
La segunda presidencia de Bush
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Con la pompa acostumbrada, George W. Bush se acaba de hacer cargo de su segundo mandato como presidente del país más importante del mundo y principal potencia militar, con desafíos no menores tanto en lo referente a la seguridad mundial como a la situación económica.
Cuatro años después de haber iniciado su primera presidencia, probablemente Bush no sea el mismo líder que asumió en su momento la desgastante primera magistratura del país del Norte. Sus convicciones y valores, sin embargo, no parecen haber cambiado. Bush actúa decididamente, como hombre que duda poco, aunque está claro que acierta y se equivoca como cualquiera. La "misión" que se autoimpuso después del atentado del 11 de septiembre de 2001 sigue siendo la misma: un mundo más libre será un mundo más pacífico, porque las sociedades libres -según sostiene- no exportan terror.
Bush tendrá poder, porque esta vez la victoria republicana fue clara. No sólo obtuvo la mayoría del voto popular, sino que además solidificó el control de su partido en ambas cámaras legislativas. Este es, en consecuencia, el sexto Congreso de los Estados Unidos en el que los republicanos tienen consecutivamente control desde 1994.
Sin embargo, no podrá dejar de tener presente la drástica división del mapa político norteamericano que derivó de las últimas elecciones presidenciales, que fragmentó a la sociedad prácticamente en dos mitades. Tampoco deberá dejar de percibir el clima contrario a su gestión que recorre a la opinión pública internacional, especialmente tras una intervención armada en Irak que estuvo lejos de contar con el necesario consenso mundial y que fue coronada por algunas violaciones de los derechos humanos.
En materia de política exterior, tras sus éxitos y sus fracasos, el presidente norteamericano conoce bien a los principales líderes del mundo, está familiarizado con las principales crisis y sabe ciertamente lo mucho que valen la prudencia y la paciencia. Pero aún parece seguir apurado por tratar de cumplir con lo que cree necesario para materializar su visión de un mundo lo más lleno de democracia que sea posible. Como si temiera que la oportunidad histórica que enfrenta de pronto pudiera desvanecerse. En los Estados Unidos, históricamente, muchos de los segundos mandatos presidenciales fueron más opacos, complicados y menos efectivos que los primeros. En gran medida porque allí, como aquí, los líderes reelegidos suelen perder algún contacto con la realidad.
No obstante, la agenda hoy abierta contiene grandes desafíos, tanto domésticos como internacionales, por lo que la marcha no puede detenerse. En su propia casa, Bush tiene mucho por delante. Frente a una sociedad que luce profundamente dividida, seguirá insistiendo en su objetivo de lograr que "todos sean propietarios". Pero debe también reestructurar la seguridad social y atender el preocupante doble déficit comercial y presupuestario, así como una deuda pública que se acerca a los siete billones de dólares -42 veces más que la deuda argentina-, situaciones todas que se reflejan ya en la notoria debilidad del dólar.
En lo externo, Bush también tiene urgencias diversas. Primero debe resolver qué hacer con la desangrante ocupación norteamericana de Irak y tratar de reencauzar el proceso de paz en Medio Oriente. Después podría buscar terminar con las amenazas que se ciernen desde Irán y Corea del Norte, dos grandes proliferadores de armas de destrucción masiva, para lo cual necesitará de la indispensable cooperación de la comunidad internacional. De allí que deba reconstruir una relación desgastada con los principales países de Europa.
Respecto de nuestra hasta ahora desatendida región, debe comenzar a actuar con firmeza y decisión. De lo contrario, el libre comercio en el hemisferio seguirá siendo un objetivo ideal quizá, pero distante. Y la relación con sus vecinos se enfriará aún más.
Por otro lado, debería impulsar la eliminación del proteccionismo comercial en el mundo, la atenuación de la pobreza y suscribir los protocolos de Kyoto, destinados a combatir la contaminación ambiental.
No sólo no puede bajar la guardia, sino que también debe tratar urgentemente de reconstruir puentes y recuperar el brillo de un liderazgo mundial que hoy luce erosionado, de manera de reparar los negativos efectos que algunos de sus actos le provocaron a la imagen internacional de los Estados Unidos.





