
UCR: ¿renovación y cambio?
1 minuto de lectura'
En sectores de la Unión Cívica Radical (UCR) ha ido cobrando fuerza la idea de que el próximo presidente del partido sea nuevamente el doctor Raúl Alfonsín. Sin desconocer los méritos de quien en 1983 presidió la transición de la Argentina a la democracia, creemos que desde hace ya un buen tiempo en la vida nacional es necesario impulsar una profunda renovación del sistema político argentino. Pensamos, por lo tanto, que no debería postularse como titular de la UCR quien ya cumplió un largo ciclo en la militancia partidaria. Alfonsín tiene ganado un lugar en la historia del radicalismo y del país, pero es hora de abrir paso a una nueva generación de dirigentes y de esta manera preservar su imagen como ex presidente de la República.
Una de las causas de la crisis en que está sumida la UCR debe buscarse, justamente, en la falta de renovación de los dirigentes partidarios. El reciente éxito radical en Santiago del Estero podría atribuirse al adecuado recambio generacional operado, que derivó en la consagración de Gerardo Zamora para la gobernación provincial.
Los argentinos necesitamos hoy más que nunca constituir partidos políticos con visión de futuro, conducidos -en lo posible- por líderes que no hayan ejercido responsabilidades de gobierno en el complejo y desgastante período que nos condujo a la gravísima crisis de la cual estamos tratando de emerger.
Cuando Alfonsín creó, hace ya muchos años, la línea política interna que lo llevó a la conducción del centenario partido, utilizó dos palabras realmente iluminadoras y significativas: su movimiento se llamó Renovación y Cambio. Hoy, a muchos años de distancia de la constitución de aquella fuerza interna, tenemos la certeza de que la UCR -y todo el sistema político argentino- necesita avanzar con firmeza hacia nuevos horizontes de renovación y de cambio.
La tradición institucional argentina se basó -a partir de la sabia Constitución de 1853/60- en la idea de un país que superara la vieja concepción de los caudillismos y de las dirigencias ávidas de perpetuarse en el poder. Por eso se incluyó en la ley suprema la cláusula que prohibía la reelección inmediata del presidente de la República. Esa sabia prescripción contribuyó de manera decisiva a la construcción de la gran Argentina de las primeras décadas del siglo XX, pujante y abierta al progreso. La Constitución desalentaba a los gobernantes que pretendían desempeñar su cargo con la malsana ambición de seguir ejerciendo indefinidamente la conducción política del país.
Esa saludable tradición fue quebrada inesperadamente en 1949, cuando a instancias del peronismo se reformó el texto constitucional y se adoptó el lamentable sistema de la reelección presidencial indefinida. Restablecida la Constitución histórica de 1853/60, hacia 1994 una nueva reforma introdujo en nuestra ley suprema el régimen actual, que prevé un mandato presidencial de cuatro años y la posibilidad de una sola reelección inmediata.
Más allá de esas azarosas modificaciones, es evidente que nuestra mejor tradición institucional será siempre la que apunta a favorecer la periódica renovación de las autoridades. Y ese principio debe ser observado no sólo en las estructuras institucionales de gobierno, sino también en las funciones de conducción de los partidos. En un sistema de genuina inspiración republicana, como bien se ha dicho, los partidos políticos deben dar el ejemplo y necesariamente estar organizados a "imagen y semejanza" de la Nación.
Winston Churchill solía decir, con su potente visión crítica de la realidad, que, paradójicamente, los partidos políticos suelen ser el lugar en el que menos se ejercita la democracia. Los argentinos debemos tener en cuenta -en ésta como en tantas otras materias- las orientaciones rectoras del lúcido estadista inglés. Debemos construir la mejor democracia posible desde ese espacio fundamental de la vida institucional cívica que son las grandes agrupaciones partidarias. Esto vale para el radicalismo y para todas las otras fuerzas que aspiran a edificar la Argentina del futuro sobre auténticas bases de convivencia y participación ciudadana.
Renovación y cambio. Esa fue la consigna hace varias décadas. Y ésa debe seguir siendo hoy la propuesta que las organizaciones partidarias le deben a la República.



