su confianza parece haber llegado. La notable gesta iniciada por la oposición venezolana debiera resonar con fuerza en los otros rincones de la región en los que las libertades individuales, los derechos esenciales de las personas y las instituciones de la democracia también están en juego.

