Lo más necesario es lo más difícil
La dirigencia política debe dejar de apelar a coartadas dilatorias y avanzar hacia un profundo acuerdo cuyo punto de partida no puede ser otro que el respeto a la Constitución
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En la Argentina de hoy lo más necesario es también lo más difícil. En un contexto de fragmentación y división que parece no tener límites, el diálogo y el acuerdo político entre los principales dirigentes argentinos para superar la crisis es, posiblemente, la única esperanza, la única carta que podemos jugar para crear un futuro que se aleje de la devastación material, institucional y de capital humano en la que vivimos. Podemos preguntarnos cómo acordará gente que tiene tantas diferencias. Y ese es el nudo de la cuestión: los acuerdos no están hechos para borrar las diferencias, sino precisamente para superarlas. Cuanto más profunda es la división en un país, más indispensable es el acercamiento político, porque la resultante de la mera tensión entre dos extremos produce parálisis y estancamiento a todo nivel, fenómenos que padece la Argentina desde hace décadas.
Cualquier acuerdo en la Argentina de hoy es extremadamente difícil, huelga decirlo. Tal vez sea un acto de extrema ingenuidad pensar que pueda ocurrir un acto de unidad entre nuestros dirigentes, dado que cada uno cuida apenas su pequeño metro cuadrado, pero tal vez solo ese acto de ingenuidad extrema puede salvarnos. Es verdad que los niveles de división que hay en la sociedad argentina son tan grandes que suena casi un sueño inalcanzable pretender, incluso, un mínimo consenso. No solo vivimos en una grieta, sino que en cada parte de esa grieta la fractura y la fragmentación son moneda corriente.
Es que la división en la que vivimos nos impide ya casi percibirnos como un conjunto. Porque la desintegración de la Argentina no es solo política, sino también mental. La dirigencia tiene una dificultad manifiesta por pensar o siquiera concebir un destino común, al mismo tiempo que segmentos crecientes de nuestra población caen, cada vez más profundamente, en la desesperanza.
“Es imposible, pero es imprescindible”
La situación ha llegado a tal punto, que tal vez no sea casual que un fantasma secesionista sobrevuele el país, desde el conflicto mapuche, del cual el Gobierno se ha declarado insólitamente prescindente, hasta la inverosímil alusión que usó el presidente Alberto Fernández para referirse a quienes no votan por el Gobierno en la provincia de Córdoba, como si no pertenecieran al país. Una confesión perfecta de pobreza, ceguera y necedad en el modo de concebir la realidad.
Es llamativo que las apuestas online, cuya habilitación fue prevista para después de las elecciones en la provincia de Buenos Aires y en la Capital, sea objeto de un acuerdo que cuestiones urgentes como el deterioro de las condiciones de vida del país y de su gente no suscitan. Habla esto de la inversión de nuestra jerarquía de valores como ninguna otra cosa. Porque no genera consensos políticos la reversión del sufrimiento de la población, ni la solución de sus problemas crónicos, ni una pobreza que se acerca a la mitad de nuestros habitantes, a los que, de paso, no se duda en cobrarles el impuesto inflacionario.
Se vive una extraña situación de anestesia generalizada que parece no asumir la gravedad de la situación y de cómo la vida de las personas más vulnerables que nacen en este país está quedando sellada al nacer.
Por ahora la clase dirigente no ha aggiornado su sensibilidad de manera acorde al deterioro de nuestra vida colectiva. Pareciera que todavía tenemos tiempo para disgregarnos, para atacarnos, para acusarnos mutuamente, para socavar los pequeños camarotes que cada uno habita, sin advertir que lo que se hunde es el barco entero.
Los acuerdos no están hechos para borrar las diferencias, sino precisamente para superarlas
En otra ilusión óptica similar a la de ser un país todavía rico, la Argentina se comporta como si aún tuviera tiempo. Los argentinos tendemos a creer tal vez que se puede emitir tiempo, que se puede regenerarlo y postergarlo como si no fuera precioso, tal como consideramos que, mágicamente, se puede emitir descontroladamente moneda sin respaldo y sin consecuencias. Pocos han ido más lejos, en efecto, que el actual gobierno, en la postergación de los problemas. La postergación debe dejar de ser su estandarte. Sin un plan económico integral y coherente desde el punto de vista fiscal y monetario, no será factible enfrentar decididamente ninguno de los problemas que aquejan a la población, empezando por la inflación y continuando por la inseguridad. Es menester que nuestra dirigencia deje de apelar a meras y dilatorias coartadas discursivas.
El tiempo es el recurso más escaso que tiene el país ante la aceleración dramática de su deterioro. Pero esto no implica que los necesarios acuerdos se vean limitados por el reino del pacto con lo inmediato y del olvido del porvenir. La dirigencia omite aquello que señalara alguna vez Jean-Paul Fitoussi: “La función esencial de la política es darle un sentido al porvenir y poner el largo plazo en escena”. El porvenir es exactamente lo que no se ve en nuestro país, como lo evidencia la emigración masiva de jóvenes.
Ya no hay tiempo para postergar más nada, y el lapso que media entre los comicios legislativos que ocurrirán hoy y las elecciones presidenciales de 2023 no se mide en meses. El dramatismo de los problemas que enfrentamos, no solo en la economía sino casi en todos los órdenes de la vida pública, lo tornan equivalente a una vida. No puede ese tiempo continuar siendo un mero aguante, un mero durar cuantitativo, una cuarentena extendida, una suspensión y aplazamiento en la búsqueda de los consensos que nos permitan salir a flote.
Los países no mueren, pero sí pueden prolongar su agonía. Un urgente y superador acuerdo que respete la Constitución y las instituciones nos permitirá salir de la decadencia
Se necesita un acuerdo para tomar las decisiones de fondo que requiere el país. Esos acuerdos debieran culminar en decisiones de política pública, que no sean más tomadas por una ideología ciega, sino por un consenso entre los argentinos, con garantía de continuidad intertemporal. Esas decisiones deben respetar, como guía, la evidencia empírica de los problemas, a la vez que desarrollar sistemas de monitoreo y evaluación para las soluciones.
La Constitución nacional y la continuidad exitosa de ya casi 40 años de democracia son el modelo de acuerdo que persiste hoy y muestra el camino. Estos son los únicos acuerdos colectivos duraderos que logró la Argentina reciente, y sin los cuales toda otra consideración se torna irrelevante. Pero el misterio radica en entender por qué no hemos logrado casi ningún otro acuerdo de gran calibre, salvo esporádicamente en crisis extremas. La democracia fue el necesario avance de la libertad, a la vez que la evidencia de que no sabemos aún qué hacer con ella para lograr un país en el que nosotros mismos creamos y confiemos.
Pero así como dicho acuerdo fundamental fue gestado por la tragedia de las dictaduras, que nos mostró con claridad que necesitábamos ordenar nuestra vida bajo un sistema democrático, tenemos que evitar a toda costa ese eventual reflejo colectivo de generar acuerdos solo cuando la situación se deteriore al extremo, como en 1989 o en 2001. Los países no mueren, pero sí pueden prolongar su agonía.
Un urgente y superador acuerdo político sobre la base del respeto a la Constitución y las instituciones debe ser la herramienta imprescindible para salir de ella.



