No ideologizar el Congreso de la Lengua

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23 de abril de 2004  

En esta columna editorial nos referimos ya a la importancia extraordinaria que reviste el III Congreso Internacional de la Lengua, que se realizará en la ciudad de Rosario entre el 17 y el 20 de noviembre próximo y durante el cual se desarrollarán debates y deliberaciones sobre el futuro y la difusión del idioma español en el mundo. Afirmamos que está llamado a ser un acontecimiento cultural de grandes proporciones, no sólo porque contará con la participación de especialistas, filólogos y escritores de relevante prestigio internacional, sino porque sus conclusiones afectarán -se estima- a una comunidad de más de 450 millones de personas, dado que ése es el número estimado de personas hispanohablantes esparcidas por el planeta. A la jornada inaugural, como se informó, asistirán los reyes de España.

Hoy debemos hacernos eco, lamentablemente, de la preocupación que se ha creado por las presiones que se estarían ejerciendo sobre la Comisión Ejecutiva del Congreso con el objeto de excluir, por motivaciones puramente ideológicas, a intelectuales argentinos de incuestionable prestigio académico.

El organismo se integra con delegados de ministerios y organismos del gobierno nacional y con representantes de corporaciones académicas, de las autoridades provinciales y del municipio de Rosario. Junto a personalidades de irreprochable prestigio intelectual y moral, actúan en la comisión grupos y personas que parecen más interesados en servir a consignas político-ideológicas que a cuidar los aspectos estrictamente académicos de esta trascendental asamblea del idioma.

Se han denunciado, en ese sentido, dos fenómenos preocupantes. El primero es la tendencia a convocar para el congreso a un número exageradamente elevado de especialistas provenientes de la ciudad de Rosario. Se recuerda, en ese sentido, que en el último congreso, realizado en Valladolid, hubo sólo un escritor oriundo de esa ciudad española. En este caso, la representación rosarina estaría significativamente sobredimensionada. No se trata, desde luego, de desconocer la importancia de Rosario como foco de poderosa y tradicional influencia en la vida cultural argentina, sino de asegurar un equilibrio geográfico más razonable en la representación que el país habrá de tener en el congreso.

El segundo fenómeno que provoca inquietud es la tendencia que se advierte a impedir la participación de determinados intelectuales argentinos cuya ideología personal no resulta grata al pensamiento político del actual Gobierno. Así, se habría pretendido excluir a personalidades de tan relevante prestigio académico como Juan José Sebrelli, a quien se objeta por su reconocido antiperonismo, y a Nélida Donni de Mirande, autora de la valiosa "Historia del español de Santa Fe desde el siglo XVI al XIX", a quien se reprocha el haber ejercido su cátedra universitaria durante el último gobierno militar. También se habría intentado impedir la participación en el congreso de la académica Emilia Puceiro de Zuleta y de otras destacadas personalidades del periodismo argentino.

Lo grave es que esas exclusiones habrían sido "ordenadas" por figuras políticas próximas al entorno del presidente de la Nación. Ese mismo entorno estaría tratando de incluir en el congreso a intelectuales afines a la línea de pensamiento del oficialismo.

Es necesario que todos los actores involucrados realicen un esfuerzo para impedir que prospere esa absurda tendencia a ideologizar el Congreso de la Lengua, exigir enérgica despolitización de este trascendente acontecimiento cultural, que de ninguna manera debería salirse de los carriles estrictamente académicos con que fue concebido.

Por otra parte, no dejan de ser preocupantes la lentitud y el desorden con que se está trabajando en la preparación de los aspectos estrictamente académicos de ese encuentro. El cónsul de España en Rosario ha expresado ya públicamente su preocupación por las fallas organizativas que se observan. Es de esperar que se remedien rápidamente esas deficiencias, que los trabajos preparativos cobren el ritmo de actividad requerible y, sobre todo, que no se siga incurriendo en el error de subordinar un acontecimiento cultural de esa importancia a visiones sectarias o politizadas de la realidad.

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