Jineteadas, seguridad y el valor de la tradición
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Ya nos hemos ocupado desde estas columnas de subrayar la importancia intrínseca del espectáculo de las jineteadas como auténtica expresión de nuestra tradición. A lo largo y ancho del país, distintas fiestas conmemorativas, muchas veces a beneficio de entidades de bien público, recogen estas expresiones.
Frente a situaciones trágicas como las que recientemente acontecieron en el Festival de Jesús María, en el que desafortunadamente un jinete falleció aplastado por un caballo y otro se accidentó, debemos demostrar una mayor sensibilidad a la hora de defender nuestras tradiciones y apoyar a quienes cotidianamente aportan su grano de arena para mantener en alto estos festivales. Solidarizándonos con el dolor por lo sucedido, destacamos la importancia de trabajar para garantizar el cumplimiento de distintas medidas de seguridad para jinetes, caballos y público asistente.
Para ello, la antinomia entre asociaciones tradicionalistas y asociaciones protectoras de animales debe dar paso a una constructiva confluencia que conduzca a permitir que se mantengan las tradiciones sin que por ello pongamos en riesgo innecesario la vida o la salud de quienes, en definitiva, son los verdaderos protagonistas del espectáculo: jinetes y animales.
No hay dudas de que nos referimos a un espectáculo tradicional cuyo carácter es intrínsecamente riesgoso, pero no más peligroso que muchos otros deportes con niveles de accidentes superiores. Lo que está claro es que los peligros deben ser minimizados y es responsabilidad de quienes organizan los festivales extremar las medidas de seguridad, con normas tales como evitar caballos boleadores (que se dan vuelta en el aire y caen con el lomo) o aportar palenqueros y apadrinadores con experiencia.
Debe disiparse la errónea creencia que atribuye al caballo de jineteada un sufrimiento innecesario, asociado falsamente con la intención de doblegarlo en su voluntad. Lejos de ser ciertas están estas tan lamentables como extendidas apreciaciones. Igualmente equivocado es considerar que el animal es sometido a castigos corporales previos a fin de evaluar su aptitud para estos espectáculos.
Es sabido que, en su amplísima mayoría, los tropilleros o dueños de esos animales los cuidan con esmero y dedicación. El caballo que es presentado en una jineteada es un animal que no ha podido ser domado, esto es domesticado, por lo cual su destino no sería otro que el frigorífico, es decir, ser sacrificado. En definitiva, evitar tanto el sufrimiento como el riesgo de caballos y jinetes es una premisa sobre la que habría un acuerdo generalizado, solo que, en los extremos, se asumen posturas irreductibles que en nada ayudan a la defensa de tan valiosas tradiciones y que descuidan la importancia de acompañarlas con medidas de seguridad que acoten la posibilidad de irreparables daños.
En esta dirección, celebramos la creación de la Asociación de Criadores de Caballos para Destrezas Gauchas, que tiene como uno de sus objetivos reglamentar los espectáculos tradicionalistas como las jineteadas, preservando su génesis, evitando riesgos para los jinetes así como cualquier tipo de maltrato hacia los caballos, una yunta inseparable. Este es el camino y debemos hacer todo lo necesario para transitarlo en armonía, superando falsas antinomias.


