
No ir a la zaga de los hechos
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Los argentinos hemos aprendido, en las últimas décadas, muchas lecciones. Pero siempre -o casi siempre- las hemos aprendido demasiado tarde. Para que comprendiéramos el inmenso valor que tiene la estabilidad monetaria fue necesario que una hiperinflación nos aplastara y nos pusiera al borde del abismo. Para que valorásemos la importancia de las instituciones democráticas y del Estado de Derecho fue necesario que un proceso enloquecido de violencia, fracasos y reiteradas violaciones a los derechos humanos se adueñase del país y amenazase con destruir las bases de toda convivencia social fundada en el respeto recíproco. Para que tomáramos conciencia del grado de cordura y moderación con que debe ser usado el poder de nuestras fuerzas militares fue necesario que sufriésemos la desastrosa experiencia de las Malvinas.
Siempre el aprendizaje nos llegó tardíamente, cuando ya la realidad nos estaba infligiendo un durísimo castigo. No tuvimos la lucidez suficiente para ver venir los acontecimientos: nos hicimos lúcidos a fuerza de tropezar, de degradarnos, de caernos. Salimos casi siempre a apuntalar las paredes de la casa cuando ya el derrumbe se había producido.
Una sabiduría obtenida a tan alto precio tiene, en general, poco valor. Ya los pueblos antiguos sabían de sobra que quien no sabe visualizar con la debida anticipación la tempestad que se está incubando en el horizonte inevitablemente termina siendo arrollado por ella. "Cuando los acontecimientos ya se han producido, hasta el necio se convierte en sabio", decía hace tres mil años, con agudeza e ironía, el poeta Homero.
Hoy la Argentina afronta adversidades y riesgos cuya magnitud está más allá, a estas alturas, de toda discusión. Una recesión implacable, que lleva tres años, y un grave desajuste fiscal, cuya corrección obliga a aplicar rigurosas medidas de ajuste, nos han llevado a una situación aflictiva, de la cual no nos resulta fácil salir.
¿Será necesario, una vez más, que la realidad nos haga añicos para que los argentinos aprendamos que el gasto público no puede ser administrado con frivolidad, que la voluntad de reformar el Estado no puede seguir siendo un simple anuncio retórico, que alguna vez hay que poner en marcha un sistema tributario creíble y equitativo, que el país no puede darse el lujo de seguir viviendo en el desorden y la inseguridad, con rutas y calles cortadas y con una delincuencia común cada vez más salvaje y en permanente aumento? ¿Será necesario, como otras veces, que choquemos brutalmente contra alguna pared, que nos estrellemos a toda velocidad para que entendamos que el tren de la historia no puede ser conducido de cualquier manera y que las luces y señales de advertencia que la realidad nos va poniendo a lo largo del camino deben ser debidamente asimiladas y tenidas en cuenta?
Urge que el Gobierno encuentre la manera de inspirar confianza a los ahorristas, de reconstruir en los propios argentinos el tejido de la credibilidad. Cuanto se haga por evitar actos o gestos públicos de irresponsabilidad ayudará a impedir que sigan ganando terreno los temores, los recelos o la sospecha de que algún sismo social o financiero está por producirse.
Confiemos en que esta vez los argentinos sabremos adoptar a tiempo las medidas de prevención y corrección necesarias y aprenderemos la lección sin necesidad de golpearnos atrozmente contra algún muro de cemento. Propongámonos firmemente adelantarnos a los hechos, tengamos en cuenta las interpelaciones de la realidad, actuemos con racionalidad cuando todavía queda un margen razonable de tiempo para evitar el precipicio.
Por esta vez, no seamos los necios que se convierten en sabios a la fuerza. Seamos los seres lúcidos que ven venir la tormenta, que sienten cerca el rugido del abismo, que saben por dónde hay que transitar para que una avalancha de piedras no los sepulte en vida.
Alguna vez, en otros tiempos, los argentinos supimos crear un modelo estratégico de país y logramos que nuestra economía se insertara en el mundo. El resultado de esa proeza fue un extenso período de progreso y crecimiento, que llenó con generosidad la primera mitad del siglo XX. No es imposible repetir la hazaña. No es imposible que las lecciones de la realidad nos lleguen a tiempo, que seamos equilibrados y previsibles, que aprendamos -en suma- a manejar con sabiduría y eficacia los ritmos de la historia para no llegar siempre tarde a las metas que imponen o aconsejan la prudencia y la razón.




