
Juego limpio en el deporte
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En tiempos no tan distantes, todas las prácticas deportivas eran asumidas como un ejercicio de caballerosidad irrestricta y cordialidad a pleno con entera naturalidad y ningún esfuerzo. Hoy, en cambio, esta virtud, universalmente reconocida como juego limpio o fair play ha sido desterrada de casi todos los deportes y resulta más lamentable y paradójico aún que quien trata de aplicar alguna de sus reglas no escritas es muchas veces objeto de burlas y recriminaciones.
Hace tres semanas, durante el clásico en que River venció a Boca, un jugador del primero de esos conjuntos le cedió caballerosamente la pelota a un adversario próximo, tras una detención del juego que le permitió al boquense sacar una ventaja que derivo en el gol de su equipo. El propio director técnico del equipo riverplatense le reprochó a su dirigido esa actitud y ciertos comentaristas de la televisión, quienes deberían ser los primeros en exaltar esa clase de gestos, se tomaron en solfa aquella gentileza.
El juego limpio no es un anacronismo ni cosa que se le parezca. Despojadas de sus nobles conceptos, las prácticas deportivas se convierten en meros entretenimientos para quienes intervienen en ellas o en espectáculos exclusivamente montados para el solaz de los espectadores.
Nadie duda, a estas alturas de los tiempos, que el deporte forma parte del bagaje cultural de la humanidad. Pero pierde lo medular de esa capacidad formativa que hace a su esencia, si es despojado, so pretexto de practicidad y modernización, de los nunca agotados preceptos del juego limpio.
Interpretar que el deporte sólo debería ser practicado por "caballeros" -como solía predicarse hasta principios del siglo XX- podría configurar una antigüedad. En cambio, no lo es ni lo será nunca el trabajar y esforzarse para que el deporte siga siendo una escuela en la cual no sólo se propende al mejoramiento del físico, sino también a la formación de personas de bien, sea cual fuese el nivel social del cual proviniesen quienes lo practican. Esta tendencia debería ser de inexcusable cumplimiento, incluso para el insensibilizado universo de los deportes profesionales, y sus preceptos esenciales tendrían que ser enseñados, sin excepción, a los deportistas infantiles y juveniles.
Hace unos días, el Comité Olímpico Argentino le entregó el premio Gesto Deportivo Ejemplar al rugbier de Pucará Conrado González Bravo, quien, durante el cotejo en que aquel equipo se medía con el de Deportiva Francesa, le advirtió al árbitro que había convalidado erróneamente un try favorable a su conjunto.
También es cierto que ese ejemplo positivo contrasta con numerosos hechos de signo contrario en este deporte y en otros. La reciente semifinal del certamen de tenis por la Copa Davis, jugada en el Parque Roca, tuvo pasajes bochornosos en que los aficionados locales vertieron insultos de todo calibre dirigidos a los integrantes del equipo australiano. Peor aún, en instancias previas al inicio de los partidos, el entrenador del equipo argentino alentó tan vergonzosas muestras de inconducta, que llevaron a la Asociación Argentina de Tenis a tomar medidas para intentar revertir esas lamentables actitudes.
Otro deporte cuyas autoridades han venido demostrando mayor seriedad para marcarles límites a los jugadores maleducados es el polo. La puesta en vigor de las amonestaciones, la expulsión temporal y la expulsión definitiva exhibe que el notable incremento de la competitividad ha exacerbado los comportamientos reñidos con el insobornable respeto por las reglas del juego, por los adversarios y los espectadores.
En tren de citar ejemplos, habría muchos otros por el estilo. Pero bastan esos pocos testimonios para dar fe de cuánto hay de positivo en el juego limpio. Sin el costado formativo que es intrínseco a esa actitud vital, la práctica de los deportes pierde su razón de ser.
Tal vez no deban extrañar, sin embargo, las mofas o las críticas adversas que recibe el juego limpio: suelen provenir de quienes siguen empeñados en exaltar la tristemente célebre "mano de Dios" o de aquellos que, días atrás, cuando el futbolista Sergio Agüero -ex Independiente, ahora en Atlético de Madrid- convirtió un gol con la mano, tuvieron la lamentable ocurrencia de elogiarlo diciendo que se trató de "otra señal de que los jugadores argentinos son más vivos que los de cualquier otra nacionalidad".
Vale reiterar la necesidad de distinguir que para ser considerado un buen deportista se precisa mucho más que ser un buen jugador. Se requiere un comportamiento y una moral ejemplares que sirvan de modelo a las generaciones más jóvenes, por encima de la destreza y el talento que se puedan desplegar en un campo de juego.

