
Niños adultos en el siglo XXI
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Con frecuencia, en los últimos tiempos, quienes están en contacto habitual con niños, como ocurre con padres y docentes, se asombran ante palabras, frases, conductas y actitudes de los chicos, sobre todo a partir de los 3 años. Convoca la atención de los mayores, por ejemplo, el uso que hacen los menores de edad de términos que se suponen más allá de su comprensión o bien desconcierta la expresión de intereses y preferencias que la infancia de hoy revela y que se consideran como pertenecientes al mundo de los mayores.
Si se repasan los estadios de la maduración y el desarrollo de la infancia, es corriente afirmar la influencia decisiva de los primeros mil días de vida para la salud biológica del bebe, que comienza en la etapa intrauterina. En ese tiempo de formación, le llegan por la placenta el oxígeno y los nutrientes que necesita, y es la madre quien los provee. A partir del parto, bien sabido es que la lactancia ejerce una función determinante en la buena salud del recién nacido, particularmente en las cuatro primeras semanas de vida en el medio externo, su nuevo ámbito de existencia, en cuyo ingreso el bebe debe resolver sin demora una necesidad fundamental: respirar. Todo hasta aquí es de naturaleza predominantemente biológica y es la madre a quien toca la mayor responsabilidad del buen curso del embarazo y el parto.
Comienza luego el bebe su exploración del ambiente que lo rodea y al que debe adaptarse. Así despierta y crece su actividad sensoriomotriz, se van expresando sus emociones, se advierte su iniciación lúdica. Hacia los 15 meses, el deambulador, a medida que gana en recursos físicos, dilata su espacio y su independencia. En ese tiempo de su maduración, se desarrollará su comportamiento social y su aptitud para el lenguaje, puente admirable de la relación con otras personas. La maduración intrínseca del organismo va dando posibilidades para las nuevas conductas que gradualmente se habrán de afirmar. Hasta aquí prevalece lo biológico, propio de la especie y de ello informa la genética. Después, van creciendo la influencia de la sociedad y el aprendizaje individual.
Ahora bien, en la generación de la que suele hablarse como sub 7 es cuando se advierten cambios llamativos en relación con las anteriores. En este punto es necesario pensar cuántos cambios han ocurrido en la vida social, sobre todo en las grandes ciudades. Basta pensar cómo se ha modificado la estructura familiar, el número de hijos por pareja, la educación brindada por los padres, la profesionalización de la mujer, la edad en que las madres tienen familia, y la influencia de la tecnología de las comunicaciones en el hogar.
Pueden citarse, sin duda, numerosos comportamientos de los chicos que han variado con relación a un pasado no muy distante. Entre ellos, se mencionan anécdotas que resultan humorísticas y hasta desconcertantes para los mayores, en cuanto al uso de términos o expresiones que parecen propias de la edad adulta, aunque no sorprenden si se las compara con lo que hoy escuchan, ya sea en las conversaciones entre mayores que están muy cerca, o bien referidas a conflictos adultos de los cuales la TV es generosa no sólo en palabras, sino también en imágenes.
En verdad, si deseamos cuidar lo hermoso de la infancia y su despertar progresivo al mundo, si aspiramos a que el juego y los aprendizajes constructivos sean su actividad principal compartida con hermanos y amigos, si educamos respetando la infancia, la gran tarea de los mayores se centra en que los niños actúen como chicos que van evolucionando y que serán adultos a su debido tiempo.




