La ocupación siria del Líbano
1 minuto de lectura'
Siria no debe demorar más el retiro total de las tropas desplegadas en el territorio del Líbano y no solamente replegarlas hacia el valle de Bekaa, para cumplir con la resolución de las Naciones Unidas y permitir el florecimiento de una democracia sin condicionamientos en el convulsionado país de Medio Oriente.
El desmantelamiento de los servicios de inteligencia sirios y la salida del ejército de ocupación de Damasco son pasos fundamentales para la normalización de la crítica situación política del Líbano, que se agravó tras el asesinato del ex primer ministro y padre de la autodeterminación libanesa, Rafik Hariri, el 14 del mes último.
El crimen del ex líder y artífice del acuerdo de Taef, que en 1989 puso fin a la sangrienta guerra civil, fue el punto que marcó el límite en la tolerancia del pueblo libanés a la ocupación militar y aceleró la presión de la comunidad internacional para el retiro definitivo del ejército sirio.
Hariri se había opuesto, el año último, a la extensión del mandato del presidente Emile Lahoud, un declarado títere del presidente sirio Bashar al-Assad.
Las fuerzas militares de Siria entraron en el Líbano en 1976 para mediar en la guerra civil y desde entonces el número de soldados ha fluctuado entre 42.000 y 14.000. Esa presencia, por cierto, no ha contribuido a la construcción de un Estado independiente y, en cambio, ha sido por décadas un elemento desestabilizador en el país y en Medio Oriente.
Siria ha sido identificada por Estados Unidos como una de las naciones que dan soporte al terrorismo internacional. De hecho, ha cobijado a la organización terrorista Hezbollah, acusada de haber cometido decenas de atentados.
La presión internacional obligó a Al-Assad a ordenar un repliegue escalonado de tropas hacia la zona fronteriza, mientras en Damasco decenas de miles de sirios ganaron las calles para rechazar las exigencias de la comunidad mundial. Esto no es lo que la multitud de libaneses cristianos, drusos y musulmanes "sunnitas", que ocuparon las calles de Beirut, esperaban del vecino país.
El anuncio del presidente Al-Assad ante el parlamento incluyó también otras reflexiones, tan sugestivas como peligrosas. Como su afirmación del derecho de la milicia de 15.000 hombres armados, que pertenece al movimiento terrorista chiita Hezbollah, de permanecer armada. También su reiterada advertencia de que el Líbano no puede firmar un tratado de paz con Israel que no incluya a Siria. Ambas son viejas y temibles amenazas, que parecen sugerir que Assad no está dispuesto a ceder espacio sin dar pelea.
Esas advertencias caen, sin embargo, bien entre los libaneses chiitas que conforman el 40% de la población del país y se oponen a la retirada de las tropas sirias, en las que ven una garantía para no volver a lo que recuerdan como una situación de minoría oprimida. Organizados por Hezbollah, ellos han decidido salir también a la calle.
Con las heridas aún sin cicatrizar de la guerra civil que sacudió al Líbano entre 1975 y 1989, esa situación puede dar paso a otra tormenta de violencia. Sería el argumento que los libaneses chiitas podrían utilizar para plantear que los sirios son, en rigor, los "garantes" de la paz.
Es posible que los cristianos maronitas -de alguna manera crearon el Líbano moderno y multiétnico tras la Primera Guerra Mundial- se resistan, de la mano de los drusos y musulmanes sunnitas, a no aprovechar la oportunidad para deshacerse de la dominación de Siria, país al que responsabilizan por el asesinato de Hariri.
El abandono del territorio libanés podría dejar a Siria con una imagen e influencia severamente lastimadas. Más de un millón de sirios viven en el Líbano y, para algunos, Beirut es comercialmente a Damasco lo que Hong Kong ha venido siendo para Pekín.
De allí que acepte replegarse al valle de Bekaa, donde nació Hezbollah en 1982 con el apoyo del régimen iraní del ayatollah Khomeini y su Guardia Revolucionaria Islámica, que desde entonces financia y entrena. Pero la única solución es la retirada total e inmediata del Líbano.


