Semáforos intermitentes
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Desde hace algún tiempo, en la ciudad de Buenos Aires y en varios municipios de su conurbano han cundido los semáforos que por la noche -desde las 21 o las 22 hasta las 7- lanzan intermitentes destellos amarillos. Se trata de otra de las prepotentes imposiciones dictadas por la inseguridad delictiva: la modificación de la modalidad habitual en esa clase de señalizaciones delata que se trata de parajes susceptibles de que en ellos sean asaltados los conductores desprevenidos.
Omitir detenerse ante un semáforo con luz roja es peligroso, ya sea para quien incurre en tan grave infracción a las reglamentaciones que rigen el tránsito como para los conductores y los peatones que, confiados en que lo hacen con paso franco, atraviesan una arteria. Ocurre, sin embargo, que los malhechores -sobre todo por la noche y merced a la falta de vigilancia policial- se aprovechan de esa habitual circunstancia y utilizan esos cruces tal como si se tratase de cotos de caza: la forzosa detención les da pie para concretar sus aviesos propósitos.
Hace pocos días, por ejemplo, dos episodios de esas insidiosas incursiones, llevados a cabo en plena avenida Mitre, en la ciudad de Avellaneda, finalizaron con la muerte de dos personas que se encontraban en el interior de sus automóviles y que fueron baleadas cuando intentaron eludir los atracos.
Los asaltos por el estilo vienen de antiguo y son frecuentes en nuestra ciudad y en el Gran Buenos Aires. Por ese motivo ya ha transcurrido más de un lustro desde que los automovilistas noctámbulos empezaron a ignorar los semáforos. Por fin, en algunas jurisdicciones se optó por la alternativa del amarillo intermitente, con el propósito de que los conductores avancen con precaución, sin detenerse.
Ante esa determinación, las opiniones de los expertos son divergentes. Hay quienes sostienen -con fundamentadas razones- que la modificación de tan elemental norma de tránsito no va a disminuir la factibilidad de la comisión de delitos. Y también hay quienes se resignan a admitir que dados el cariz y la cantidad de tales ilícitos es preferible que los semáforos adviertan acerca de la necesidad de avanzar con precaución -siempre y cuando dicha franquicia hubiere sido informada con antelación- en lugar de que los automovilistas violen la luz roja en forma sistemática
Es cierto que en numerosas ciudades europeas la modalidad aquí comentada fue puesta en práctica para agilizar el tránsito en los cruces muy concurridos durante los horarios diurnos y poco transitados en las horas nocturnas. Pero también es cierto que aquí la novedad -incluso adoptada en algunas esquinas "peligrosas" de la zona sur de nuestra ciudad- tuvo por promotores al delito y a sus torvos protagonistas.
Esta innovación, entonces, denuncia en escala pequeña, aunque elocuente, el crecimiento del quiebre del Estado de Derecho. Quebrantamiento de difícil resolución y que, en definitiva, no es otra cosa que la demostración de cómo una norma de convivencia -corporizada por el semáforo y el debido acatamiento de sus señales- empieza a perder legitimidad por determinación de las propias autoridades, incapaces de garantizar el tránsito en un ámbito urbano determinado y durante un lapso más o menos prolongado. Al fin de cuentas, por causa de la inseguridad, resultante de la impune vileza de los malvivientes, se ha terminado por admitir y casi imponer la vigencia de la desobediencia vial.
La calidad de vida de muchísimos argentinos ha sido degradada por su razonable temor a ser víctimas de las andanzas de la marginalidad delictiva. Ahora, una medida esencial para la seguridad del tránsito -de por sí díscolo- ha sido relegada por motivos similares. Tan perversa subordinación es otra señal indicativa de que la sociedad toda tiene que empeñar sus máximos esfuerzos y colaboración para revertir el desenfreno delictivo que todos estamos padeciendo.





