
Ganó Chávez; perdió la democracia
Poco valor tiene una reforma impulsada por capricho, después de un primer traspié, sólo para perpetuarse en el poder
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Después de haber invertido una fortuna en su proyecto hegemónico, Hugo Chávez puede darse por satisfecho: podrá ser reelegido en 2012 y en sucesivas elecciones en tanto que no surja una oposición convincente. Poco mérito tiene una reforma constitucional si el único favorecido termina siendo su mentor en su afán de perpetuarse en el poder.
Ese era el fin del referéndum al que, como si se hubiera tratado de una prueba de supervivencia, convocó Chávez por segunda vez en Venezuela para coronar su capricho tras el traspié que había sufrido en diciembre de 2007. ¿Era necesaria una nueva campaña, con todo lo que ello implica, sólo para contentar los afanes personalistas de un político de plataformas endebles y horizontes mesiánicos?
Es como si Venezuela, a diferencia de todo el mundo, no tuviera urgencias y, por esa razón, puede distraerse durante meses y meses en elecciones y referéndums como el realizado el domingo sólo para convalidar en cada una de las 15 convocatorias realizadas durante una década la egolatría de quien se erige como el dueño y señor del Estado. El mensaje es claro y peligroso: nadie más que él puede regir los destinos del país.
Tanto esta campaña como las anteriores no se nutrieron de fondos que no fueran los provenientes del petróleo, el recurso más importante de Venezuela. En tiempos de crisis como los actuales, lo prudente hubiera sido atesorarlos en lugar de dilapidarlos para contentar a un líder y su vasta red de acólitos.
Ganó Chávez; ¿ganó la democracia? El resultado parece inobjetable desde el punto de vista formal, aunque lejos haya estado de alcanzar los 10 millones de votos que se propuso, pero dista de ser legítimo desde el punto de vista republicano. El poder obnubila y, cuando ello ocurre, da ventajas.
Chávez aprovechó todas esas ventajas en forma inescrupulosa, con una burocracia prolijamente engordada desde que asumió la presidencia gracias a la cual su partido, que pretende ser único, ejerce un vil chantaje sobre los empleados y los trabajadores públicos. De ese modo, su victoria también implica una garantía para aquellos que, como beneficiarios de las misiones sociales, procuran asegurarse el sustento.
Más de la mitad del electorado votó por el sí y poco menos de la mitad votó por el no. Entre ellos, no todos pueden ser "oligarcas y pitiyanquis", como define Chávez a sus opositores. La ecuación, en ese caso, no cerraría: Venezuela tendría casi la mitad de su población en situación de privilegio. Nada que ver con la realidad, marcada por una inflación galopante del 30 por ciento, la abrupta caída del precio del crudo a casi la mitad de su valor en menos de un año y una inseguridad creciente.
No es casual que amigos de Chávez, como el ex presidente Néstor Kirchner, el ex dictador Fidel Castro y el presidente Evo Morales, se hayan precipitado a felicitarlo, incluso antes de conocerse el resultado del referéndum. Más que dicha compartida, los mensajes de ellos reflejaron cierto alivio por los vínculos económicos establecidos.
En la Argentina, todavía no está claro qué fin tenía el dinero hallado en la maleta de Guido Antonini Wilson; en Cuba, el petróleo subsidiado ha sido un espaldarazo para la continuidad de la dinastía de los Castro; en Bolivia, Chávez sólo necesitaría instalarse en el Palacio Quemado para demostrar cuán grande es su poder de decisión.
En este referéndum, Chávez obtuvo menos votos que en su reelección, en 2006. Eso da una pauta del impacto que han tenido, sobre todo, sus promesas incumplidas y los magros resultados de su gestión.
La oposición, enrolada en partidos pequeños, encuentra su fuerte en los estudiantes universitarios, temerosos de vivir bajo una hegemonía con fuertes rasgos autoritarios y, dados los lazos atados con gobiernos tan poco presentables como el cubano y el iraní, con tendencia a transformarse en una dictadura en caso de verse en aprietos.
Ningún bien le hace Chávez a la democracia en América latina. Si se lo hubiera hecho, varios gobiernos habrían imitado sus políticas. Sólo Bolivia, Ecuador y Nicaragua, dentro de los recientemente elegidos, siguen su juego por una razón más que evidente: la posibilidad de contar con asistencia en cuanto faltan fondos.
No se trata de afinidad ideológica, entonces, sino de afinidad por conveniencia. La misma que tiene con los Kirchner.






