
Salvemos a Héctor Timerman
Carlos M. Reymundo Roberts LA NACION
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El mío es un grito que, estoy seguro, expresa la voluntad de millones de argentinos: hay que salvar a Héctor Timerman. Los que lo admiramos; los que hemos seguido su extraordinaria trayectoria en el campo de los derechos humanos; los que recordamos su fecundo paso por el periodismo; los que creemos que el país ha alumbrado un líder natural; en fin, los que nos consideramos "hectortimermanistas" de la primera hora alzamos nuestra voz en su defensa y clamamos: ¡hay que salvarlo! Y hay que hacerlo ahora. En mi condición de presidente del club de fans de HT, entidad recientemente creada, llamo a la reserva moral del país, llamo a todos los argentinos de buena voluntad a acompañarme en esta gesta, porque lo que está en juego es muy grande. O hacemos algo ya o la historia será impiadosa con nosotros y, sobre todo, será terriblemente injusta con él.
¿De qué hay que salvarlo? Del ridículo. Me explico. Al comprobar Néstor y Cristina Kirchner que en HT estaba el germen de un hombre de Estado, de un dirigente llamado a encolumnar a las masas, es decir, al comprobar que les había salido un rival de fuste, decidieron combatirlo desde adentro: lo hicieron canciller.
Hay mucha malicia en esa designación: nuestro hombre está capacitado para muchísimas cosas, pero... ¿para manejar las relaciones exteriores? ¿Cómo puede ser jefe de la diplomacia alguien que anda por la vida agarrándose a patadas con todo el mundo? ¿Un canciller con formas de barrabrava? ¿Por qué no lo nombraron secretario de Medios? En ese rubro sí que tiene quilates. Fue director de un diario (que haya sido un diario de apoyo a la dictadura es sólo atribuible a su entonces tierna juventud); fue columnista de Ambito Financiero y también fue columnista en TV de Mariano Grondona. Es decir, como trabajó para el más rancio liberalismo del país, ¿quién mejor que él para combatirlo hoy desde el ejército "progre" de la Casa Rosada?
Tranquilamente pudo haber sido secretario de Deportes y alentar el boxeo, para que la Argentina vuelva a ser una cuna de grandes campeones en el arte de pegar.
Pudo quedar como embajador en Washington, si total la única obsesión de la Presidenta era sacarse una foto con Obama y él consiguió esa foto.
Pudo haber ido colgadito en una lista para diputados, decorando la nómina con su ilustre apellido. De hecho, ya fue en una, no hace mucho, con Lilita Carrió.
También se podía haber pensado en secretario de Derechos Humanos (alguna solicitada debe de haber firmado); en director por el Estado de Papel Prensa; en secretario de Ciencia, Tecnología y Twitter...
Pero no: ¡canciller! "Si no podemos destruirlo, expongámoslo", parece haber sido la idea de los Kirchner. Y lo están consiguiendo. Es triste verlo sentadito en medio de un panel de desconocidos en 6,7,8 , hablando de todo menos de su trabajo; es triste verlo pelearse con los periodistas por cuestiones personales que no tienen nada que ver con su función; da pena que en su ministerio se esté diciendo -por detrás, por supuesto- que es una afrenta tener en esa posición a alguien que le hace tan poco honor al oficio; da pena comprobar que no está pensando en la inserción del país en el mundo, sino en cómo insertar sus obsesiones diarias en los 140 caracteres de un tweet...
Por cierto, digamos en su defensa que le ha tocado un trabajo complicado. La principal alianza estratégica del país es con Hugo Chávez. Su jefa, la Presidenta, para no ser menos que él, dice que los ingleses son unos "piratas". Si hay un problema en la región, como fue el golpe de los policías (o boy scouts , ya no lo recuerdo) en Ecuador, el que se ocupa de todo es Néstor Kirchner, como secretario general de la Unasur. O los secretarios de éste en el organismo, Juan Manuel Abal Medina y Rafael Follonier, con los que HT tiene que hablar antes de mover un dedo. ¿Qué le dejan al pobre ministro? Le dejan el conflicto en Gualeguaychú y la disputa con Irán, dos causas perdidas.
Hay algo más triste aún. En Olivos lo aplauden y alientan cuando él se pone duro, cuando da rienda suelta a sus broncas; es decir, lo aplauden cuando peor hace su trabajo de diplomático.
No obstante, creo que vale la pena hacer un último esfuerzo para intentar rescatarlo. Por él y por el país. ¿Cómo? La más cruel sería mostrarle un archivo. La más benigna, hablarle del futuro. Es un hombre inteligente y comprenderá que le espera una larga vida después de los Kirchner. © LA NACION




