Por un museo de la caricatura
Las obras de historietistas, ilustradores y caricaturistas pertenecen al arte y merecen conservarse para siempre
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La caricatura, como representación exagerada, sarcástica y humorística, de personajes, animales o hechos ha estado presente desde el comienzo de la historia. Tanto en el antiguo Egipto como en las culturas mesopotámicas, en las cerámicas griegas, las figuras ridículas de períodos helenísticos, en los jarrones etruscos, estatuillas o frescos, estas temáticas se reflejaron repetidamente.
La cultura romana priorizó otras formas de satirizar las costumbres, y autores como Plutarco o Plinio se caracterizaron por teorizar sobre lo cómico.
En el Medioevo, artesanos de diversa extracción reflejaron en vitrales, columnas y frisos este risueño registro. Recordemos, por ejemplo, los capiteles de la Catedral de Chartres, la Iglesia de San Quirce en Burgos, la sillería del coro de las catedrales de Plasencia y Zamora o la procesión de las ratas del Claustro de la catedral de Tarragona del siglo XII.
Miguel Angel, Leonardo da Vinci, Francisco Goya, Tiépolo, Bernini o Jaques Callot asumieron estas expresiones burlescas sin miedo alguno.
Con el advenimiento de la prensa y desde el siglo XIX, los temas históricos y políticos vieron proliferar su utilización como forma de llegar más fácilmente a miles de personas, origando la mutación del artista-caricaturista hacia el caricaturista-periodista.
La historieta o cómic, secuencia de dibujos que responden a un relato, fue considerada durante mucho tiempo un mero subproducto cultural y sólo a mediados del siglo pasado asistió a su reivindicación al punto que, para muchos, es considerada el noveno arte.
Manuel García Ferré, incansable creador y maestro que desde hace décadas sabe hacer sonreír a varias generaciones de argentinos a través de inefables e inolvidables personajes como Hijitus o Anteojito, ha encarado una feliz cruzada al proponer la creación de un Museo de la Caricatura, la Ilustración y la Historieta como una manera de preservar armónicamente una parte trascendente de nuestro acervo cultural nacional.
Hernán Lombardi, ministro de Cultura de la ciudad de Buenos Aires, se ha mostrado interesado en este proyecto que permitiría reunir a artistas de la talla de Lino Palacio, Quino, Divito, Landrú, Oski, Morvillo, Garaycochea, Fontanarrosa, Nik, Tute, Liniers, Paz, Rudi, Sabat, Rep o Blotta, entre tantos otros maravillosos artistas locales que han obtenido reconocimiento internacional.
Es de desear que esta iniciativa encuentre en los niveles oficiales y en el mundo de la cultura nacional el apoyo indispensable para avanzar en la creación de un museo del cómic, que sumaría un nuevo atractivo turístico a nuestra ciudad.
Como todo emprendimiento de estas características, necesita de un primer impulso fundacional que lo ponga de pie. Será luego el genio de quienes nutrieron y nutren la prolífica historia de este arte, quienes han hecho, y hacen día tras día, reír y alegrarse a miles de argentinos, contribuyendo para que la vida nacional pueda verse a través del inefable prisma del humor, el sarcasmo o la franca carcajada, quienes habiten sus salas y las inunden de mágicas sonrisas.

