Un cambio sutil: los primeros pasos de Cristina
En el principio fue la intolerancia. Las primeras bandas que poblaron la Tierra la necesitaban para guerrear contra los animales salvajes y contra otras bandas que, como ellas, pugnaban por subsistir. Intolerantes “hacia afuera” para lidiar contra sus enemigos naturales y humanos, los primitivos jefes guerreros también necesitaron ser intolerantes “hacia adentro”, hacia sus propios subordinados, porque no podían darse el lujo de permitir disensos capaces de debilitar al grupo en su dramática lucha por la existencia. El empeño primordial de la intolerancia es derrotar al enemigo. Pero hubo numerosas situaciones a lo largo de la historia en las que los dos bandos en pugna no consiguieron derrotarse. Desde la guerra civil entre los patricios y los plebeyos en la antigua Roma hasta los cruentos combates entre los unitarios y los federales al comenzar nuestra vida independiente, una y otra vez los siglos contemplaron el “empate” entre dos facciones que, pese a odiarse, no conseguían aniquilarse. Fue entonces cuando irrumpió la lucidez de aquellos que, ya se llamaran Cicerón entre los antiguos y Alberdi o Urquiza entre nosotros, advirtieron que lo peor ya no era la subsistencia del otro bando sino la incesante puja entre ambos bandos. Así, ante el agotamiento de la intolerancia, advino al fin la tolerancia que, si no consistió al principio en “amar” al enemigo sino sólo en “soportarlo” como un “mal menor” preferible al “mal mayor” de la lucha inacabable, terminó por desembocar en el diálogo que hoy caracteriza a las democracias avanzadas.
Al igual que los peronistas y los antiperonistas en los años cincuenta y que los Montoneros y los militares en los años setenta, Néstor Kirchner encarnó en los años dos mil la exacerbación de la intolerancia, una regresión al primitivismo que tentaba a sus opositores a caer también ellos en un extremo antikirchnerismo. Kirchner y aquellos a quienes él consideraba sus enemigos vivieron entonces al borde de ese exceso que es el maniqueísmo, a consecuencia del cual cada uno de los bandos en pugna cree tener el monopolio del bien, adjudicándole a su enemigo el monopolio del mal. La pregunta que ahora se cierne sobre nosotros, por lo tanto, es si Cristina Kirchner prolongará o no prolongará el maniqueísmo de su antecesor.
La bofetada
Los datos que nos trae la nueva realidad son, por ahora, contradictorios. El áspero debate en torno de la ley del presupuesto, con el torpe intento del oficialismo de seducir, de “comprar”, a los legisladores más vulnerables de la oposición, no ayudaron a calmar los ánimos. Contra este síntoma incompatible con los procedimientos democráticos habría que enumerar, empero, otras señales de signo opuesto. La primera de ellas es el fracaso de los improvisados émulos de Kirchner en el empeño de continuar a su desaparecido conductor. El escándalo de la ofensiva oficial en el Cámara de Diputados confirmó algo obvio: que Aníbal Fernández no es Néstor Kirchner. ¿O se cree que Kirchner no “apretaba” a sus opositores? Lo que pasa es que Kirchner hacía bien el mal, de modo tal que su mezcla única de tentaciones y amenazas pasaba casi desapercibida, en tanto que, al pretender emularlo, el jefe de Gabinete se probó una camisa demasiado grande. Si el método de Kirchner era único, irrepetible, la primera conclusión que hay que sacar del papelón de Fernández es que ya nadie podrá imitar a su malogrado jefe.
La segunda señal de una posible convivencia provino, a su vez, de una suma de dichos emitidos por la propia Presidenta. Después de dos años de ausencia, concurrió anteayer a la reunión de los industriales en Costa Salguero para pronunciar allí un discurso conciliador que mereció calurosos aplausos de esos mismos asistentes a quienes la pareja de los Kirchner había decidido castigar mediante la propuesta de la participación sindical en el manejo de sus empresas como retribución por la inasistencia de los empresarios al discurso incendiario contra los medios independientes y Papel Prensa que había pronunciado, junto a Kirchner, la propia Presidenta.
En Costa Salguero, Cristina, que venía de tener un flamante gesto de humanidad al acudir junto con Scioli a abrazar a Vanesa cuando ésta se había salvado de un drama “chileno” en un pozo de Florencio Varela, tuvo elogios antes ausentes a la competitividad y a la propiedad privada, principios atribuidos hasta ayer al odiado “neoliberalismo”. Y si la sonora bofetada que le propinó en el recinto la diputada Graciela Camaño al diputado Carlos Kunkel resultó censurable por evidentes razones formales, tampoco hay que olvidar que Kunkel fue el mentor ideológico de Néstor Kirchner y que, cuando reiteró otra de sus constantes agresiones a los opositores en el Congreso, Camaño le puso un brusco límite a su desenfreno. ¿Se diluye en nuestro escenario político, entonces, el miedo que inspiraban Kirchner y sus incondicionales? Al comentar la bofetada de Camaño, en fin, la Presidenta pronunció otras palabras de concordia cuando dijo que “hay que respetar a todos, aun a aquellos que nos pegan”.
La intransigencia
Otras señales recientes nos previenen, empero, contra un prematuro optimismo. La ministra de Defensa Nilda Garré, “ultrakirchnerista” como Kunkel, viene de vetar el ascenso de diez oficiales de probados méritos nada más que por la portación de apellidos del pasado. La propia Presidenta ordenó a sus diputados no ceder “ni una coma” en el proyecto oficial del presupuesto. ¿Es ésta, todavía, una muestra de “intolerancia”? Aquellos empeñados en buscar salidas a favor de la convivencia podrían argumentar, sin embargo, que más que una muestra de intolerancia esta orden presidencial podría ser evaluada solamente como un signo de intransigencia.
Mientras el intolerante procura aniquilar a su adversario, el intransigente sólo aspira a mantenerse obstinadamente en su proyecto. La intransigencia perturba la flexibilidad que caracteriza a las repúblicas democráticas, pero aun así no equivale a la intolerancia. Si ésta es un “pecado mortal” que hiere gravemente a la democracia, la intransigencia es apenas un “pecado venial” contra ella. Un pecado que no quieren cometer ahora los radicales en el recinto en torno del presupuesto. En otra de sus recientes intervenciones, la Presidenta ha advertido que la democracia exige negociaciones. Algunos pensarán que Cristina, al pronunciar estas palabras, sólo quería debilitar las críticas de aquellos que subrayan las gruesas imperfecciones del proyecto oficial de presupuesto, pero también es posible aventurar que, al elogiar el espíritu de negociación, Cristina procuraba inaugurar un nuevo estilo político.
Si Cristina no ha ascendido todavía a la altura de la tolerancia, ¿podríamos sostener al menos que se está posicionando en la otra altura, “menor”, de la intransigencia? ¿Podría admitirse que la intransigencia, por venir después de la intolerancia, implica un progreso? Para perseguir este objetivo “intermedio”, Cristina podría tener en cuenta que sólo si ahuyenta la lucha total que supone la intolerancia, podría beneficiarse con el poderoso “viento de cola” económico” que nos favorece y aspirar a competir al menos en igualdad de condiciones con la oposición en las elecciones presidenciales del año próximo a sabiendas de que, por haber cesado ya la negra perspectiva de las alternancias conyugales indefinidas que compartía con su esposo, recién ahora su nueva perspectiva sería institucionalmente compatible con el espíritu republicano de nuestra Constitución.




