Los cien años de El Ateneo
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En la vieja tradición de la calle Florida han quedado para LA NACION, como un capítulo de especiales relaciones, los lazos que varias generaciones de sus periodistas y escritores establecieron con El Ateneo y sus gentes. Hoy, en que esta célebre librería y editorial cumple cien años, los homenajes deben estar naturalmente referidos a Pedro García, su fundador, pero en el caso particular de LA NACION han quedado impregnados en la memoria algunos nombres de colaboradores de aquella casa como ejemplo elocuente de lo que constituye ser un gran librero, que es como decir un gran lector, que sabe orientar a quien acude en su ayuda y va aun más lejos, proponiéndole lecturas que éste desconocía hasta de mentas.
Francisco Gil, jefe de vendedores de El Ateneo, fue por muchos años la cara más representativa de esa verdadera institución de la cultura argentina, que ha ido multiplicando el número de sus sedes –tres en Buenos Aires y una en La Plata, Rosario, Córdoba y Tucumán–, testimonio del vigor con el cual llega al centenario. Gil aconsejaba a los jóvenes e, incluso, a algunos de los más veteranos hombres del diario sobre los libros que podían ser de interés para su propio conocimiento y desenvolvimiento profesional. Hallaba al fin lo que se creía agotado y evaluaba, ante la ansiosa curiosidad de los interlocutores –entre los que figuraban no pocas de las más grandes plumas de las letras argentinas–, lo que su instinto infería sobre la suerte que podía esperarse de una nueva novela o ensayo a pocas semanas de su aparición pública. Acertaba.
Con trabajadores de tan notable desempeño, por conocimiento y servicio tan eficaz como cálido y útil, las empresas llegan al rango institucional que desde hace largo tiempo El Ateneo ocupa en el país. Y no sólo aquí. Este centenario que hoy se celebra y al que LA NACION se asocia en su espacio editorial ha trascendido las fronteras nacionales, según ilustran informaciones del exterior. El viejo y querido El Ateneo de la calle Florida compite ahora en laureles con la imponente librería que se abre desde hace años en lo que fue el cine-teatro Grand Splendid, abierto a los espectáculos desde 1903, y de una magnificencia, como casa del libro, que se ha dicho de él en Europa que el edificio está revestido de la segunda mayor belleza en su tipo en el mundo.
En 1998 esta firma de enorme gravitación como librería, pero también como editorial de obras de ficción, de ensayos y de un vasto catálogo académico, en particular en medicina, pasó a manos del grupo Ilhasa, también de capitales nacionales y dueño, además, de la cadena Yenny. La empresa está, pues, fortalecida y en crecimiento; el espíritu de aquel inmigrante emprendedor proveniente de Logroño, España, que fue Pedro García sigue presente, como cuando El Ateneo daba sus primeros pasos en Victoria al 600 (desde los años 40, Hipólito Yrigoyen) y después en Florida 371, hasta recalar, en 1938, en el 340, casi enfrente de lo que fue LA NACION hasta 1979. Todo, desde luego, es ahora más gigantesco y vertiginoso: por las principales salas de El Ateneo se desplazan por día miles de personas, pero siempre ha de ser un aliciente, un estímulo cultural y emocional, que el lector, novato o avezado, encuentre de pronto ante sí alguien que, como don Francisco Gil, sea una fuente accesible de consulta, tanto capaz de responder con naturalidad las inquisiciones de algunas de las personalidades inolvidables de nuestras letras, como Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Lainez o Ernesto Sabato, como las del escritor novel, en su agitación por adelantarse a conocer algo del éxito o frustración de sus desvelos.



