
Juventud, sinónimo de esperanza
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El informe presentado recientemente por el Fondo de Población de las Naciones Unidas -ya comentado en algunos de sus aspectos en esta misma columna- actualiza las perspectivas de la adolescencia y la juventud en función de una gravitación demográfica mundial antes nunca alcanzada, ya que la mitad de los habitantes del planeta son menores de 25 años.
Esta singular oportunidad abre posibilidades para alcanzar un futuro mejor, tanto para las nuevas generaciones como para los países en vías de desarrollo, cuyo potencial juvenil es netamente superior al de las naciones altamente desarrolladas, afectadas por el nivel general de envejecimiento, que deriva de su baja natalidad.
El contenido del informe constituye un justificado llamado de atención a la sociedad adulta mundial a fin de que asuma, ante esa situación, las responsabilidades que le corresponden. Para comprender el mensaje implícito en este estratégico informe, es útil analizar cuatro dimensiones del problema, profundamente interrelacionadas con el proceso de crecimiento de la franja de población situada entre los 10 y los 19 años.
En primer lugar, se debe concentrar la atención en la necesidad de velar por la maduración del cuerpo y el cuidado de la salud, en un sentido amplio y, específicamente, en lo que afecta a la salud sexual y reproductiva. En segundo término, interesa el desarrollo social de los adolescentes, a partir de su pertenencia a un grupo familiar y en relación con su posterior evolución, con su capacidad para acceder a nuevas formas de integración -con grupos de pares y con otros sectores de la sociedad- y con los avances hacia el ejercicio de una autonomía responsable en su conducta.
Se tiene, en tercer lugar, la expectativa del progreso del adolescente en lo que concierne a las actividades de aprendizaje que lo capaciten para una determinada actividad laboral y a su ingreso formal en el trabajo productivo. La cuarta dimensión se refiere al conjunto de valores, creencias y actitudes que orientan el comportamiento moral de los jóvenes y que se nutren, fundamentalmente, de la educación recibida, de las experiencias sociales y de la cultura vigente en su medio.
Este cuadro acerca del deseable y equilibrado desarrollo de los jóvenes suscita expectativas generales y siempre renovadas de un mejor porvenir humano. Por supuesto, eso no significa desconocer los problemas que será necesario resolver favorablemente a fin de que esa visión esperanzada no se malogre. Para marcar algunos rasgos de la problemática realidad que habrá que enfrentar pueden citarse algunos datos del informe demográfico ya mencionado.
En el mundo, 238 millones de adolescentes sólo cuentan con un dólar diario para subsistir y otros 462 llegan apenas a los dos dólares. La pandemia desatada por el HIV- sida en los países del Africa subsahariano ha incrementado en un 13 por ciento el número de menores huérfanos a causa de ese mal. Hacia el fin del siglo, por otra parte, 300.000 adolescentes de 13 años participaban en conflictos armados originados en el mundo.
Es importante que los sectores con capacidad de decisión y de influencia en el destino de las sociedades de este tiempo tengan una clara percepción de las perturbaciones que acechan, en el mundo, a tantos jóvenes. No se trata sólo de llenar los vacíos abiertos por el desempleo o la exclusión a la que lleva la indigencia, con sus angustiosas secuelas. Se trata de apreciar, también, en qué medida el desarrollo y las posibilidades de la adolescencia pueden estar siendo afectados por los cambios en la estructura familiar, por los nuevos problemas derivados del abandono de la vida rural por parte de los grupos familiares y de su ingreso a menudo problemático en la vida urbana, por las migraciones tendientes a superar las crisis de empleo, por las guerras, por el hambre. Deben tenerse en cuenta, asimismo, la subsistencia de diversas formas de discriminación y la desigualdad de derechos que perjudica a la adolescencia en tantas comunidades.
Lo que se ha mencionado revela la variedad de los desafíos que se deben afrontar en los países cuya "oportunidad demográfica" debería aprovecharse positivamente. Entre las demandas a las que hay que responder sobresalen dos necesidades ineludibles, que deben ser atendidas sin demora: el desarrollo de planes y programas educativos que aseguren el cumplimiento de un nivel básico para todas las personas y la protección de la salud en un sentido integral. Cuanto se haga para robustecer la conciencia de la sociedad mundial acerca del valor de esos dos compromisos fundamentales y de lo que puede esperarse del protagonismo de los jóvenes ayudará a que el futuro de la humanidad sea divisado cada vez más como un horizonte iluminado por la esperanza.




