Nuestras falsas antinomias
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Los hombres, como los pueblos, caen a menudo en la tentación de mirar la vida como si fuese un abanico implacable de opciones extremas. Se supone que la realidad es un vasto escenario en el que sólo existen casilleros negros y blancos; es decir, en el que invariablemente somos llevados a elegir entre dos soluciones alternativas que se oponen dramáticamente.
La historia de la Argentina es en gran parte la historia de los falsos dilemas que se nos ha pretendido imponer en nombre de una visión estrecha y limitada de la realidad política, social y económica. Y ésa ha sido, seguramente, la causa de muchas de nuestras desdichas nacionales. Conviene detenerse a revisar esas falsas opciones que los argentinos hemos dejado que nos impongan o nos hemos impuesto a nosotros mismos, víctimas de una susperstición tan desafortunada como recurrente.
El primer dilema falso en el que hemos tendido a encerrarnos es el que postula una drástica oposición entre pasado y presente. En nuestro editorial "La demonización del pasado reciente", que publicamos anteayer, nos referimos ya a esa vieja y mala costumbre de cada gobernante que asume el poder de quejarse de la herencia recibida y, en ocasiones, de demonizar a los períodos de gobierno que lo precedieron.
En nuestro país es frecuente que los gobernantes nuevos adopten una postura "fundacional", que los lleva a condenar drásticamente el pasado y a establecer un rígido contraste entre la "vieja Argentina" y la nueva República que, con espíritu mesiánico, se disponen a construir. Presentado en esos términos estrictos y reduccionistas, el esquema resulta falso: por lo general, el pasado tiene aspectos positivos redimibles y otros, condenables, que no es posible rescatar.
Pero no es ese el único dilema "de hierro" que se nos pretende imponer. Hay otros: por ejemplo, durante años se nos presentó como un tabú inmodificable la pretendida opción entre campo e industria. Las lecciones de la historia indican que contraponer el desarrollo rural al desarrollo industrial es incurrir en un burdo anacronismo. Los países que progresan -Canadá o Australia, por ejemplo- se caracterizan por ser exportadores de productos primarios y, a la vez, de bienes industriales. Agregar valor a las exportaciones implica combinar recursos naturales con capacidades empresariales o científicas. Y ese rumbo es el que adoptan los países auténticamente comprometidos con el progreso y el desarrollo.
Sigamos enumerando las opciones anacrónicas que se nos han querido imponer como verdades sacrosantas. Una de ellas es la que marca una división tajante entre el interés de los empresarios y el interés de los asalariados. En las sociedades modernas, los empresarios son genuinos creadores de trabajo y de riqueza, pero los países competitivos son aquellos en los cuales además el mundo de la empresa y el mundo del trabajo son vistos como aliados naturales que se necesitan el uno al otro y que están llamados a protagonizar auténticos procesos de cooperación.
Otro dilema estructural tan falso como perturbador es el que visualiza al sector público como un enemigo natural del sector privado. Es obvio que los dos sectores, cada uno en su rol específico, necesitan armonizar y combinar sus esfuerzos para impulsar el desarrollo y la competitividad. Del mismo modo, es irracional contraponer el aporte de las pymes al de las grandes empresas o al de las multinacionales. Y es igualmente absurdo y anacrónico suponer que existe un antagonismo insalvable entre las empresas nacionales y las extranjeras. Sin embargo, esas oposiciones infundadas se siguen barajando y se siguen agitando, a pesar del daño visible que ocasionan al auténtico interés nacional.
Con frecuencia se intenta descubrir una contraposición insalvable entre las dos alianzas internacionales que al país se le ofrecen como alternativas históricas: el ALCA y el Mercosur. Es evidente que nuestra nación tiene necesidad de exportar a todos los mercados importantes del mundo. Por lo tanto, la política exterior de la Argentina debe tender a facilitar el acceso a ellos y a evitar que nos aferremos a esquemas cerrados o excluyentes, que sólo existen en las mentes oscurecidas por su incapacidad para liberarse de ataduras ideológicas o de simplificaciones ingenuas.
Nuestra historia estuvo signada, como nadie ignora, por la pretendida oposición entre Buenos Aires y el interior. Esa supuesta rivalidad es hoy insustentable. Desconocer el papel de Buenos Aires como activo estratégico de la Argentina sería tan equivocado como suponer que el país puede crecer de cara al puerto y de espaldas a las economías regionales. El campo y las ciudades medias del interior son nuestras mejores fuentes de competitividad.
Tampoco tiene sentido postular una oposición entre las políticas de acercamiento a los otros países latinoamericanos y el avance de los procesos de globalización. La crítica permanente a las estrategias instrumentadas en la década del 90 suele ir acompañada de un rechazo frontal a la globalización y de un pretendido repliegue de la Argentina sobre su identidad latinoamericana. Es otra falsa opción: el país debe aspirar a un destino mundial que no excluya relaciones positivas con las naciones hermanas de América latina.
También se suele hablar de un supuesto enfrentamiento entre la educación pública y la educación privada. Los pueblos maduros y desarrollados son los que han entendido que toda la educación debe ser "pública". Y que esa educación puede ser de gestión estatal o de gestión privada. Ambas gestiones son igualmente necesarias para que el proceso educativo cumpla debidamente su misión de formar ciudadanos capaces y de generar los procesos culturales de fondo indispensables para que un país se encamine hacia la plena expansión de sus energías espirituales y materiales.
Dejar definitivamente atrás todas estas falsas opciones y tomar conciencia de que es posible avanzar hacia un crecimiento integral del país que no implique sacrificar o postergar ningún objetivo intermedio ni dejar en el camino ninguna de las vertientes históricas de nuestro desarrollo es el gran desafío que los argentinos tenemos hoy por delante.
Alentar una visión reduccionista del destino de una nación es la forma más segura de frustrar su destino. En los años que restan hasta 2010 -es decir, en el tiempo que queda hasta la celebración del Bicentenario de nuestra patria- debemos redoblar los esfuerzos tendientes a diversificar los caminos del desarrollo argentino y a evitar toda concepción del porvenir de la Nación que se sustente sobre esquematismos cerrados o sobre visiones unilaterales.
Es necesario desechar toda noción limitativa del desarrollo que enfrente a unos argentinos con otros. La Argentina debe crecer en todas las direcciones: su destino es pensarse a sí misma como una nación abierta a todos los rumbos, a todas las incitaciones positivas y fecundas de la cultura universal y de la historia.
A las antinomias que hemos señalado se podrían agregar otras no menos artificiosas y dañinas. Por ejemplo, la que supuestamente nos obliga a optar, políticamente, entre la derecha y la izquierda, o la que se ha pretendido establecer, en algún momento, entre civiles y militares, o la que algunos creen reconocer entre el interés de los productores y la aspiración de los defensores del medio ambiente, o la oposición de intereses que se insiste en establecer entre las empresas de servicios públicos y el sector de los consumidores o usuarios.
Estas falsas antinomias que no terminamos de resolver son el resultado de la incapacidad de muchos sectores -entre los cuales nos incluimos- para comprender en todo su alcance el concepto de "nación", un concepto que no puede ser fragmentado, pues incluye y engloba a todos los segmentos del país, a todos los argentinos sin excepción.





