
La Argentina, país imprevisible
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Uno de los rasgos más negativos que ha exhibido nuestro país en los últimos tiempos es, sin duda, su alto grado de imprevisibilidad. Nadie parece esforzarse demasiado para que el mundo tenga una mínima certeza sobre cuál será el comportamiento político o económico de los argentinos en los años o meses venideros. A veces ni siquiera se puede predecir qué ocurrirá en estas tierras en la próxima semana.
La falta de sanción en tiempo y forma de la ley de presupuesto para 2002 es un ejemplo contundente de la incapacidad de nuestros poderes públicos para emitir señales claras acerca de lo que habrá de suceder en el futuro inmediato. La previsión presupuestaria es, como cualquier persona medianamente informada sabe, el instrumento más eficaz para generar certidumbre sobre las reglas a que ajustará su conducta el Estado en el próximo ejercicio y sobre las condiciones en que deberá desenvolver su acción el sector privado. Sin embargo, ese instrumento legal está todavía en agua de borrajas. Nadie sabe cuáles serán el pensamiento y la filosofía dominantes del proyecto de gastos e ingresos que la Argentina pondrá en ejecución en el curso de 2002, aunque faltan sólo 24 días para la transición al nuevo año.
Pero la imprevisibilidad no reside únicamente en la mora respecto del presupuesto. La incertidumbre es alimentada también desde otros flancos de la realidad. La Argentina es imprevisible por las contradicciones y los zigzagueos de una conducción política y económica que sólo parece actuar en respuesta a los desafíos y las imposiciones de la coyuntura. Lo es también por la ligereza y la irresponsabilidad con que suelen comportarse en el Poder Legislativo vastos sectores de la oposición y aún del propio oficialismo. Y lo es, asimismo, por las perturbadoras señales de inseguridad jurídica que asoman a cada paso, atribuibles tanto a la liviandad con que se legisla como a las deficiencias que se advierten en determinados sectores del Poder Judicial.
Hace nueve días, la Cámara de Diputados de la Nación aprobó un proyecto de ley que dispone la suspensión por 180 días de "los concursos preventivos y quiebras con los alcances que se indican y los procedimientos en trámite de ejecución de sentencias". Más adelante se establece que la ley tendrá una duración de dos años contados a partir de su entrada en vigor. Los plazos de aplicación de la norma resultan, así, poco claros. ¿Debe entenderse que son de 180 días o de dos años? La confusión se agrava porque la misma norma crea un sistema para los concursos preventivos que puede llevar la suspensión más allá de los 180 días. La ley indica que están también sujetos a suspensión "los procesos ejecutivos en general y ejecuciones especiales con garantía real, sean judiciales o extrajudiciales". Por la ambigüedad y la falta de sistema con que ha sido tratado el tema, la sanción de Diputados sólo puede servir para agravar la actual sensación de inestabilidad y desconfianza.
Si se tiene en cuenta que el Senado adoptó recientemente, en plena crisis, medidas que suponen un aumento del gasto público, se advierte que el Congreso de la Nación no ha cesado de contribuir al desconcierto general y al desprestigio del sistema institucional.
La Argentina es imprevisible por la falta de continuidad y rigor en los comportamientos de una dirigencia política a menudo irreflexiva y casi siempre propensa a improvisar. Y por los arrebatos de un sindicalismo que sólo parece moverse con comodidad cuando convoca a la protesta desestabilizadora y a la agitación pública.
Pero, más allá de todo, la Argentina es imprevisible por la recurrente incapacidad de su dirigencia pública para sostener una política fiscal sana, equilibrada y responsable. El errático manejo de la variable fiscal ha sido, justamente, una de las causas determinantes de que se hayan trabado las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional para el otorgamiento del desembolso que el gobierno del presidente De la Rúa esperaba obtener para este mes.
No sólo los políticos, todos los sectores con alguna responsabilidad de decisión o de influencia en el destino de la sociedad -incluyendo a los medios de comunicación- deberíamos hacer una severa autocrítica que lleve a descubrir en qué medida hemos contribuido a estimular la desconfianza en el país y en su comportamiento futuro.
No hay confianza sin previsibilidad. Cuando el porvenir es incierto, cuando las reglas de juego son alteradas una y otra vez, no se pueden tomar decisiones acertadas ni elaborar planes confiables y duraderos. La desconfianza y la imprevisibilidad son los ingredientes constitutivos del riesgo país. Pero no sólo del riesgo país que proclaman las estadísticas, que por efecto del acostumbramiento ya casi ni conmueven, sino también -y fundamentalmente- del riesgo país concreto y visceral: el que condena a toda una nación a vivir en el estancamiento y la desesperanza.




