
Las dos caras de la política
Gabriel M. Astarloa Para LA NACION
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Existe en la ciudadanía la percepción generalizada de que el debate político en nuestro medio pasa con demasiada frecuencia mucho más por la cuestión de la conquista del poder que por la discusión de proyectos y propuestas. Tratemos de ver si esta sensación se corresponde o no con los hechos.
Empecemos por señalar que una de las enseñanzas básicas de la ciencia política es que la realidad política es siempre multifacética, y que en la dinámica de su actividad puede distinguirse entre dos faces, una agonal y otra arquitectónica. La primera comprende lo vinculado con la lucha por alcanzar y conservar el poder; del otro lado, la faz arquitectónica se refiere a la tarea que se lleva a cabo desde el poder para diseñar y ejecutar los planes de gobierno.
Esas faces son, en rigor, herramientas conceptuales que nos ayudan a desentrañar mejor la realidad, porque lo más corriente es que en un mismo hecho se encuentren presentes estos dos aspectos, que son parte inherente de la política. En la complementación de ambas faces se configura, precisamente, la llamada política plenaria, que supone siempre un adecuado balance entre una y otra. Cuando no existe lucha por el poder, se corre el riesgo de estancamiento y fosilización; pero cuando la política se reduce sólo a lo agonal, se desnaturaliza el servicio al bien común que define a esta noble actividad.
Una genuina aspiración en toda democracia madura es, además, que en la faz agonal predominen el respeto y la sana convivencia entre los adversarios, y que en la faz arquitectónica la definición de las políticas públicas cuente con el mayor grado posible de consenso entre las principales fuerzas políticas; esto daría lugar al surgimiento de las políticas de Estado, es decir, aquellas que están llamadas a mantenerse en el tiempo con independencia de quien ocupe el gobierno.
Según estos dos conceptos, podemos, entonces, ampliar la mirada sobre nuestro acontecer político para procurar responder al interrogante inicial. El atraso que la Argentina ha padecido desde hace varias décadas es claro reflejo de la falta de políticas arquitectónicas; nuestra casi crónica anormalidad institucional durante buena parte del siglo pasado ha contribuido a ello. Pero fuerza es reconocer también que, aun en la dicha de contar con una recuperada democracia, tampoco en estos casi 27 años hemos podido avanzar significativamente en la definición y ejecución de políticas públicas que gocen de consenso y permanencia.
Yendo a nuestros días, parece evidente que el matrimonio gobernante, a lo largo de sus dos períodos, no se ha destacado precisamente por su vocación por el diálogo y la búsqueda de consensos, sino por la confrontación permanente como modo de concebir la política y mantener el poder. La elevación de la calidad institucional comprometida en el recambio de 2007 fue sólo una promesa, y las prioridades en esa materia no pasaban por alentar iniciativas como la del matrimonio homosexual. Tampoco podrían construirse políticas públicas con solidez y durabilidad sobre el desprecio a la verdad que supone falsear las estadísticas oficiales.
No está en el genoma de los Kirchner un sincero propósito arquitectónico de la política, como bien puede advertirse de tantos casos. Baste citar, por ejemplo, el de la asignación universal por hijo, que bien pudo haber sido creada por ley como fruto de un acuerdo que en ese momento resultaba posible, dado el consenso que existía, y no como salió, por decreto, eludiendo al Congreso.
Entre las fuerzas de la oposición, también aparece en estos días la faz agonal, tanto en las internas de algunas de ellas como en los posicionamientos de cara a la compulsa electoral de 2011. Mientras que el oficialismo decidirá en el más íntimo ámbito conyugal si el próximo candidato será pingüino o pingüina, el radicalismo se encamina hacia una posible interna entre Julio Cobos y Ricardo Alfonsín; el macrismo, que tiene candidato definido y espectable si es que logra surfear con éxito el complicado tema de las escuchas telefónicas, procura acercarse a un peronismo federal con múltiples figuras y alternativas en danza; la Coalición Cívica, los socialistas y otras fuerzas son, también, partícipes de este proceso. Todo este juego nunca podrá soslayarse porque, como señalamos, es parte natural de la política.
Paralelamente a ello, desde el último recambio legislativo un muy amplio arco de partidos de la oposición ha alcanzado importantes consensos en la Cámara de Diputados para impulsar proyectos significativos, como reformas en el régimen de los DNU, en el Consejo de la Magistratura, en los superpoderes y, más recientemente, la restitución del 82% móvil a los haberes jubilatorios. El desafío es que, más allá de lo agonal, estas coincidencias, junto con otras de una selecta agenda de prioridades neurálgicas por definirse, lleguen a constituir las bases de futuros acuerdos programáticos y políticas de largo plazo que pudieran plasmarse, cualquiera que sea la fuerza que llegue al poder en el próximo turno presidencial.
Un mejor clima de diálogo y amistad cívica entre la dirigencia política -alentado por iniciativas desde la sociedad civil- puede ayudar a generar un ambiente más propicio para el diseño arquitectónico de la política que tanto nos urge recrear para dejar de ser considerados un país imprevisible. No se trata sólo de un cambio de figuras, sino, principalmente, de renovar nuestras prácticas políticas.
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