LA NACION cumple 156 años
El fundador de este diario sostenía que las almas más elevadas debían estar en los gobiernos; sigue siendo esto una de las empresas más arduas en la Argentina
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En la caudalosa correspondencia entre Bartolomé Mitre y su amigo Diego Barros Arana, político liberal, historiador y diplomático chileno, el fundador de este diario transcribe una reflexión de Guizot: “El gobierno será siempre uno de los más nobles empleos de la inteligencia humana y el que requiere almas más elevadas”.
Mitre escribía esto en el país que despegaba hacia alturas que a fines del siglo XIX llamarían la atención del mundo. Contó, por lo tanto, con la fortuna de poder privarse de la observación de cómo se comportan hoy las generaciones que supuestamente se preparan para retener el poder o conquistarlo desde la oposición.
¿Qué habría dicho Mitre, después de citar la grave reflexión de Guizot, de los maridajes de políticos y funcionarios judiciales, sin autoridad moral para ejercer la magistratura, y tan enredados en la espuria convivencia con los peores estamentos de la sociedad argentina? ¿Hará falta mencionar el ejemplo tenebroso de la conducción del fútbol nacional y su red de contactos internacionales que actúan como su malla protectora con las reglas de la cosa nostra?
Si el gobierno será siempre uno de los más nobles empleos de la inteligencia humana, el esfuerzo por lograr que así sea se convertirá en adelante en la Argentina en una de las empresas más arduas que conciba la imaginación humana. Ha de ser una empresa compartida por igual en las responsabilidades que ha tocado a cada parte, tanto para el gobierno como para la oposición y para las fuerzas que se desempeñan atentas al curso de los acontecimientos y sin compromisos firmes en toda la línea hacia uno y otro lado del espectro político.
Nada se diga de aquello de que la política exige de la participación de “las almas más elevadas” cuando todo ha tenido un precio en la política contemporánea del país. Quién olvida el celebre caso de principios de este siglo de las coimas que debían ofrendarse a senadores del peronismo por hacer acto de presencia en el cuerpo, según confesó alguno de los involucrados, a fin de votar reformas a la legislación laboral que quedaron en aguas de borrasca.
¿Qué habría dicho Mitre de los maridajes de políticos y funcionarios judiciales, sin autoridad moral para ejercer la magistratura, y tan enredados en la espuria convivencia con los peores estamentos de la sociedad argentina?
Mitre encarnó una vida laboriosa que acaso fue la causa principal de su longevidad en una época en que las gentes vivían en promedio muchos años de vida menos de las que él disfrutó. Murió a los 84 años, a igual edad que Juan Manuel de Rosas, según recordó León Rebollo Paz, en el estudio que dedicó a la imagen de quien fundó LA NACION hace hoy 156 años. Algunos de sus camaradas de armas tuvieron una existencia más prolongada: Juan Andrés Gelly y Obes (89 años), Gerónimo Espejo (87), Donato Alvarez (88), y el más anciano de todos, José María Zapiola, llegó a los 94 años.
Mitre concluyó su período presidencial en 1868, cediéndole a Domingo Faustino Sarmiento el poder, cuando tenía 47 años. Le restarían por delante otros 37 años, en que fue senador, diputado y candidato a presidente en 1891 en un acuerdo de unión nacional con Julio Argentino Roca que fracasó por las disidencias que se interpusieron en el camino para que volviera a la Casa Rosada.
Cuánto hizo: político, guerrero, legislador, periodista, escritor, traductor, bibliófilo, numismático. La obra más bellamente escrita por él, según no pocos de sus críticos, y que fue la Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, se editó por primera vez cuando solo tenía 35 años.
“La popularidad de Mitre -escribió Rebollo Paz- fue la popularidad más sana y dignificante que registra nuestra historia”. Así como era un hombre sin impaciencias, dueño de su templanza y decisiones, así también rehuía los gestos demagógicos. Se congració con multitudes solo por el ejemplo de los hechos en su acción, como la asistencia que él y sus hijos prestaron al vecindario porteño durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871, que causó miles de muertes. Otros, abandonaron la ciudad a pesar de la significación de sus cargos.
Mitre padeció infortunios personales que no suelen recordarse. Perdió a su mujer, Delfina, en 1882, y perdió a tres de sus cuatros hijos varones, a sus hermanos y a su cuñado y amigo entrañable, Julio de Vedia. Solo lo sobrevivieron Emilio y sus hijas cuando sonó la hora de su muerte, en 1906.
¿Hará falta mencionar el ejemplo tenebroso de la conducción del fútbol nacional y su red de contactos internacionales que actúan como su malla protectora con las reglas de la <i>cosa nostra</i>?
Quien quiera contar con un cuadro vívido del ambiente familiar y de trabajo de Mitre dispone a su alcance de lo que fue la vivienda de San Martín 336, que ocupó desde 1862 hasta su fallecimiento. En lo que desde 1907 es el museo que lleva su nombre, Mitre imprimió LA NACION hasta 1885, en que la traslado al edificio vecino de San Martín 344. El visitante del museo se hallará rodeado de ambientes en que se mantiene la atmósfera de época en una casa cuyos orígenes se remontan a fines del siglo XVIII.
Se hallará el visitante en medio del segundo archivo histórico del país por cantidad de libros y documentos, diversidad y especificidad de las materias abarcadas después del acervo del Archivo Histórico Nacional. Los estudiosos más serios de la Argentina y la región en el siglo XIX encuentran en ese ámbito hallazgos indispensables para sus trabajos e investigaciones.
El archivo del museo se enriqueció en el siglo XX con numerosos aportes personales, pero ninguno en valía como el de Guillermo Moores, casado con María Delfina Astengo, la sobrina y heredera de Emilio Mitre y su mujer, Angiolina Astengo. Todo ese material está en curso de procesamiento con las nuevas tecnologías. Ya ha sido digitalizado el 45% de los archivos de San Martín, de Belgrano, de la guerra del Paraguay, de Domingo Oro, de Antonino y Manuel Taboada, y del general Wenceslao Paunero, entregado en donación al Museo Mitre hace setenta años.
Hay más, como una pinacoteca cuya valía se ha acrecentado con los años. Allí se destacan, entre otras piezas, desde el retrato de Mitre, de 1862, por Cándido López; el autoretrato de Pridiliano Pueyrredón en escena de caza, y el cuadro de Ulpiano Checa de un Mitre ecuestre, hasta una pintura de Eduardo Sívori con Mitre en banda presidencial, hasta llegar a las carbonillas y acuarelas originales realizadas por Guillermo Roux para el número especial de LA NACION, publicado en 2006 en ocasión del centenario de la muerte de Mitre.
“La popularidad de Mitre -escribió Rebollo Paz- fue la popularidad más sana y dignificante que registra nuestra historia”
Después de haberse editado por tres días el diario en la casa de José María Gutiérrez, la imprenta de LA NACION se trasladó a la casa de Mitre en San Martín 336, donada por el vecindario de Buenos Aires al expresidente al concluir su presidencia. Como se comprenderá, está en el corazón de este diario el afecto agradecido por el museo en el que se prolongan las tradiciones y realizaciones de quien el 4 de enero de 1870 acometió el esfuerzo periodístico que se prolonga hasta nuestros días con reconocimiento de audiencias exigentes aquí y en el exterior.
Lo hacemos con la voluntad de prolongar hacia el futuro, con tecnologías que no cesan de renovarse permanentemente, el espíritu liberal y siempre moderno de nuestro fundador.



