
El sesgo antiexportador
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Las exportaciones nacionales no han respondido a la enorme devaluación ocurrida; si se comparan las ventas al exterior del primer cuatrimestre del año actual con las de igual período del año pasado, se verifica un aumento en su monto del 13%, por cierto bastante sustancial. Sin embargo, algo más del 11% -calculado en dólares- fue debido a mejoras en el precio externo y algo menos del 2% al incremento de las cantidades exportadas. Vale decir que el crecimiento surgió mayormente como consecuencia de factores exógenos, en especial los más altos precios agrícolas y de las manufacturas derivadas.
Si por considerarse anormal el primer cuatrimestre de 2002, se retrotrae la comparación a igual período de 2001 se advertirá que el crecimiento resultó del 7,2%, debido en buena parte al mencionado factor precio. Pero como cada año nuestra población crece en un 1,3%, se verifica que las exportaciones en cantidad relativa, virtualmente no han crecido. Transcurridos 16 meses de la gran devaluación no parece pertinente asignar esta pereza en manifestar impulso exportador al llamado factor "jota", una denominación que alude a la tendencia observada en otras devaluaciones ocurridas en el mundo en las cuales se ha registrado más o menos distancia en el tiempo entre el acto devaluatorio en sí y el arranque de la expansión exportadora. Por otra parte, la magnitud de nuestra devaluación exime de comparaciones con las experiencias de otras naciones.
En realidad, el señalado comportamiento renuente de las exportaciones tiene que ver con diversos factores, que en su conjunto conforman lo que se designa como "sesgo antiexportador", cuyo componente esencial son las retenciones que substraen entre el 5 y el 20% del ingreso de los exportadores. Debido a ellas, el tipo de cambio -hoy en torno de 2,85 pesos por dólar- queda reducido a 2,28 para una importante proporción del comercio constituida por los granos y sus manufacturas, y a 2,56 para aquellos productos que tributan este impuesto en un 10%. A ello se suman las trabas que representa el control de cambios, la magra dieta crediticia con sus elevadas tasas de interés, y también los derechos de importación que cargan sobre el precio de insumos de productos de exportación.
Sin perjuicio de estos hechos, es verdad que los efectos de una devaluación son muy variados. La nuestra ha dado lugar, por una parte, a un amplio superávit comercial de 5300 millones de dólares para el primer cuatrimestre de este año, fruto de una gran astringencia importadora que ahora está comenzando a diluirse. Por otra parte, la devaluación ha atraído mayor turismo receptivo y menor salida de argentinos, en tanto que el tipo de cambio ha inducido una substitución de importaciones con beneficio para un gran número de actividades locales.
Pero el indicado sesgo antiexportador no debe continuar si se tiene en cuenta el papel dinamizador del comercio exterior en la economía. Según la experiencia universal y también la nuestra, la persistencia de un desequilibrio semejante impide la expansión exportadora, tanto más indispensable en nuestro caso si se tiene en cuenta que sólo mediante los recursos que generaría se podrían atender los compromisos financieros pendientes. Cabe entonces refirmar la necesidad de que se reduzcan las retenciones a las exportaciones, cuya magnitud -por otro lado- acaba de expresarse contundentemente con los ingresos fiscales por 900 millones de pesos en el mes pasado. También se requiere el desmantelamiento del control de cambios, reconstruir el descalabrado sistema financiero y revertir, en general, la situación: la economía argentina ha usado y abusado del sesgo antiexportador con consecuencias sistemáticamente erosivas para el progreso de las actividades productivas y, asimismo, para el bienestar general.




