La Guerra del Paraguay

Los hechos del pasado no pueden ser distorsionados u ocultados para satisfacer intereses políticos del presente
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4 de marzo de 2019  

A más de un siglo y medio de iniciado, el largo y cruento conflicto conocido como Guerra de la Triple Alianza o del Paraguay, que enfrentó a cuatro países hermanos, sigue suscitando réplicas y contrarréplicas que se amparan en posturas políticas o ideológicas más que en la valoración serena de los antecedentes, desarrollo y culminación de una lucha que duró cinco años.

Entre los lugares más comunes que se repiten sin cesar con respecto a la responsabilidad de los argentinos en delitos contra las personas y los bienes de las poblaciones involucradas en el conflicto se señalan los excesos cometidos durante la toma de Asunción, cuando el Ejército paraguayo se encontraba en retirada. Precisamente en aquella ocasión, el entonces jefe de las fuerzas nacionales, general Emilio Mitre, previendo las consecuencias del ingreso a la capital, ordenó que sus tropas se mantuvieran lejos de ella y, al conocer los sucesos protagonizados por las unidades brasileñas, formuló una enérgica protesta.

Mucho antes, Bartolomé Mitre, "generalísimo" de los ejércitos de la Argentina, Brasil y Uruguay, a la vez que presidente de la República, procedió drásticamente con los que atentaron contra la población civil.

El 30 de septiembre de 1865 le comunicó al ministro de Guerra y Marina: "Anteanoche, algunos oficiales y soldados orientales vinieron al pueblo, asaltaron un rancho y violaron a una muchacha, robando la casa. El mal ejemplo fue seguido anoche por algunos soldados del 1º de línea, asaltando otro rancho y haciendo lo mismo. Uno de los malhechores fue aprehendido por la guardia del Cuartel General. A las once de la mañana, me ocupé del asunto, y convicto y confeso el reo era fusilado al frente de su batallón y otros piquetes a las dos de la tarde en la plaza de este pueblo. Los otros dos cómplices no han vuelto todavía a su cuerpo.

"Este ejemplo saludable impedirá la desmoralización de este cuerpo de Ejército, garantizando las personas y las cosas en los pueblos por donde pase".

La obra Después de la Batalla de Curupaytí, de Cándido López
La obra Después de la Batalla de Curupaytí, de Cándido López Fuente: Archivo

El mismo día de aquella comunicación dictó un bando que decía: "Todo individuo de los ejércitos aliados que en marcha o campamento ejerciere violencia sobre los vecinos del país por donde transitan, se apropie de las cosas contra la voluntad de sus dueños o cometiese cualquier desorden de este género contra las personas o las cosas será inmediatamente pasado por las armas, justificado que sea el delito, procediendo verbal y sumariamente para el efecto la orden de los generales en jefe o de los generales que, operando a distancia del Cuartel General, sean autorizados para ejercer tal facultad".

Era una solución tajante, pero indispensable para moderar los horrores de toda guerra.

Otra cuestión tomada por ciertos autores como bandera para mostrar una dependencia de los gobiernos frente a intereses foráneos es la de la presunta instigación al conflicto para su propio aprovechamiento por parte de Gran Bretaña.

Si se tiene en cuenta que su política tradicional fue impedir el dominio hegemónico de la Cuenca del Plata por alguna de las dos naciones sudamericanas que lo disputaban, nada hubiese sido más incoherente que alentar la tendencia del Imperio de Pedro II a expandir su influencia sobre el Paraguay, luego de haberla acrecentado sobre la República Oriental del Uruguay, a partir de Caseros.

Los hechos del pretérito no pueden ser distorsionados, ocultados o manipulados para satisfacer intereses políticos del presente.

Podrían señalarse otras muchas afirmaciones sin fundamento con referencia a aquella guerra, que conviene desechar en pos de la armonía que felizmente mantienen las cuatro naciones hermanas enfrentadas otrora.

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