Leer subtítulos, misión imposible
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Más de una vez nos hemos referido en estas columnas a la falta de lecturas de todo tipo que aqueja a muchos jóvenes argentinos. Pero al menos hasta ahora podía pensarse que su educación bastaba y sobraba para leer textos tan cortos y limitados en su información como lo son los subtítulos de las películas extranjeras. Aparentemente, ya no es más así.
Una de las grandes compañías cinematográficas norteamericanas dedicadas habitualmente a producir filmes de animación para el público infantil y adolescente tiene previsto estrenar sus próximas películas aquí -dirigidas sobre todo al público joven- nada más que en la versión en español, porque, aduce, ha notado que, si bien los adolescentes saben leer, muchos prefieren verlas dobladas al español. Y los dirigentes locales dejan en claro que, al contrario de lo que pueda pensarse, no necesariamente hacerlo así le reditúa mayores beneficios de taquilla a la compañía.
Los estudiantes de lenguas extranjeras o los espectadores que disfrutan enormemente de escuchar a los actores en su lengua original conocen bien la frustración que provoca, por ejemplo, escuchar a sir Laurence Olivier hablando en la lengua del Quijote o, en una versión más actualizada, en la de Juan Luis Guerra. Por eso la costumbre del doblaje ha sido siempre resistida para las salas de cine aunque es obligatorio hacerlo en la televisión abierta, particularidad que redunda en beneficio de quienes, por distintas razones, no pueden leer bien letras tan pequeñas como habitualmente son las de los subtítulos.
Los textos de los subtitulados pueden suscitar muchas críticas: por ejemplo, que aparecen y desaparecen cada vez más rápidamente de la pantalla, que son microscópicos y en colores fluorescentes (lo que impide su lectura), o que el español en el que están escritos está lleno de faltas de ortografía y de horrores de traducción (por ejemplo, el inglés Army traducido por "Armada" cuando en realidad significa "Ejército"). Sin embargo, todas estas prevenciones no son, como ya se mencionó más arriba, las que están en el origen de la decisión empresarial de dar sólo películas en versión al español, sino la poca capacitación de los adolescentes argentinos para leer y comprender rápidamente lo que ven.
Se trata de una curiosa paradoja de estos tiempos, que por otra parte las encuestas exponen en toda su crueldad: los adolescentes, que son los que más acostumbrados están al vértigo de las imágenes de los videoclips y de Internet, no pueden trasladar esa rapidez a la comprensión de textos bien sencillos que además, en este caso, cuentan también con la apoyatura de las imágenes relacionadas.
Los jóvenes argentinos, entonces, según la experiencia que aportan ahora los distribuidores de películas extranjeras, estarían involucionando lentamente a la categoría de semianalfabetos, es decir, aquellas personas que tienen dificultades para leer rápidamente y para comprender lo que leen.
Probablemente se esté sólo ante el comienzo del problema y éste no abarque sino a una parte no demasiado amplia del total de los espectadores juveniles. Sin embargo, este nuevo síntoma se agrega a otros ya indefectiblemente comprobados -con las pruebas de lengua y matemáticas que se toman periódicamente-, por lo que es bueno dar la voz de alerta antes de que el mal se profundice.


