
Los chicos necesitan jugar
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Un conocido psicólogo norteamericano, David Elkind, ha publicado un libro en el cual se afirma que los niños han perdido en los últimos veinte años doce horas de tiempo libre por semana, incluyendo ocho de juego espontáneo y actividades al aire libre. Ese tiempo es empleado, según sus trabajos, en actividades pasivas, como mirar TV, que no incentivan la imaginación y favorecen, por el contrario, una variedad de fenómenos negativos, como la obesidad infantil o precoces situaciones de agotamiento y desgano.
La imposición de tareas extraescolares que supuestamente deberían actuar en un sentido favorable, pero que el niño suele ver como algo que no responde a sus deseos o apetencias, forma parte de ese cuadro que reemplaza la libertad creativa por obligaciones de diferentes tipos, con frecuencia disfrazadas. El juego, fundamental actividad de la niñez, resulta perjudicado y el fenómeno de los niños que no pueden jugar como deberían hacerlo se vuelve una realidad lamentable, sobre todo en ciertos niveles sociales y culturales. Elkind recalca que el juego de iniciativa personal es básico para el desarrollo normal de los niños.
Tal vez podría considerarse lo que sucede en los primeros tiempos de la vida, cuando los niños no pueden ser forzados prácticamente de ninguna manera. Un bebe de pocos meses es un jugador empedernido, un especialista en realizar lo que su naturaleza le reclama a cada instante. Piaget nos ha mostrado el juego como un ejercicio de asimilación pura y nos ha dejado ejemplos del mayor interés. El pequeño intenta incorporar todo lo que está a su alcance y entonces se dedica, por ejemplo, a tomar los objetos que están a su alrededor. En ese proceso los movimientos que realiza deben acomodarse a las características de esos objetos, según su tamaño, forma o ubicación. En un momento determinado, y en relación con algunos de ellos (sus juguetes, por ejemplo), su investigación concluye temporariamente y la tarea se vuelve precisa y perfecta, con una adaptación completa. En esa situación lo que fue motivo de búsqueda y verdadero estudio se puede convertir en juego. El niño podrá entonces tomar un muñeco no para aprender a moverlo, sino por mero placer, por mera necesidad funcional. Levantar el objeto, desplazarlo, dejarlo caer serán juegos hasta el momento en que una característica inesperada de ese objeto lo obligue a retomar su búsqueda, en un proceso que no tiene fin. El vaivén entre asimilación, acomodación y adaptación será reiniciado una vez más y el pequeño seguirá aprendiendo y jugando interminablemente.
Cabría señalar que estos ajustes naturales son, precisamente, los que a través de la intervención desafortunada de la familia o la escuela pueden ser dañados, provocando todas las situaciones que Elkind, lo mismo que muchos otros especialistas, deplora. Tal vez podría decirse, extendiendo la idea, que uno de los grandes problemas del mundo de los mayores consiste, justamente, en no saber integrar con justeza lo que hay de lúdico en toda actividad, actitud que muchas veces se traslada, negativamente, hacia los niños.
Es muy evidente que los niños deben poder jugar, porque esta actividad es un componente esencial de su naturaleza, de su vida y de sus necesidades como personas. Todo lo que se haga en contrario no puede ser sino fuente de problemas, presentes o futuros.






