Jineteadas: el valor de la tradición
Contrariamente a algunas creencias totalmente erróneas, los caballos "reservados" son cuidados en extremo, lejos de todo maltrato
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En los últimos días se ha vuelto a discutir el valor de las jineteadas y su relación con el maltrato animal. Esos debates están en general instrumentados por asociaciones protectoras de animales. La arremetida se renueva cuando se difunden los Festivales de Jineteada y Folclore de Jesús María y Diamante, transmitidos en directo por la televisión pública.
Con motivo de esos espectáculos, de imponente repercusión popular, tales asociaciones vuelven sobre la idea de que deben ser prohibidos o limitados por tratarse de una suerte de juegos salvajes, en los que lo principal consiste en desconsiderar al caballo en términos que no admiten cabida en la contemporaneidad.
Para poder hacer un correcto análisis del valor de aquellas destrezas criollas, debemos diferenciar la doma de la jineteada. La doma es el amanse del animal, mientras que la jineteada, en el sistema tradicional, es una parte de esa doma. Con el tiempo se fue trasformando en un espectáculo deportivo donde el hombre de campo demuestra valor y habilidades en no pocos casos de excepción.
Las afirmaciones de las asociaciones protectoras de animales en el sentido de que las jineteadas son una forma de maltrato resultan rectificadas por la realidad a poco que se comprendan el espectáculo y su concepción. El animal o "reservado" es un caballo especialmente elegido para esa actividad. Estos animales son probados en su fuerza y, aquellos que tienen condiciones naturales, son debidamente enseñados a corcovear.
El método de enseñanza nada tiene que ver con el castigo, sino todo lo contrario: el potro es montado, se lo deja "tirar unos saltos" y el jinete, si no es expulsado por el mismo corcovo, se tira antes de que el caballo sienta demasiado el rigor.
En el lenguaje del jinete se dice que al caballo hay que dejarlo ganar para que se agrande y, de este modo, aprecie voltear. En definitiva, contra lo que suele afirmarse con ligereza, el animal nada sufre en ese desafío.
Los "reservados", cuidados en general por hombres de campo, tropilleros que saben del valor del caballo y lo aprecian con admiración y respeto, está a disposición de las jineteadas en no más de dos o tres veces al mes, por doce segundos en cada reunión.
Para que el espectáculo sea de realce y tanto el caballo como el jinete se luzcan, los animales han de estar bien comidos y cuidados. Es casi imposible ver en los campos de jineteada caballos flacos, mal de vasos, sin tusar o con parásitos. Sólo la ignorancia, por más que se asiente en buenas intenciones, y, en algunos casos, la mala fe, pueden llevar a insistir con que hay maltrato de animales en esas veladas del ámbito rural.
Los hombres y mujeres de campo que concurren a las jineteadas quieren participar de fiestas tradicionales del campo argentino y sudamericano, que en nada reflejan las perversiones que a veces se denuncian.
Cualquier asiduo espectador con mínimo conocimiento sobre la materia sabe de la importancia que tiene una correcta atada y salida del palo de los "reservados", y sanciona con su reprobación a aquellos que, por impericia, demoran las salidas y exponen a los caballos a golpes o tironeos innecesarios.
No nos dejan ni ser gauchos, afirmaba un paisano con esa sabiduría y sentido común propio del hombre ligado de verdad a la tierra. Ésa es la sensación que tienen todos aquellos hombres y mujeres que defienden un modo de vida, donde las jineteadas constituyen parte de antiguas tradiciones y vivencias. Se las debería respetar como expresiones de lo más profundo del interior argentino, tan consustanciado desde siempre con la raza caballar, con la que el criollo conquistó espacios inmensos, independizó la patria, laboró la tierra, acortó distancias y se ejercitó en deportes por los que el país trascendió como uno de los mejores en el mundo.
Las jineteadas tienen reglas de oro para hombres y caballos. Están para cumplirse en beneficio de los protagonistas en el duelo que ha de prolongarse para honrar una relación de afectos ancestrales. Comunión del criollo con esa raza que desciende de la que nació en lejanos desiertos y a la que por siglos han cantado los poetas.






