Rusia profundiza su autoritarismo
En medio de sospechas de fraude, Vladimir Putin retoma el poder en un país donde la democracia es sólo una promesa
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E la que ha sido una de las manipulaciones políticas ciertamente más audaces de los últimos tiempos, Vladimir Putin acaba de asumir una vez más la presidencia de la Federación Rusa. En esta oportunidad, por dos períodos consecutivos de seis años, es decir hasta 2024, sin que nada ni nadie se lo impidiera.
De esta manera -con una falsa imagen de proceder democrático y operando en un insólito enroque político con Dimitri Medvedev, quien fue hasta ayer presidente y es ahora primer ministro, como lo fuera el propio Putin, también hasta ayer- el ex agente de los servicios de inteligencia soviéticos se ha apoderado realmente del poder ruso.
En una ceremonia de corte imperial, llevada a cabo con la brillante liturgia propia de la coronación del zar Alejandro II y en medio de un lujo extraordinario, Putin ha sido ungido otra vez como presidente.
En las últimas elecciones, las sospechas de la existencia de fraude fueron realmente fuertes. Por ello, las reiteradas protestas callejeras de la oposición que denunciaron la falsificación de los resultados permitió a Putin y a su partido, Rusia Unida, seguir eternizándose con las manos en el timón de su país y con el fraude y el autoritarismo como instrumentos centrales de lo que luce como una falsificación política ostensible.
Al tiempo de prestar el juramento de ley, Putin se comprometió formalmente a proteger los derechos humanos y las libertades de sus conciudadanos. Lo que parece todo un cinismo frente a la realidad rusa, totalmente alejada de la democracia y de sus principios, más allá de la retórica y a pesar de los disfraces y esfuerzos para disimular la realidad. Ocurre que, pese a las reiteradas promesas de consolidar una democracia que ha sido objeto de una demolición constante y progresiva, la justicia rusa sigue sin ser independiente del poder político y la Duma, esto es la Legislatura, es realmente poco más que un mero sello de goma con el que simplemente se ratifica, automáticamente, cuanto se le solicita o sugiere desde el interior del Kremlin.
Unos tres mil invitados, entre ellos, Silvio Berlusconi, Gerhard Schröder y el propio Mikhail Gorbachov, concurrieron a la fastuosa celebración durante la cual Putin recibió la bendición del patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, en medio de salvas de artillería, pero con fuertes protestas en la calle y, peor aún, con el pueblo de Moscú brillando por su ausencia: un poderoso mensaje que sugiere cuán frágil es hoy la realidad política de Rusia.
Como sucede en nuestros tiempos, a la manera de velada amenaza mientras las calles de Moscú estaban vacías, la cólera reprimida de la gente transitaba aceleradamente por las vías de Twitter, con una intensidad que también es sugestiva porque, más allá de las manipulaciones, de las intimidaciones y de los fraudes, lo cierto es que Rusia sigue profundizando su autoritarismo, controlada por una elite conformada por los dirigentes de Rusia Unida y sus aliados empresarios, con los que comparte el poder. La democracia es todavía una promesa incumplida. Y nada sugiere que en el corto plazo esta lamentable situación vaya a cambiar.





