La doble escolaridad
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La ley nacional de educación establece en su articulado que "las escuelas primarias serán de jornada extendida o completa". Este enunciado está lejos de cumplirse todavía, pues únicamente el 5,4 por ciento del alumnado del país concurre a establecimientos organizados con esa modalidad.
Sólo en la ciudad de Buenos Aires la situación es distinta porque cuenta con el mayor número de escuelas de jornada completa, en las que está matriculado algo más del 30 por ciento de los alumnos de la jurisdicción. En ello influye, por otra parte, un alto número de colegios privados que han adoptado esa oferta educativa.
La doble escolaridad no es un tema nuevo. Pueden debatirse los beneficios o perjuicios de la generalización de la jornada completa, cuestión que debió hacerse antes de sancionar la norma, pero es conveniente puntualizar que su eventual expansión sería posible si se resolviesen ciertos condicionamientos de otro carácter. Estos son la incorporación de personal docente de variadas especialidades y la búsqueda de soluciones a otras exigencias de infraestructura y equipamiento que se plantearían, todo lo cual reclama mayor financiamiento.
El examen del problema pedagógico de la jornada completa se vincula con los componentes esenciales del proceso educativo. Por eso, las posiciones que se perfilan expresan las distintas perspectivas con que se enfoca el problema, ya sea que se lo plantee a partir de las necesidades del alumno, de las demandas de los padres o de las presiones de la realidad socioeconómica (con sus fluctuaciones de tiempo y lugar).
Si la misión de la escuela es ofrecer lo mejor para la formación del alumno a fin de darle una educación que aspira a ser integral, una lógica elemental llevaría a suponer que un mayor número de horas de actividad escolar permitiría acceder a mejores logros en los aprendizajes. No obstante, debe tenerse en cuenta que la calidad de los conocimientos, habilidades y destrezas por adquirir no responden sólo a la cantidad de horas de dedicación, sino al empuje de las motivaciones, y en este punto asoman los riesgos de saturación y tedio como enemigos de la permanencia del alumno en doble turno.
Es menester, entonces, diseñar una planificación que satisfaga otros intereses culturales, deportivos y técnicos, además de dejar también que los educandos gocen de un margen de libertad y espontaneidad para descansar y elegir lo que desean hacer sin ser sometidos a un sistema de continuas obligaciones sobre materias no fundamentales y ajenas a sus intereses.
La escuela que ofrezca ese cuadro ampliado de posibilidades recibiría la aprobación mayoritaria de los padres. Supondría también para éstos un compromiso renovado de consagración a sus hijos y a un frecuente contacto con la escuela en el tiempo restante; de lo contrario, se estaría facilitando un inaceptable vaciamiento de los deberes familiares.
En suma, la transformación que supondría una escolaridad extendida reclama adecuada implementación, organización y ejecución, con un control continuo de los resultados que se alcancen. Es indispensable apreciar, también, que el objetivo de promover una educación más completa que favorezca la inclusión social de tantos menores que lo requieren agudizará las diferencias de la oferta educativa durante el tiempo que lleve la puesta en marcha de una escuela así concebida, hasta que las oportunidades se nivelen equitativamente en el país. Ese período, por lo tanto, tiene que ser lo más reducido que sea posible.


