Preservar la paz social

(0)
25 de enero de 2002  

Sea en el terreno en que fuere, la violencia sólo engendra réplicas igualmente violentas, o aun más graves, y se convierte en una abierta amenaza para la paz social. Por si hiciera falta confirmarla, dicha certeza -tan antigua como la historia misma de la humanidad- tuvo otra dolorosa ratificación en las gravísimas consecuencias de la manifestación de protesta contra la clase política realizada anteayer, en la ciudad bonaerense de Junín.

El inadmisible desenlace tuvo principio cuando alrededor de 1500 personas recorrieron las calles céntricas de esa ciudad, emitiendo durísimos calificativos que se redoblaron ante los domicilios del diputado provincial radical Gustavo Ferrari, del ex legislador justicialista bonaerense Armando Blasi y del propio intendente de ese partido, el radical Abel de Miguel. Esas agrias expresiones fueron reiteradas ante la casa de la diputada nacional Mirta Rubini, desde cuyo interior fue hecho un disparo que hirió de gravedad a un joven participante de la pueblada.

Tras la agresión, cuyo presunto autor habría sido un hijo de la legisladora, un pequeño grupo de revoltosos saqueó la vivienda, provocó un incendio y destruyó una camioneta que sacó del garaje. Según muchos testigos, el grueso de los manifestantes no intervino en esas tropelías.

Es esencial que, frente a estos tristes hechos, la sociedad toda, y su dirigencia en particular, reflexionen profundamente acerca de los peligros a los que pueden conducirnos la exacerbación de las pasiones, por un lado, y la desatención de las justas reclamaciones por parte de quienes toman decisiones políticas, por otra parte.

La dirigencia política debería comprender que, detrás de los llamados cacerolazos hay un mensaje que va mucho más allá de una simple demanda vinculada con la severa crisis financiera. Deberían entender que aquéllos son el correlato de una crisis de representación política, a la cual buena parte de los propios dirigentes partidarios ha contribuido haciendo oídos sordos a los cada vez más fuertes reclamos de una reforma que haga más eficiente la gestión estatal y más transparente la forma de hacer política en la Argentina.

Los impulsores de las contagiosas manifestaciones contestatarias, por su lado, sin desmedro de la justicia de sus demandas y de su indudable libertad de expresarse, tendrían que redoblar sus esfuerzos para tomar distancia de los bárbaros y delictivos amotinamientos, siempre instigados por minoritarios y radicalizados grupos de activistas ajenos al sentir mayoritario, en que a veces derivan estas movilizaciones.

Garantizar el orden público es una de las responsabilidades esenciales e indelegables del Estado. No obstante, ese cometido primordial resultaría imposible sin el respaldo de una ciudadanía comprometida a defenderlo y animada de la convicción unánime de que, junto con el ejercicio permanente de una cultura solidaria, se trata del elemento indispensable para preservar la convivencia y la paz social.

Desde ese punto de vista, entonces, es imprescindible reiterar la urgente necesidad de que la población en su conjunto se preste a encarar, sin más dilaciones, una honda y sincera reflexión acerca de este punto clave para nuestro futuro: no hay paz social sin solidaridad.

No menos preocupante es el hecho de que las turbulentas alteraciones también dañan a las fuerzas policiales y de seguridad que han asumido la obligación de contenerlas y, llegado el caso extremo, reprimirlas. Nadie debería dejar de tener presente que dichas instituciones son merecedoras del más concreto respaldo que les pudiere dar la sociedad de la cual forman parte, puesto que están integradas por servidores públicos que a diario -y a cambio de magros salarios- arriesgan sus vidas para proteger a sus semejantes.

Más allá de la congoja y la hiriente sensación de desamparo que la embarga, la ciudadanía y quienes tienen la responsabilidad de gobernar y legislar deben tener presente que el futuro del país pende de un hilo muy frágil y delgado. Y que de su buena voluntad y firme decisión de preservar la paz social dependerá que esa hebra sutil pueda ser reforzada y consolidada o que acabe por cortarse, con impredecibles consecuencias de las cuales ningún argentino estará exento.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.