Inadmisible toma de escuelas y falta de compromiso
Nada puede justificar la reiteración, año tras año, de protestas estudiantiles demostrativas de la imposibilidad de diálogo y acuerdo en el sector educativo
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En una reiteración que ya se vuelve francamente injustificable, la ciudad de Buenos Aires asiste otra vez a tomas de escuelas secundarias y la consecuente suspensión de clases. Como en situaciones anteriores, las razones alegadas por los dirigentes estudiantiles para justificar esas medidas se vinculan con cuestiones relacionadas con problemas edilicios o bien referidas a la falta de debate acerca de las currículas instrumentadas a partir de la denominada Nueva Escuela Secundaria.
Y una vez más el ímpetu de los movimientos estudiantiles se expresa a través de movilizaciones, cortes de calles y manifestaciones de protesta. La novedad, ahora, es que lidera los reclamos una dirigente estudiantil del Colegio Nacional de Buenos Aires, instituto secundario de la jurisdicción universitaria y no ministerial, condición que hace suponer una alianza entre jóvenes dirigentes de enseñanza media.
En los hechos, las protestas reavivan una malsana gimnasia que se practica año tras año. Las razones que se invocan esta vez -hasta ayer resultaban afectadas 14 escuelas, aunque con amenazas de extenderse a otras- pueden tener algo de verdad, pero también, y ha quedado demostrado a lo largo del tiempo, mucho de pretexto para dar sustento a la ruptura del orden escolar.
Ante la reiteración anunciada de estos sucesos, cabe preguntarse qué es lo que han capitalizado las autoridades del sistema educativo, siendo que no han encontrado todavía una respuesta apropiada para anticiparse a los hechos y procurar reducir sus perniciosos efectos.
Si bien algunas de las razones formuladas por los dirigentes estudiantiles pueden parecer atendibles, otras carecen mayormente de precisiones, como cuando se pide, por ejemplo, discutir sobre "las reformas implementadas" o bien se alude a "cambios edilicios necesarios". Esa incertidumbre, lejos de alentar soluciones, da pie para que cualquier motivo sea pretexto suficiente para profundizar las inadmisibles tomas de escuelas.
Hay responsabilidades compartidas: a las autoridades educativas les concierne informar concretamente acerca de lo que se ha hecho, lo que se hace y lo que se hará, y qué plazos se han establecido para cumplir con ello. La falta de comunicación es siempre un error grave, que no sólo alimenta las sospechas, sino que hace crecer los reclamos. Docentes, padres y alumnos deben participar conjuntamente en el desarrollo del proceso escolar. Pero si desde la escuela no se comunica, con precisión y suficientemente, lo que se hace y las necesidades que subsisten, a fin de que alumnos y padres sepan con certeza cuál es el estado real de los temas críticos invocados por los estudiantes, no es extraño que surjan dudas y rechazos. No es menos cierto, además, que se nota de parte de muchos padres la falta de un compromiso real por interactuar con los establecimientos escolares y adelantarse así a las problemáticas de las que generalmente se enteran cuando sus hijos ya han tomado las escuelas.
Se trata de un engranaje complejo en el que la participación de buena fe de cada sector es decisiva para su normal funcionamiento y, también, una coincidencia básica en el respeto al principio de autoridad. Hace demasiado tiempo que se repiten estos procesos de alteración de la tarea cotidiana de la escuela secundaria, movimientos que afectan y perjudican su normal funcionamiento.
Es menester, en definitiva, que alumnos, padres, docentes y todos nosotros como sociedad comprometida con el futuro de la educación y de la juventud nos sentemos a dialogar -tratando de evitar conflictos que, insistimos, no deberían volver a repetirse- y respetar las decisiones una vez que éstas se adopten.






