
La amistad como moneda de cambio
Cuando los intereses políticos o económicos bastardean relaciones de confianza se profundiza enormemente la crisis moral
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TANTO para el diccionario de la Real Academia Española como para quienes saben profesarla, la amistad es una manifestación compartida de afecto recíproco, personal, puro y desinteresado, que nace y se fortalece con el trato. Lamentablemente, la amistad puede dejar de ser tan pura, desinteresada y recíproca cuando de pronto se mezcla con cuestiones de índole política o económica. En ciertas ocasiones, la traición al amigo puede ser difícil de resistir cuando se trata de poder escalar una posición, obtener un beneficio o evitar una condena pública.
Otra deformación de la amistad a la que nos tienen acostumbrados nuestros cuadros políticos es el llamado "amiguismo", entendido como la tendencia a favorecer desaprensivamente a los amigos en perjuicio del mejor derecho o del mérito de terceras personas. Cuando, a la hora de realizar una designación en la función pública, se coloca a la amistad por encima de la idoneidad, se estafa a la ciudadanía en provecho del propio amigo, quien puede así acceder a beneficios o prerrogativas que de otra forma no debería obtener.
Semanas atrás, mucho se dijo sobre el tema de la amistad y la traición, a partir del episodio protagonizado por dos viejos amigos: el juez federal Daniel Rafecas y el abogado Ignacio Danuzzo Iturraspe, en torno a la causa judicial abierta por el caso Ciccone, que involucra al vicepresidente Amado Boudou.
El abogado Danuzzo Iturraspe, allegado a José María Núñez Carmona, socio de Boudou, difundió públicamente el contenido de conversaciones de chat –vía celular– mantenidas con el citado juez, en las que éste aparecía insólitamente dando consejos vinculados con la delicadísima causa que estaba a su cargo. Este irresponsable comportamiento del magistrado constituye una gravísima falta, ya que no debió mezclar la amistad con un tema profesional que, en razón de su investidura, requería mantener una conducta absolutamente imparcial. El abogado, por su parte, aparentemente traicionó a su amigo por interés. Sin perjuicio de las sanciones que pudiera imponerle el Tribunal de Disciplina del Colegio Público de Abogados en el que el referido profesional se encuentra matriculado, la oportunidad es propicia para efectuar algunas reflexiones.
Reiteradamente hemos señalado que, como sociedad, estamos en medio de una profunda crisis de valores que, queda visto, abarca también a la amistad. Desgraciadamente, una amistad de años, como la que referimos, parecería haberse visto súbitamente dejada de lado y transformada, haciendo público lo que, pese a ser condenable, debió conservarse en el ámbito de lo privado sin generar un grave perjuicio para una de las partes. Evidentemente, el afecto recíproco, un sentimiento tan particular y profundo, puede desnaturalizarse al punto de convertir de pronto al amigo en motivo de escarnio o en objeto de daño.
En sus delicadas funciones, el magistrado citado no se comportó como debía y contribuyó a minar –aún más– el ya bajo nivel de confianza de la población en la Justicia. Aun así, su falta no justificaba la difusión de correspondencia privada por parte de su amigo en busca de sacar algún provecho. Es obligación de los abogados, como auxiliares de la Justicia, velar celosamente por los intereses de sus clientes y respetar las normas de conducta.
Por lo demás, en una situación delicada como la que reseñamos, vinculada con el accionar de personas que se mueven en la esfera pública, las repercusiones se extienden inmediatamente al cuerpo social. Desde que estamos inmersos en una grave crisis moral, estos episodios no deberían caer en el olvido.
La gravedad que encierra la ruptura del sentido de la amistad, al ser vista apenas como una mera moneda de cambio, debería calar hondo en la sociedad, para que estos comportamientos no hagan carne en ella.
Una vez más, destacamos la conveniencia de insistir en educar en los valores a nuestros niños y jóvenes, tanto en la escuela como en el hogar, de modo que identifiquen y rechacen las conductas deleznables que sólo contribuyen a la construcción de una cultura de la superficialidad, en la que parecería primar la ausencia de respeto por los sentimientos más entrañables de los seres humanos. Padres y educadores deberían contraponer el valor inalterable de la amistad, en un sentido positivo, para hacernos mejores personas, promoviendo el diálogo y el respeto recíproco.
Basta recordar los ejemplos de donación de órganos entre amigos que asomaron a la luz pública por tener que acudir a la Justicia para conseguir la autorización requerida.
Es menester trabajar para robustecer los principios que hacen de la amistad un sentimiento sano que, lejos de poder ser de pronto dejado de lado, debe ser siempre enaltecido, pues enriquece la esencia del ser humano.




