
Tarjeta roja para el trabajo infantil
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Hace algunos días, el director regional para América latina en el área de las Comunicaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Miguel Schapira, al visitar nuestro país, señaló la preocupación que genera el incremento del trabajo infantil en nuestro medio, muy llamativo porque históricamente los índices que se registraban en nuestra sociedad eran relativamente bajos.
La presencia del nombrado funcionario estuvo relacionada, precisamente, con una iniciativa en marcha de la OIT que se sirve de los espectáculos deportivos para la difusión masiva de una campaña que tiene por lema "Tarjeta roja al trabajo infantil".
Los datos estadísticos de que se dispone alcanzan hasta el último lustro del siglo pasado, lapso en el cual las cifras crecieron de manera inquietante. En efecto, para la franja comprendida entre los 5 y los 14 años de edad el aumento fue del 91,6%, pues de 1995 hasta 2000 la cantidad de niños que trabajan pasó de 252.000 a 482.000.
Con referencia al bienio inicial de este siglo no existen todavía datos confiables, si bien se está avanzando en este tema en el Ministerio de Trabajo, con la cooperación de la OIT. No obstante esa carencia -y según las circunstancias económicas de este tiempo- no es arriesgado presumir que las cifras hasta la fecha han seguido incrementándose. A ello contribuyen la recesión, el desempleo adulto, la expansión del trabajo informal, entre otros antecedentes.
Los datos comprobados y las presunciones fundadas resultan, en sí mismas, desalentadores, ya que revelan una de las peores facetas de la pobreza y la indigencia. Para acentuar la severidad del problema hay que considerar que los menores empujados a una precoz iniciación laboral son insertados en tareas informales de cuentapropismo, que se pagan mal y en negro, lo cual determina que se vean sometidos a un régimen de explotación deteriorante y que, a menudo, sean incorporados a trabajos delictivos y de temprana prostitución. Estas observaciones muestran hasta qué punto están desprotegidos no sólo de las normas legales sino, también, del cuidado de elementales preceptos de la higiene y el cuidado de la salud.
Esos menores son, asimismo, los primeros desertores del sistema educativo y, cuando esto ocurre, sus posibilidades de desarrollo sociocultural se cancelan y pasan a componer el postergado sector de los que quedan excluidos de las oportunidades de desarrollo personal y social.
El cuadro así descripto constituye, en verdad, un aspecto de la realidad que debería avergonzar al país y sólo podrá redimirse merced a una acción oficial eficaz y continuada y una conciencia comunitaria que se concrete en iniciativas destinadas a reducir el mal y a rescatar al sector más vulnerable de la sociedad, que es el de la niñez. En función de todo lo señalado, es necesario apoyar la campaña lanzada por la OIT que, por ejemplo, en ocasión del partido final del Torneo Sudamericano Sub 20, se difundió para una diversidad de públicos de la región en donde el trabajo infantil tiene una triste vigencia.
Eso explica la necesidad de cooperar en iniciativas como la que se está impulsando. Se calcula que hay 246 millones de niños que trabajan en el mundo; 17 millones lo hacen en América latina. Muchas cosas tienen que cambiar, no sólo económicas sino, además, culturales. El lastre de tradiciones ha sometido a muchos niños a labores en zonas rurales. Es bueno que se ponga tarjeta roja a esta injusticia y se hagan cumplir las leyes que protegen a la minoridad.






