
La reivindicación del vicepresidente
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El vicepresidente es, según la Constitución Nacional, el reemplazante del presidente de la Nación en las situaciones circunstanciales o definitivas que ella misma estipula. La otra función del vicepresidente es ejercer la presidencia del Senado de la Nación, pero despojado del derecho de voto, salvo en los casos en que se produzca empate. El primer punto fija las normas que regirán ante hechos excepcionales: viajes, enfermedad, muerte, renuncia del Presidente. En el segundo punto se observa la significación de un cargo previsto para velar por el mejor funcionamiento posible de la Cámara alta.
El Senado es el eje del régimen federal. Y eso se corresponde con el capítulo que verdaderamente interesa examinar como consecuencia de las delicadas cuestiones de actualidad. En estas columnas reflejamos el 6 de este mes el triste papel que la sociedad asignaba al vicepresidente Julio Cobos, considerado, a la luz de varios de sus antecesores, un apéndice del poder central.
Nadie imaginaba en ese momento la controversia que iba a plantearse con algunos ministros a raíz de su convocatoria a gobernadores e intendentes a fin de canalizar el desgastador conflicto. El vicepresidente se adelantó a la decisión pública de la Presidenta de hacer partícipe al Congreso de una cuestión de la que nunca debió haber estado ausente. Ambos concurrieron en la misma dirección.
En verdad, tan por encima de las querellas parlamentarias sitúa la Constitución al vicepresidente que apenas le concede el derecho de voto cuando un empate en decisiones que debe tomar el Senado por iniciativa propia o en asuntos originados en la de la Cámara de Diputados o el Poder Ejecutivo exige, a fin de evitar que una cuestión quede trabada indefinidamente, el pronunciamiento de aquel a quien el voto le es negado en todo otro momento. No hay razones para dudar, pues, del carácter de árbitro con el que la Constitución ha investido al vicepresidente en el Senado, y de qué manera, en lo demás, lo preserva a fin de que pueda actuar con la mayor ecuanimidad.
El despacho natural del vicepresidente está en el Congreso. Es la metáfora de que sus funciones son esencialmente parlamentarias, ajenas a las del Poder Ejecutivo, que ha sido instituido de forma unipersonal. El vicepresidente no es un empleado del Poder Ejecutivo ni le debe subordinación, sin perjuicio del cumplimiento de los compromisos políticos y morales que se hubieran establecido entre ambos. Si esos compromisos existieran, nada tendrían que ver con la Constitución; en todo caso, hasta podrían ser un obstáculo para la sujeción de uno y el otro a la letra y el espíritu de su contenido.
Desde la Casa Rosada se han expuesto tesis tan extraordinarias como la de que las actividades del campo son ajenas al riesgo empresarial. La presente sequía, que en numerosas zonas de la campaña argentina ha impedido sembrar trigo, responde con su sola evidencia. Pero el hecho de la habitualidad con que se toman sesgos excéntricos no impide la renovación del asombro cuando hay motivos sobrados para que eso ocurra. Uno de los últimos casos ha sido la sorpresa e incomodidad manifiesta de algunos ministros por el hecho de que el vicepresidente hubiera tomado, dentro de la órbita parlamentaria, iniciativas que, desde la perspectiva histórica, posiblemente alguna vez deba agradecerle el elenco de gobierno.
La diferencia de actuación entre Cobos y la Presidenta ha consistido en que el vicepresidente ha comprendido mejor la naturaleza del conflicto: al convocar a la sede parlamentaria a gobernadores e intendentes, ha reconocido la índole federal del grave asunto en debate. Por añadidura, Cobos lo ha hecho como presidente de un cuerpo asociado, en principio, al interés de las provincias, así como la Cámara de Diputados se hace cargo del interés de los ciudadanos. La aceptación al diálogo fue rechazada por la mayoría de los gobernadores, incluso por varios que primero la recibieron con aprobación y luego, tras ser objeto de presiones oficiales, se excusaron. Sólo aceptaron la comparecencia tres jefes provinciales.
Tres es poco, si bien dos de los asistentes gobiernan dos de las tres provincias de mayor producción agropecuaria y, por lo tanto, más afectadas por la política impositiva trazada desde el poder central. De todas maneras, las reuniones realizadas por el vicepresidente han constituido otro elemento más para la reconstitución, en ámbitos del Congreso, de una recuperación genuina de espacios en temas impositivos que debe celebrarse.
Frente a las críticas recibidas, el vicepresidente recordó que un procedimiento parecido, de convocatoria a los gobernadores, había sido el precedente para dictar, después de 14 años de dilaciones, la ley de hidrocarburos, y el plan estratégico vitivinícola. Nadie se sintió en el pasado afectado porque así se hubieran resuelto aquellas materias. Sin embargo, lo que se percibe en estos días es el espíritu con el cual el vicepresidente se ha entregado al diálogo y manifestado una voluntad de allegar ideas para un acuerdo en un problema irresuelto en 100 días largos.
Ayer, con una apelación sobre la necesidad de distribuir la renta extraordinaria, el vicepresidente Cobos pareció mostrarse más conciliador con la postura presidencial. El tiempo, medido en horas, explicará el significado de sus palabras. Por lo pronto, demasiados problemas tiene el Gobierno por errores de conducción para que se agrieten las relaciones entre sus dos principales figuras, surgidas del voto popular.




