Reserva Otamendi: ¿preservar o contaminar?
Circuitos de motocross, cuatriciclos y mountain bike atentan contra los fines propios de un territorio natural protegido aumentando la polución ambiental
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Reiteradamente hemos destacado desde estas columnas la importancia de promover y defender el desarrollo y la conservación de espacios verdes. Cuando los castigados habitantes de las grandes urbes nos alejamos en busca de un mayor contacto con la naturaleza, las reservas naturales –mucho más en el caso de aquellas que nos resultan cercanas cumplen un valioso fin. Tal es el caso de la Reserva Natural Otamendi, ubicada en la localidad del mismo nombre, en las márgenes del Paraná de las Palmas, distante 68 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires y 2 kilómetros de la ruta nacional 9, entre Campana y Escobar. Donada por Rómulo Otamendi, fue creada en 1990 y cuenta con una extensión de 3000 hectáreas.
Con tres zonas diferenciadas –la selva ribereña, el pastizal pampeano y el bosque de barranca–, fue reconocida como Área Importante para la Conservación de las Aves (AICA) y humedal de Importancia Internacional (Sitio Ramsar) en 2008. Es hogar del ciervo de los pantanos, el cérvido autóctono más grande de América del Sur, y de muchas otras especies de árboles, aves y seres vivos. En el área de servicios de la reserva, a la que se accede con entrada libre, el centro de visitantes cuenta con salas de interpretación que contribuyen a entender y valorar el desarrollo de las singulares flora y fauna de este rico entorno al que se suma un servicio de competentes guías.
A través de distintos circuitos peatonales, los visitantes pueden disfrutar del avistaje y el canto de los pájaros, encontrar un lagarto overo confundido con la vegetación o simplemente recrearse con las arboledas de talas y el recorrido del vivero de árboles autóctonos.
El material impreso que reciben quienes se acercan recomienda evitar alterar la tranquilidad del lugar y destaca que para tener oportunidad de ver fauna nativa de la reserva no hay que molestarla, promoviendo así el silencio y la calma. Por este motivo, resulta insólitamente sorprendente que quien decida pasear por ella en auto, alejándose apenas 900 metros de los circuitos diseñados para peatones, se pregunte qué es lo que ocurre en un espacio aledaño en el que el atronador rugir de los motores es una perturbación constante. La señalización conduce a un circuito de práctica de motocross, cuatriciclos y mountain bike, que abre sus puertas todos los días, con excepción de los viernes, dedicado al riego, según indican.
El espacio, titular de varias locaciones similares más, se promociona en Internet como un circuito con comodidades y servicios para entrenamiento deportivo, en un predio de nivel internacional para pilotos que quieran conectarse con la naturaleza, destacando que cuentan con un trazado natural con un 80 por ciento de bosques y pintorescos senderos.
Consultados al respecto los guías de la reserva, explican con desazón que habrían agotado en el pasado las posibilidades de erradicar o cuando menos regular– esta actividad de impacto tan perjudicial para la reserva por la contaminación acústica, vibraciones y emisión de gases y polvo que conlleva. En el pasado, el circuito, por entonces conocido como El Salvaje, debió cerrar a causa de un accidente mortal. En 2009, se reabrió con obras que, además, modificaron el terreno, aun cuando el equipo técnico de la reserva recomendó su utilización exclusivamente para bicicross.
Los ciudadanos debemos continuar bregando por la defensa y la preservación de los ambientes naturales para que queden a salvo del insaciable avance de actividades que atentan directamente contra los fines propios de un territorio natural protegido que, en connivencia con algunos gobiernos locales, aumentan la contaminación ambiental. Son temas que no pueden estar ausentes en la agenda pública.

