FMI: franqueza, sí; imprudencia, no
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Entre la franqueza y la imprudencia existe una frontera sutil que no siempre es reconocida y que a menudo es avasallada. La franqueza -como la sinceridad- es una virtud enaltecedora. La imprudencia, en cambio, es un vicio de la conducta que causa inocultables perjuicios y con frecuencia arruina o malogra los mejores esfuerzos y las más loables intenciones.
Cuando el titular del Fondo Monetario Internacional, Horst Kšhler, declaró anteayer en Washington que no se debe descartar que en la Argentina se produzcan despidos, "porque no hay otra opción", quiso probablemente ser franco, pero no cabe duda de que faltó a la virtud de la prudencia. Cuando se están manejando asuntos que afectan la relación entre países y que pueden rozar la susceptibilidad de los orgullos o los sentimientos nacionales es necesario conocer dónde termina la obligación de hablar con claridad y con franqueza y dónde empieza el deber de obrar con tacto y con circunspección.
Las crisis políticas, económicas y sociales de un país no están desvinculadas de los valores que pertenecen a la órbita de lo afectivo y de lo espiritual. Por creer que los conflictos que afligen a los pueblos están determinados únicamente por las relaciones de carácter material que aparecen en la base de su estructura económica se cometieron en el siglo XX trágicos errores de apreciación y de pronóstico que tuvieron funestas consecuencias para muchos países.
Los pueblos necesitan que los hombres públicos practiquen la verdad y hablen con franqueza. Pero necesitan también que elijan en cada oportunidad la forma y el lenguaje adecuados, de modo que no resulten dañados o deformados los principios y los valores que pertenecen a la esfera del sentimiento o que se revelan o ahondan en la dimensión de lo afectivo y de lo moral.
La prudencia es "la regla recta de la acción", decía Santo Tomás siguiendo a Aristóteles; es la capacidad para discernir el lenguaje que conviene usar en cada caso. Hablar con franqueza o con verdad no implica necesariamente faltar a la templanza, al buen juicio y a la moderación.
La prudencia es un valor de especial importancia cuando se actúa en el campo político, pues la propia eficacia técnica de las medidas que un país debe instrumentar en un momento crítico de su historia dependerá, inevitablemente, de la forma en que sean expuestas o presentadas ante la opinión pública. Las decisiones políticas no son buenas o malas en sí mismas. Serán siempre eficaces o ineficaces según el firmamento de valores y expectativas morales -y también emocionales- sobre el cual se proyecten. En su libro "El político", Azorín sostiene que la principal virtud de los hombres públicos es la "eubolia". Y se demora en el análisis de ese atributo moral específico que se le debe requerir a quien actúa en el campo de la política. La virtud de la eubolia -dice el gran escritor español- "consiste en ser discreto de lengua, en ser cauto, en ser reservado, en no decir sino lo que conviene decir".
La situación que atraviesa la Argentina, por sus múltiples implicancias políticas, económicas, sociales y morales, no puede ser abordada desde visiones reduccionistas y simplificadoras de la realidad. Tampoco puede dar motivo a recetas o pronósticos que pasen por alto la compleja interacción de valores, principios y sentimientos que toda contingencia pública pone en tensión.
No está mal que un funcionario de un organismo internacional manifieste su preocupación por la crisis argentina. Pero es conveniente que, en lo sucesivo, quien exprese esa preocupación se deje iluminar por la necesaria virtud de la prudencia.






