Falta una oposición unificada
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Muchas cosas funcionan mal en la Argentina, pero lo que más debe preocuparnos hoy es la inocultable debilidad de nuestro régimen institucional y, sobre todo, la falta de un sistema político consolidado y pluralista, integrado por fuerzas de diferente signo ideológico, capaces de alternarse en el poder y de garantizar, así, la plena vigencia de los principios democráticos.
Si se observa con atención el escenario político argentino actual, se advierte que está dominado por un oficialismo de clara vocación hegemónica, que posee una típica estructura "movimientista" y se caracteriza por su tendencia a captar y atraer a dirigentes opositores con métodos de discutible legitimidad moral y propios de un oportunismo tan elemental como lamentable.
Frente a ese oficialismo de creciente poder, se advierte la falta de una fuerza de oposición unificada, capaz de acceder al gobierno por la vía electoral y garantizar, así, el pluralismo propio de las naciones auténticamente democráticas.
Ese desequilibrio político evidente produce consecuencias altamente negativas. Una de ellas es la que lleva a la opinión pública, en muchos casos, a atribuirle el rol opositor protagónico a ciertos sectores institucionales, sociales o corporativos que entran en conflicto con el gobierno de turno y que no pertenecen, estrictamente, al ámbito político. Este no es un fenómeno nuevo en la Argentina. A lo largo de nuestra historia, la falta de un auténtico partido de oposición determinó que en muchos casos el imaginario colectivo se sintiera impulsado a reconocer como virtual fuerza política opositora a los más insospechados sectores de la sociedad. Así ocurrió en distintos momentos de nuestro pasado con la Iglesia, con la Universidad, con las organizaciones sindicales y, en ocasiones, con los grupos económicos que mantenían alguna disputa más o menos ruidosa con el poder.
En las últimas semanas, fue evidente que el sector rural ocupó ese estratégico lugar. El "partido del campo", por llamarlo así, cosechó las preferencias y simpatías de los sectores independientes y fue percibido por muchos argentinos como el núcleo de oposición más vigoroso y más representativo frente a un oficialismo ávido de acumular poder.
Sin negar la importancia y la legitimidad de que una causa social importante despierte un fuerte apoyo popular, está claro que atribuirle el carácter propio de una oposición política a un determinado sector institucional o social de la comunidad configura una anomalía. También está claro que un país democrático necesita de partidos de oposición operativos y capaces de terciar en la lucha democrática por el poder.
Ahora bien, el hecho de que no exista un partido de oposición reconocible y con capacidad de contribuir a instalar una democracia pluralista debe ser atribuido, fuera de toda duda, a diferentes causas. Es, en parte, consecuencia de faltas de los propios sectores de la oposición que no han sabido construir una fuerza unificada y enfrentar, así, el poderío electoral del oficialismo. Pero es también, fuera de toda duda, responsabilidad del propio oficialismo que, al desarrollar estrategias hegemónicas y en muchos casos autoritarias, impide que el espectro político crezca en la dirección deseada, que es la que conduce a la diversidad, al pluralismo y a una razonable alternancia en el acceso a la función de gobierno.
Los argentinos deberíamos poner nuestros mayores esfuerzos en la edificación de esa sociedad adulta, caracterizada por una sabia diferenciación entre la específica competencia política y las naturales confrontaciones que desatan los procesos sociales. En la medida en que sepamos establecer esas distinciones básicas, contribuiremos al fortalecimiento de nuestras instituciones democráticas y a la vigencia de nuestros principios constitucionales básicos.

