¿Un nuevo Cariló?

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5 de octubre de 2020  • 00:05

Tras un año de debates, la Municipalidad de Pinamar aprobó la urbanización de más de 700 hectáreas cubiertas de vegetación, linderas con el Parque Cariló. En diciembre último, la presión de los vecinos había impedido su aprobación.

Los responsables de proyectos aseguran que el plan director garantizará más espacios verdes con lotes más grandes y un mayor retiro entre propiedades. Sin embargo, la Asociación Foro Amigos de Cariló, una de las seis instituciones que participan del consejo asesor convocado para analizar el plan, advierte sobre excesos contra el paisaje y mensura sus posibles consecuencias ambientales.

Si bien promete más verde y mayor sustentabilidad, el proyecto expande la capacidad de alojamiento en el lugar, al llevarla de las 5300 actuales a casi 30.000, una suba de la densidad que planteó objeciones técnicas.

Con el tiempo, hemos visto también que algunos hoteles con pomposas construcciones frente al mar ganaron la arena, algo que originalmente estuvo prohibido.

La situación que hoy se presenta parece calcada de otros tantos balnearios en los que la presión inmobiliaria ha desfigurado el encanto original de muchos enclaves costeros. Estamos ante una patología que se expande peligrosamente cuando falta una planificación orientada a resguardar los valores esenciales de un lugar, dando paso a emprendimientos que cambian irreversiblemente su esencia. Es así que la gente que allí habita o que pretende conservar un sitio al resguardo del estrés urbano se ve obligada a aceptar la imposición de proyectos de infraestructura que ignoran y hasta promueven valores que no guardan relación con el entorno y que desestiman cualquier posibilidad de integrar razonable y adecuadamente los nuevos proyectos con la concepción fundadora.

El distinguido etólogo Konrad Lorenz, Premio Nobel de Medicina en 1973, solía destacar que, entre quienes deben decidir si se construirá una calle, una usina o una fábrica que destruirá para siempre la belleza de todo un amplio paisaje, las consideraciones estéticas no juegan ningún papel. Como si existiera una unanimidad de criterio en cuanto a que la belleza natural no merece sacrificio alguno de orden económico ni político. Por eso, es importante escuchar a quienes habitan el lugar y han constribuido a la creación y al mantenimiento de su esencia. Aquellos que buscan evitar que se pueda poner en riesgo su verdadero carácter, que es lo que le brinda su valor.

El Foro Amigos de Cariló, la Asociación de Hoteles y Turismo, y el Centro de Agrimensores, Arquitectos e Ingenieros de Pinamar cuestionan el proyecto. Aseguran que Cariló tiene hoy 90% de urbanización unifamiliar y que el plan en discusión destina la mitad de superficie a uso multifamiliar cambiando definitivamente la morfología actual de la tradicional localidad, declarada por ley como paisaje protegido, y agravando dos problemas sustanciales: la provisión de agua y cloacas.

Es cierto que los lugares cambian, pero esas modificaciones deben contemplar la defensa de los valores que cada comunidad ha consagrado en armonía con su hábitat.

Quienes tienen a su cargo la administración del área deberían percibir los riesgos de incentivar emprendimientos que pueden ser agresivos con el entorno. Quizás, de un modo simplificado y si existe verdaderamente una voluntad de mantener el sentido que el sitio ha adquirido, se debería analizar si los nuevos emprendimientos fortalecen o no la emoción estética, ponderando debidamente la rentabilidad inmobiliaria. Si la respuesta es negativa, tienen la oportunidad de evitar los profundos desencantos que provocaron tantos proyectos que han transformado espacios de gran belleza natural en sitios anodinos.

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